"La historia se hace más democrática cuando deja de ser monopolio de las élites y del Estado."
Mario Garcés Durán, candidato al Premio Nacional de Historia 2026.
Hay frases que, por su sencillez, terminan iluminando procesos históricos mucho más amplios de lo que aparentan. Cuando Mario Garcés afirma que "la historia se hace más democrática cuando deja de ser monopolio de las élites y del Estado", no está formulando únicamente una declaración de principios sobre la historiografía chilena, está proponiendo una forma distinta de comprender la relación entre conocimiento, memoria y sociedad.
Durante décadas, la historia oficial, centrada sobre los “grandes acontecimientos nacionales” y el papel rector de la élite política, se escribió con cargo a la ideología proveniente de los archivos del Estado y las instituciones básicas de la república. La Historia social o Nueva historia vino, al inicio de los años 80, a cuestionar esa mirada, desplazando el foco hacia quienes rara vez aparecían como protagonistas: trabajadores, pobladores, mujeres, organizaciones sociales y comunidades. No fue solo un cambio en el espacio social representado; fue un cambio del lugar desde donde se produce el conocimiento histórico.
Ese desplazamiento tiene hoy una expresión particularmente sugerente en numerosos barrios del país, donde las comunidades ya no esperan ser objeto de estudio, han aprendido a producir sus propios archivos, reconstruyen sus memorias y elaboran sus propias interpretaciones del territorio que habitan. El registro de la defensa patrimonial del barrio Yungay, del barrio Matta-Sur y de la población Vivaceta Norte–Sur, en la comuna de Independencia, constituyen un ejemplo de ese proceso.
En el caso de esta última, lo que comenzó hace casi una década como una preocupación vecinal frente a los efectos de la densificación inmobiliaria terminó convirtiéndose en un proyecto de organización comunitaria por la defensa del patrimonio. En el camino no solo surgieron demandas por la protección de inmuebles o espacios públicos. La propia comunidad comenzó a producir conocimiento: recopiló relatos, publicó libros, organizó concursos de memoria, construyó cartografías sociales, desarrolló rutas patrimoniales, reunió archivos fotográficos y audiovisuales y levantó un registro sistemático de su historia reciente.
Durante mucho tiempo se asumió que el proceso tradicional exigía que primero hubiera un reconocimiento institucional —un monumento, una declaratoria, una protección legal— y que solo después surgiera el interés ciudadano por ese patrimonio. En Vivaceta ocurrió exactamente lo contrario. Primero apareció la comunidad organizada en torno a las visibles preocupaciones que surgieron al advertir el avance de la depredación inmobiliaria, los problemas de seguridad, etc.; después vino la memoria compartida; luego el archivo; más tarde la investigación; finalmente, la demanda de reconocimiento institucional.
El patrimonio dejó de ser una categoría administrativa para convertirse en una práctica social. Quizá esa sea una de las transformaciones más profundas que están ocurriendo hoy en distintos territorios del país.
Cuando una vecina escribe por primera vez la historia de su calle; cuando un antiguo residente reconoce en una fotografía el lugar donde jugaba de niño; cuando un barrio decide recorrer su propia historia para comprender el presente, no está simplemente recordando, está construyendo patrimonio.
En la entrevista publicada con motivo de su candidatura al Premio Nacional de Historia, Mario Garcés recuerda una experiencia que resume magistralmente esta idea. Una estudiante le comentó que en un capítulo de uno de sus libros aparecía la población donde vivía. Su madre convocó a las vecinas para leer ese capítulo juntas. La reacción fue sencilla y profunda: "ellas eran parte de la historia". Garcés concluye: "De eso se trata: reconocerse con historia".
Hay que recordar que la previa historia social se centraba básicamente en el desarrollo político y las luchas de la clase obrera. En los años 80, otros actores sociales exigen atención, las mujeres, la juventud y sobre todo los pobladores. Las poblaciones y las organizaciones poblacionales son la gran resistencia a la dictadura; por lo tanto, pasan a ocupar un papel central en la preocupación de los nuevos historiadores. En eso, el trabajo de Mario Garcés es fundamental.
Tal vez allí resida una de las claves del patrimonio contemporáneo. No basta con conservar edificios si las comunidades no logran reconocerse en ellos. Tampoco basta con catalogar inmuebles o delimitar zonas protegidas si quienes habitan esos lugares permanecen ausentes de los procesos de interpretación y decisión. El patrimonio adquiere sentido cuando fortalece la capacidad de una comunidad para comprender su pasado, explicar su presente e imaginar colectivamente su futuro.
Esta perspectiva también obliga a revisar la relación entre universidad y territorio. Mario Garcés sostiene que no es posible investigar un barrio "bajando en paracaídas"; antes es necesario construir vínculos con las organizaciones y generar confianza. Solo entonces la investigación adquiere legitimidad social.
La afirmación resulta especialmente pertinente en un momento en que las universidades buscan fortalecer su vinculación con el medio social. Quizás el desafío no consista únicamente en llevar conocimiento a los territorios, sino también en reconocer que muchos territorios ya producen conocimiento. La tarea universitaria pasa entonces por dialogar con esos saberes, sistematizarlos, contrastarlos críticamente y proyectarlos hacia nuevos debates públicos. Desde esa perspectiva, barrios como Vivaceta Norte–Sur dejan de ser simples objetos de investigación para convertirse en verdaderos laboratorios vivos de producción de conocimiento, donde memoria, patrimonio, participación ciudadana y transformación urbana pueden estudiarse desde la experiencia concreta de quienes habitan el territorio.
La candidatura de Mario Garcés al Premio Nacional de Historia invita precisamente a volver sobre esa pregunta: ¿quién produce la historia?
Quizás la respuesta ya no deba buscarse únicamente en los archivos nacionales, sino también en las bibliotecas comunitarias, en los relatos escritos por los vecinos, en las fotografías familiares, en las cartografías sociales y en las múltiples formas mediante las cuales los barrios están recuperando la capacidad de narrarse a sí mismos, capacidad que los nuevos historiadores ayudaron a crear. Porque cuando una comunidad escribe su propia historia, no solo democratiza la historiografía. También amplía la democracia.
José Leandro Urbina, escritor y académico
Adrián Torres Canales, Escuela de Medicina USACH
