El martes 16 de junio, Claudio Crespo, exoficial de Carabineros, compareció ante la comisión investigadora sobre el estallido social en Chile. Sus palabras estuvieron lejos de ser novedosas: sostuvo que el estallido “no fue algo espontáneo, fue algo organizado, subvencionado”, sugiriendo la existencia de planificación, financiamiento externo e injerencia extranjera detrás de las movilizaciones. Sin embargo, más importante que la falta de evidencia que respalde tales afirmaciones es el supuesto sobre el que descansan. Crespo parece asumir que espontaneidad y organización son fenómenos incompatibles, que una movilización organizada no puede ser espontánea y que, si miles de personas actuaron de manera coordinada, necesariamente alguien debió dirigirlas desde las sombras. Se trata de una lectura teóricamente pobre y políticamente significativa, pues no solo distorsiona la comprensión de la acción colectiva, sino que además niega la capacidad de los propios ciudadanos para interpretar su realidad, organizarse y actuar sin tutela ni conducción externa. Esta forma de razonar termina reduciendo a millones de personas a simples instrumentos de fuerzas ajenas, despojándolas de la agencia política que demostraron ejercer en las calles.
La falsa dicotomía entre espontaneidad y organización
La oposición entre espontaneidad y organización constituye uno de los lugares comunes más persistentes del debate público sobre los movimientos sociales. También es una de las ideas cuestionadas por quienes han estudiado la acción colectiva. El sociólogo Iván Sainsaulieu ha señalado que la espontaneidad ha sido sistemáticamente subestimada debido a una forma binaria de comprender la movilización social: espontaneidad versus organización, racionalidad versus emoción, orden versus caos. Desde esta mirada, lo espontáneo aparece como algo necesariamente inorgánico, irracional y manipulable. Por lo mismo, si una protesta alcanza niveles significativos de coordinación, la conclusión parece obvia, alguien debió haberla organizado.
Sin embargo, la investigación social muestra algo muy distinto. La espontaneidad no es la ausencia de organización, sino una de sus formas posibles. Se trata de una coordinación que emerge sin jerarquías rígidas, sin direcciones centralizadas y sin planes completamente definidos de antemano. Como han planteado David Snow y Dana Moss, este tipo de acción supone disposiciones previas, aprendizajes acumulados, emociones compartidas y determinadas condiciones sociales que hacen posible la movilización. La espontaneidad, en otras palabras, no surge de la nada.
Por eso, que el 18 de octubre de 2019 cientos de miles de personas supieran dónde reunirse, cómo protestar, cómo sostener la movilización o cómo construir espacios de encuentro sin esperar instrucciones de una autoridad política, no constituye evidencia de una conspiración. Constituye evidencia de algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más profundo, la existencia de memorias colectivas, saberes compartidos y experiencias históricas acumuladas que permanecen disponibles para ser activadas cuando las circunstancias lo requieren.
Repertorios de acción colectiva: el sustento de la movilización social
Hace décadas, Charles Tilly acuñó el concepto de repertorio de acción colectiva para describir el conjunto de formas disponibles que tienen los grupos para actuar políticamente. Un repertorio no es un manual de instrucciones ni un conjunto de técnicas aprendidas formalmente. Es un acervo histórico sedimentado en las experiencias de comunidades y generaciones, una memoria práctica que los sujetos portan en sus cuerpos y en sus formas de relacionarse con otros. La huelga, la marcha, la barricada, la olla común o la asamblea barrial no surgieron el 18 de octubre de 2019. Todas existían mucho antes. Algunas, desde hace décadas.
Chile posee una historia extensa de organización y movilización popular. Las protestas nacionales contra la dictadura durante los años ochenta, las luchas sindicales, el movimiento de pobladores, las movilizaciones estudiantiles de 2006 y 2011, e incluso las experiencias comunitarias desarrolladas en distintos territorios, fueron dejando huellas que no desaparecen cuando termina un ciclo de protesta. Esas formas de acción se transforman, se transmiten y, muchas veces, permanecen latentes. Cuando las condiciones cambian, reaparecen. No porque alguien las active desde una oficina o una sala de control, sino porque forman parte de una memoria colectiva acumulada que permite a las personas reconocer cómo actuar frente a situaciones que consideran injustas.
El propio movimiento feminista lo mostró con claridad en 2018 y 2019. La performance “Un violador en tu camino” se expandió por el mundo en cuestión de días, sin financiamiento externo ni una estructura centralizada capaz de dirigir cada una de sus réplicas. Lo que existía era algo mucho más poderoso: experiencias compartidas, marcos de interpretación comunes y una disposición colectiva a actuar.
Esto es precisamente lo que la mirada conspirativa de Crespo no logra comprender. La organización popular no siempre adopta la forma de una jerarquía visible ni requiere una conducción centralizada. Los sectores populares poseen capacidades propias de organización, memorias acumuladas y saberes prácticos que les permiten coordinarse, movilizarse y construir respuestas colectivas sin esperar instrucciones de arriba ni impulsos provenientes desde fuera del país.
Más que una chispa
Los repertorios de acción colectiva, sin embargo, no se activan por sí solos. También se requiere que las personas reconozcan una situación como injusta y perciban que actuar es posible. En octubre de 2019, el alza del pasaje del metro operó como detonante, pero el malestar llevaba años acumulándose. Pensiones insuficientes, endeudamiento para acceder a salud y educación, salarios incapaces de sostener una vida digna, todo ello formaba parte de una experiencia compartida por amplios sectores de la sociedad.
