En kioscos: Abril 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Cuando la igualdad deja de ser consigna. Por Leslie Rauld Olave

Cuando la igualdad se vuelve infraestructura estatal deja de depender del entusiasmo de un gobierno y pasa a formar parte de las reglas que ordenan la acción pública.

Desde los años noventa, Chile ha avanzado en políticas de género, pero no siempre ha sabido convertir ese avance en política de Estado. Lo distintivo del período reciente no es únicamente la expansión del repertorio normativo y programático, sino la densificación del soporte estatal que habilita la transversalización: reglas, instrumentos, mecanismos de coordinación, reportabilidad y seguimiento. Esa capacidad no es un atributo natural del Estado; es una construcción político-institucional que requiere dirección, prioridades y persistencia intersectorial.

En ese proceso, el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género ha cumplido un rol fundamental. Por primera vez en la historia de las políticas públicas de género en Chile se ha instalado una infraestructura de género, el conjunto de engranajes que permite que una política no dependa exclusivamente de convicciones, sino de procedimientos: plataformas de reporte, indicadores, mecanismos de seguimiento, presupuestos sensibles al género, estándares de gestión, coordinación intersectorial y producción estadística. Es el tipo de construcción que rara vez se visibiliza y que, sin embargo, cambia el modo en que el Estado ejecuta y sostiene políticas públicas.

Este andamiaje institucional ya no descansa solo en la voluntad política del gobierno de turno, ni queda a merced de ofensivas que buscan desmontar las políticas de género, descalificándolas como innecesarias y encasillándolas en el terreno de la ideología. Lo que hoy está en juego es más estructural: una forma de gestión pública que distribuye responsabilidades, fija estándares y obliga a los servicios a responder con trazabilidad.

Mirada en perspectiva, la transversalización no puede leerse como un tema sectorial. Es un criterio de Estado que reordena prioridades y procedimientos en áreas muy distintas. Se vuelve tangible cuando deja de ser un enunciado general y empieza a mover la aguja en instrumentos que asignan recursos, oportunidades y protección.

En fomento productivo, INDAP ha ido incorporando el enfoque de género en su trabajo territorial para ampliar el acceso a capacitación, asociatividad y apoyos productivos en el mundo rural. No se trata solo de sumar iniciativas para mujeres, sino de construir trayectorias económicas sostenidas mediante acompañamiento técnico, acceso a inversión y fortalecimiento de redes que permitan que los emprendimientos rurales no dependan únicamente del esfuerzo individual, sino de una oferta pública que reconoce brechas estructurales y actúa sobre ellas.

En minería, la transversalización también se expresa cuando el Ministerio ajusta instrumentos como el Programa de Asistencia y Modernización para la Pequeña Minería Artesanal y despliega líneas específicas como PAMMA Mujer, incorporando criterios que mejoran condiciones de habitabilidad, equipamiento y acceso a apoyo productivo en un sector históricamente masculinizado. A ello se suma la Mesa Nacional Mujer y Minería, que articula actores públicos y privados para sostener una agenda sectorial de largo plazo. Aquí la igualdad no aparece como discurso paralelo, sino como parte del diseño de instrumentos, de la gobernanza sectorial y de las reglas que ordenan el sector.

Algo similar ocurre en áreas donde tradicionalmente se asume neutralidad. La Comisión Nacional de Riego no solo acompaña la postulación a concursos, sino que ha ido corrigiendo barreras de entrada que históricamente dejaron a muchas mujeres fuera de la inversión productiva, incorporando grupos especiales en la Ley N°18.450 en los que solo mujeres pequeñas agricultoras pueden presentar proyectos, garantizándoles un espacio de participación en igualdad de condiciones. Esa incorporación concreta de la perspectiva de género en las reglas de acceso permitió que, en 2024, el 51% del total de bonificaciones de proyectos individuales fuera adjudicado a mujeres, con un financiamiento de $17.000 millones (Cuenta Pública Minagri, 2025). Cuando la igualdad se escribe en el procedimiento, el resultado deja de depender del azar o de la buena voluntad de un evaluador, se vuelve efecto estructural de una decisión institucional.

En seguridad pública, la coordinación y los sistemas de seguimiento buscan reducir la lotería de la atención frente a la violencia, esa variabilidad que hace que una misma situación reciba respuestas distintas según la comuna o la institución de primera acogida. La Ley N°21.675 no solo amplió el marco para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres; también mandató la creación de un Sistema Integrado de Información sobre Violencia de Género, que obliga a articular datos y seguimiento interinstitucional. La perspectiva de género, en este caso, se materializa como interoperabilidad, trazabilidad y continuidad de la respuesta estatal. No es un protocolo aislado, es una infraestructura que permite que el Estado actúe como un sistema.

En Bienes Nacionales, la regularización de pequeña propiedad raíz a nombre de mujeres convierte una vulnerabilidad cotidiana en certeza jurídica con efectos sobre hogares completos. El título de dominio no es un trámite administrativo menor: es acceso a subsidios, a mejoramientos habitacionales, a crédito y a reconocimiento patrimonial. Cuando la propiedad se inscribe a nombre de mujeres, se modifica la posición económica y simbólica desde la cual se toman decisiones en la vida familiar y productiva.

