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Cuando la neblina nos recuerda dónde vivimos. Por Yordanna Ovando Hernández

Un par de días de neblina bastaron para detener vuelos, modificar planes y generar incertidumbre. Sin embargo, más allá de los inconvenientes propios de cualquier suspensión aérea, lo que me quedó dando vueltas fue otra cosa, la sensación de aislamiento.

Pensé en los pacientes que viajan por motivos de salud y no pueden regresar a sus hogares. En quienes esperan medicamentos, exámenes o controles. En las familias que dependen de una conexión aérea para resolver necesidades básicas. Y me pregunté cuánto de esto asumimos como normal simplemente porque vivimos en una región austral.

A veces pareciera que nos acostumbramos demasiado a la idea de que las cosas son difíciles por la geografía. Como si las grandes distancias, el clima o el aislamiento fueran explicaciones suficientes. Pero una explicación no necesariamente es una respuesta.

La neblina no es una emergencia inesperada. Es parte de la vida en el sur. Lo mismo ocurre con la nieve, las heladas o los cortes de conectividad. Entonces la pregunta que surge es incómoda, pero necesaria ¿qué tan preparados estamos para enfrentar algo que sabemos que ocurrirá?

Me preocupa que, cada vez que un fenómeno climático afecta la conectividad, volvamos a descubrir nuestra fragilidad. Como si aún no hubiéramos asumido que la realidad austral requiere soluciones distintas a las del centro del país. No se trata sólo de transporte se trata de acceso a salud, continuidad de tratamientos, abastecimiento y oportunidades.

Aún no comienza la parte más dura del invierno. Y quizás este episodio, aparentemente pequeño, nos deja una reflexión mayor. Tal vez el verdadero desafío no sea la neblina, sino la ausencia de alternativas cuando la neblina aparece.

Vivir en el extremo austral implica convivir con una geografía compleja. Pero aceptar esa realidad no debería significar resignarse a ella.

Yordanna Ovando Hernández, Patagona y trabajadora social

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