Si el populismo desclasado es el síntoma, la reconfiguración del horizonte político es la enfermedad de fondo. No estamos solo frente a un sujeto social que ya no se reconoce en las viejas categorías, sino ante una política que ha dejado de prometer futuro y se limita a administrar el presente. En ese vacío, la demanda dominante ya no es emancipación, sino protección.
Durante décadas, la política operó sobre una expectativa compartida: que el mañana podía ser mejor que el hoy. Incluso en contextos de conflicto, existía una narrativa de progreso, redistribución o ampliación de derechos que ordenaba las lealtades. Hoy, esa promesa se ha debilitado. Para amplios sectores sociales, el futuro aparece como una amenaza más que como una posibilidad.
Este cambio es clave para entender el momento actual. El sujeto desclasado -precario, endeudado, expuesto- no se moviliza en torno a proyectos de transformación estructural porque percibe que esos proyectos no ofrecen certezas mínimas. La política, en lugar de reducir la incertidumbre, muchas veces la amplifica con promesas abstractas o reformas cuya traducción cotidiana resulta opaca. Frente a ello, la demanda se vuelve más básica: seguridad, estabilidad, control.
Aquí se produce un desplazamiento decisivo. Cuando la política deja de ofrecer futuro, el conflicto ya no se organiza en torno a quién distribuye mejor, sino a quién protege más. El eje izquierda/derecha pierde nitidez y es reemplazado por una dicotomía más primaria: orden o intemperie. En ese terreno, el progresismo compite en desventaja, no por falta de razón moral, sino porque su lenguaje sigue anclado en una promesa que el sujeto ya no logra imaginar.
El problema no es que las mayorías se hayan “derechizado” en un sentido ideológico clásico. Es que han cambiado las condiciones materiales y emocionales desde las cuales evalúan la política. El miedo —a caer, a perder, a quedar solo— se ha vuelto una fuerza organizadora más potente que la esperanza. Y la política que no se hace cargo de ese miedo, lo cede a quienes están dispuestos a explotarlo sin mediaciones democráticas.
En este contexto, insistir únicamente en pedagogía cívica o en superioridad moral resulta insuficiente, cuando no contraproducente. No se trata de convencer a un sujeto desclasado de que debería desear otro futuro, sino de reconstruir las condiciones para que ese futuro vuelva a ser creíble. Sin certezas materiales mínimas, no hay relato emancipador que resista.
La pregunta incómoda para el progresismo no es si debe defender el orden o los derechos, sino cómo articular ambos sin caer ni en el autoritarismo ni en la negación del conflicto social. Porque cuando la política abdica de esa tarea, otros la resuelven de manera más simple y peligrosa: prometiendo control sin justicia y estabilidad sin democracia.
Tal vez el desafío de esta etapa no sea radicalizar el discurso, sino volverlo habitable. Ofrecer protección sin renunciar a la transformación; orden sin exclusión; futuro sin negar el miedo que hoy estructura la experiencia social. Si el populismo desclasado expresa un malestar sin domicilio político, la tarea pendiente es construir una política que vuelva a ofrecer algo más que administración de la intemperie: un horizonte común que no suene a consigna, sino a una posibilidad real.
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Fernando Vergara Henríquez rd Director de Vida Universitaria y Vinculación con el Medio de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