Cuando estos cambios se despliegan en servicios tan distintos, queda claro que no estamos ante una consigna, sino ante una infraestructura estatal que vuelve la igualdad exigible, medible y, por eso mismo, más difícil de desmontar. Esa infraestructura habilita al Estado para transversalizar la perspectiva de género, sacándola del plano declarativo y convirtiéndola en decisiones públicas que inciden directamente en la calidad de vida de la sociedad.

De acuerdo con la Cuenta Pública del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, para 2025 hubo 191 ministerios, subsecretarías y servicios del Estado que comprometieron medidas en el indicador de género, alcanzando 660 en total. Esto deja en evidencia que la igualdad no se instala solo con discursos ni se protege únicamente con buenas intenciones: se vuelve política pública cuando existen engranajes que obligan, coordinan y permiten trazabilidad y evaluación de resultados.

La transversalización, en su sentido más profundo, no es sumar actividades para mujeres. Es reorganizar la acción estatal para que la igualdad de género opere como criterio en la implementación de políticas públicas. Cuando eso ocurre, la perspectiva de género deja de ser un apéndice y pasa a formar parte del esqueleto institucional.

El Cuarto Plan Nacional de Igualdad entre Mujeres y Hombres 2018–2030 ha operado como un paraguas estratégico de largo aliento, con vocación de planificación y gestión estatal más allá de los ciclos electorales. A ello se suma el Plan Nacional por el Derecho a Vidas Libres de Violencia de Género para Mujeres, Niñas y Diversidades 2022–2030, que se presenta como instrumento rector para la acción del Estado en la materia.

Lo relevante, sin embargo, no es solo que existan planes, sino la función que cumplen cuando el Estado se toma en serio la transversalización. Un plan, en este marco, no es un documento para dejar constancia de aspiraciones, sino una matriz que ordena prioridades, delimita responsabilidades y habilita continuidad.

Ese paso del plan a la operación se juega en una palabra decisiva: gobernanza. Implica que los compromisos se traduzcan en reglas de gestión, quién reporta, qué reporta, con qué periodicidad y bajo qué estándares. Reportabilidad y trazabilidad no son sinónimos de burocracia. En políticas de género cumplen una función elemental: impedir que las decisiones queden capturadas por la fragmentación institucional o por la dependencia del sello de una autoridad.

El riesgo, desde luego, existe. Cualquier sistema de indicadores puede degradarse si se vuelve un checklist. El desafío no es solo ampliar la cobertura de medidas, sino asegurar su calidad. Esto exige evaluar si las acciones están efectivamente reduciendo barreras, corrigiendo sesgos de acceso y mejorando la atención, y exige también fortalecer la producción estadística y los datos desagregados.

En esa misma línea, el componente presupuestario es decisivo. Hablar de presupuestos sensibles al género no es hablar de un anexo financiero, sino de la forma en que el Estado define qué prioriza y qué sostiene.

A la par de estos mecanismos de gestión, se consolidan marcos normativos que vuelven exigible la acción estatal. La Ley N°21.675 establece un marco para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en razón de su género. Esto dialoga con obligaciones internacionales y estándares contemporáneos, como el Convenio 190 de la OIT sobre violencia y acoso en el mundo del trabajo.

Con esto, el punto no es atribuir propiedad política de la igualdad a un gobierno. El punto es otro: la transversalización desplaza el centro de gravedad desde la voluntad política hacia la obligación institucional. Por eso la infraestructura institucional permite resguardar lo avanzado y vuelve la igualdad de género un componente del Estado.

Este es el núcleo del cambio estructural. Para las mujeres, porque reduce barreras de acceso, mejora la respuesta estatal y fortalece condiciones de autonomía y seguridad. Para las familias, porque buena parte de la desigualdad se expresa en la sobrecarga de cuidados, en la precariedad económica y en la violencia que atraviesa la vida cotidiana. Y para la sociedad en su conjunto, porque un Estado capaz de identificar brechas, coordinar respuestas y evaluar resultados es también un Estado más eficaz y justo.

Por eso retroceder o incluso congelar esta infraestructura tiene costos. No es solo dejar de avanzar, es volver a la fragmentación institucional, a la incertidumbre y a la lotería territorial. Sostener la transversalización exige continuidad y mejora, evaluación sustantiva, capacidades regionales, mejores datos y una discusión presupuestaria a la altura del objetivo.

Si reconocemos que la infraestructura de género marca un hecho histórico en el diseño del Estado chileno, resulta responsable exigir que las medidas que han mejorado la calidad de vida de las mujeres se sostengan de manera persistente y verificable, para avanzar hacia vidas más seguras y autónomas para las mujeres, y en consecuencia, hacia un mayor bienestar para las familias y la sociedad chilena.

Leslie Rauld Olave.

Socióloga, especialista en género y políticas públicas.

Compartir este artículo