Por eso la consigna “no son 30 pesos, son 30 años” fue reconocida inmediatamente por millones de personas. No porque alguien la hubiera impuesto desde arriba, sino porque condensaba una interpretación del país que ya circulaba en la vida cotidiana. La protesta no surgió de una conspiración. Surgió cuando una experiencia social ampliamente compartida encontró las condiciones para expresarse públicamente.
La heterogeneidad del estallido
Nada de lo anterior significa que los partidos políticos, los sindicatos o las organizaciones sociales estuvieran ausentes del estallido. Estuvieron. Pero formaron parte de un campo mucho más amplio y heterogéneo de actores que se movilizaron con distintas trayectorias, demandas y formas de participación. El estallido no fue la expresión de un sujeto único ni de una organización oculta que dirigiera cada acción desde las sombras. Fue la convergencia, muchas veces tensa y contradictoria, de múltiples experiencias de malestar y distintos repertorios de acción colectiva.
Hubo estudiantes secundarios que iniciaron las evasiones masivas. Hubo vecinos que salieron a cacerolear sin pertenecer a ninguna organización. Hubo pobladores con experiencias previas de movilización territorial, trabajadores sindicalizados, militantes políticos y ciudadanos sin participación previa que decidieron sumarse a las protestas. La presencia simultánea de todos ellos no constituye evidencia de una conspiración. Más bien muestra que el malestar había alcanzado tal profundidad que terminó desbordando cualquier estructura tradicional de conducción política.
Precisamente por eso el estallido fue tan difícil de interpretar para quienes buscaban un liderazgo único o una organización centralizada detrás de los acontecimientos. Lo que apareció en las calles no fue una cadena de mando, sino una multiplicidad de actores capaces de reconocerse, al menos temporalmente, en una experiencia compartida de injusticia.
Crespo y la política del desconocimiento
Hay algo profundamente político en el argumento de Crespo que vale la pena nombrar. Negar la espontaneidad del estallido es, en el fondo, negar la agencia de quienes se movilizaron. Significa asumir que millones de personas no salieron a las calles porque tuvieran razones propias, experiencias compartidas o demandas legítimas, sino porque fueron manipuladas, financiadas o dirigidas por otros. Es una forma de despojar a los sectores populares de su capacidad para interpretar su realidad y actuar en consecuencia.
Esta lógica no es nueva. Durante décadas ha acompañado los intentos por deslegitimar la protesta social. Si hubo violencia, alguien la provocó desde afuera. Si hubo coordinación, alguien la dirigió desde las sombras. Si hubo masividad, alguien debió financiarla. En esta mirada, el pueblo nunca actúa por sí mismo, siempre es actuado por otros.
La investigación social ofrece una interpretación distinta. Los sujetos portan memorias, saberes y repertorios de acción colectiva construidos a lo largo de la historia. Conocen, aunque no siempre lo expresen en esos términos, las formas mediante las cuales las comunidades han enfrentado la injusticia, organizado la solidaridad y construido respuestas colectivas frente a situaciones de agravio. Cuando determinadas condiciones sociales y políticas convergen, esos repertorios no aparecen desde la nada, resurgen, se actualizan y se ponen nuevamente en práctica.
Por eso, atribuir el estallido social a una conspiración externa no solo implica desconocer la evidencia disponible. Implica, sobre todo, desconocer la capacidad de las personas para organizarse, interpretar críticamente su experiencia y actuar colectivamente frente a aquello que consideran injusto. Es una explicación que dice menos sobre quienes se movilizaron que sobre la dificultad de ciertos sectores para reconocer que los pueblos también producen historia.
Lo que una comisión sobre el estallido debería investigar
Si una comisión investigadora aborda el estallido social desde la premisa de que existió una conspiración, corre el riesgo de buscar la confirmación de una tesis antes que la comprensión de un fenómeno complejo. Y al hacerlo, deja en segundo plano las preguntas que realmente importan: ¿por qué el malestar alcanzó una extensión tan amplia? ¿Qué condiciones materiales y simbólicas lo hicieron posible? ¿Cómo fue que millones de personas reconocieron, en cuestión de horas, que aquella revuelta también expresaba algo de sus propias vidas?
Esas son las preguntas de una sociedad que busca comprenderse a sí misma. Las interrogantes sobre eventuales influencias externas pueden formar parte de una investigación rigurosa, pero difícilmente permiten explicar, por sí solas, la magnitud de un proceso que involucró a millones de personas en todo el país.
El problema de la interpretación de Crespo no es únicamente factual. Es, sobre todo, epistemológico. Parte de una comprensión limitada de la acción colectiva, incapaz de reconocer que la espontaneidad no es el opuesto de la organización, sino una de sus formas posibles. Incapaz de reconocer que los sujetos portan memorias, aprendizajes y repertorios que orientan su acción cuando las circunstancias lo hacen posible.
No entiende que los pueblos tienen memoria. Y que la memoria, cuando encuentra las condiciones adecuadas, puede convertirse en movilización.
Dr. Daniel Eyzaguirre Jorquera
Académico Universidad Católica del Maule
