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Cuando la fe fabrica mártires para la élite política. Por Wido Contreras

La historia latinoamericana nos recuerda, una y otra vez, cómo la fe puede ser refugio de los pueblos, pero también un instrumento de quienes buscan sostener privilegios. No es casual que, cada cierto tiempo, aparezcan líderes que levantan discursos cargados de religiosidad para justificar proyectos de poder. Lo inquieta, y duele, es cuando se fabrican mártires no para dar testimonio de justicia o dignidad, sino para alimentar la narrativa de una élite política que se reviste de santidad mientras reproduce desigualdades.

En nombre de la fe se convoca a marchar, a votar, a dividir, a callar. Se predican “sacrificios” que no recaen sobre los poderosos, sino sobre los mismos de siempre: pobres, mujeres, comunidades marginadas. Mientras tanto, quienes usufructúan de esa fidelidad se sientan en los tronos del poder con un aura de pureza que no resiste el contraste con la vida en las poblaciones, los campamentos o las ollas comunes. Ejemplos recientes son Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en Argentina o José Antonio Kast en Chile, hoy candidato presidencial. Todos ellos encontraron en sectores evangélicos un soporte clave para legitimar proyectos conservadores que restringen derechos y profundizan desigualdades. Se enarbola la Biblia como símbolo de moralidad, pero se gobierna —o se promete gobernar— con programas que favorecen a las élites y dejan a las mayorías a merced del mercado, la represión y el abandono estatal.

Este fenómeno también se expresa en la construcción mediática de mártires. En EE.UU., algunos sectores evangélicos han exaltado a comentaristas y líderes conservadores tras su muerte o episodios de violencia, elevándolos casi a mártires. Lo inquietante es que muchas de esas voces defendían el neoliberalismo más duro o negaban realidades como la existencia del pueblo palestino, incluso mientras Israel sigue bombardeando civiles. Así, la categoría de mártir parece depender menos de la fe que de un cálculo político que decide quién merece memoria y quién merece olvido.

En Chile vimos algo similar durante el plebiscito constitucional: campañas del terror que se valieron del evangelio para sembrar miedo. Se desplegaron mensajes apocalípticos y advertencias sobre la pérdida de valores, más que argumentos democráticos. Organizaciones como Evangélicos por el Rechazo jugaron un rol clave en legitimar esa oposición, transformando el debate constitucional en una supuesta batalla espiritual. La fe se convirtió en arma política para preservar estructuras de poder.

Por supuesto, no toda la fe evangélica ni todo el cristianismo participan de esta instrumentalización. Existen comunidades que resisten, que levantan su voz contra la injusticia y se ponen del lado de los descartados. Sin embargo, la visibilidad mediática suele favorecer a quienes acomodan el Evangelio a los intereses de turno, confundiendo espiritualidad con obediencia ciega.

¿Hasta cuándo confundiremos fe con sometimiento? ¿Hasta cuándo dejaremos que el Evangelio, nacido como palabra de liberación y dignidad, sea reducido a instrumento de control? El mártir verdadero no se fabrica: surge de la coherencia, del riesgo por defender al otro, del compromiso radical con la justicia. Todo lo demás son simulacros para mantener intactas las cadenas.

No se trata de justificar la violencia ni de aplaudir la muerte de nadie. Toda masacre debe ser llamada por su nombre, sin importar la raza, religión o color de piel de quienes la sufren. Porque la vida humana merece ser cuidada y defendida en toda circunstancia. Y toda fe que se precie de auténtica debería estar al servicio de esa tarea. .

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