La conducción de grupos puede entenderse como un proceso de integración entre marcos normativos (valores), idearios (visión) y dispositivos estratégicos. En este sentido, su eficacia radica en la capacidad de articular coherentemente estos niveles, generando condiciones para la acción colectiva y la sostenibilidad de un proyecto común en el tiempo.
Desde esta perspectiva, una conducción que se limita a la producción de imágenes o a la apelación a lugares comunes —frecuentemente expresados en los códigos de las redes sociales, como reels, carruseles o publicaciones breves orientadas a maximizar interacción— tiende a desplazar el eje de la política hacia la inmediatez. Este desplazamiento no es trivial: cuando la comunicación sustituye al contenido, la conducción pierde densidad y se vuelve incapaz de sostener procesos colectivos complejos.
En el caso chileno, esta tensión se ha hecho particularmente visible en los últimos ciclos electorales. De hecho, el propio sistema político ha intentado responder a este fenómeno mediante regulaciones al uso de redes sociales, como las introducidas a partir de 2016 con la Ley 20.900, en el marco de las recomendaciones de la comisión Engel. Sin embargo, más allá de los esfuerzos normativos, la discusión de fondo persiste: ¿hasta qué punto la política puede sostenerse cuando privilegia la forma por sobre el contenido?
Las campañas recientes ofrecen ejemplos ilustrativos. Algunas han demostrado que es posible construir apoyo significativo mediante estrategias centradas casi exclusivamente en entornos digitales, incluso con baja presencia en espacios tradicionales de deliberación. Es inevitable recordar la campaña del 2021 por Parisi, que por esos días no residía en chile, debido a una orden de arresto pendiente por pensión alimenticia. Nada digno de un candidato presidencial de 12,8% (2021), apoyando a Kast en 2ª vuelta; pues lo evidente de su campaña, es que fue realizada íntegramente en redes sociales con ausencia en debates. Hace poco está el caso de la campaña presidencial del candidato Kast quien comienza con una cuenta regresiva hacia los migrantes irregulares, luego con invitaciones, zanjas, etc. Con el despliegue de Planes que condensaban múltiples tareas, que no han aparecido, demostrando que el uso intensivo de recursos visuales y narrativas simplificadas puede ser eficaz para posicionar temas en la agenda pública, particularmente cuando logran conectar con percepciones ciudadanas prioritarias, como la seguridad, la migración o la eficiencia del Estado.
No obstante, el problema no radica en el uso de la imagen en sí misma —la política siempre ha recurrido a símbolos y representaciones—, sino en su desvinculación de un sustrato más profundo. Las imágenes, para ser efectivas en el tiempo, requieren condensar ideas, expresar una visión y sostenerse en marcos de sentido reconocibles. Cuando esto no ocurre, su impacto tiende a ser efímero.
Esta desconexión se vuelve especialmente crítica al momento de gobernar. La traducción de promesas en políticas públicas exige algo más que capacidad comunicacional: requiere coherencia entre lo que se declara, lo que se proyecta y lo que efectivamente se implementa. Cuando dicha coherencia se debilita, emergen brechas entre expectativas y resultados que erosionan la confianza y dificultan la conducción.
El programa de gobierno de Kast habla de una sociedad que, según su visión, tiene un daño estructural y que se requiere reconstruir, pues dispone de un estado ineficiente y burocrático. Entonces como primer acto han llegado al gobierno, a rebajar el presupuesto del país en un 3% para hacer “caja”, pues el estado estaba quebrado, según sus propias palabras.
Si bien todos los servicios fueron afectados, la mayor rebaja se vive en Cultura, con cerca de un 10% menos, por ello es natural que los afectados reclamaran directa y particularmente, ante el ministro respectivo.
El gobierno hasta antes de la cuenta pública vivió simplemente, sin cumplir lo que había comprometido en campaña y con una oposición un tanto desordenada. Algo de zanjas por acá, nada de expulsiones por allá, nada de disminución en la delincuencia en las comunas, mucho de comunicación equívoca desde palacio, varias renuncias, mucha prepotencia desde Vivienda, ausencia sectorial de propuestas en educación, obras públicas y/o ciencias. Se destaca el carácter de la Ministra de Salud, por su defensa presupuestaria, algo más digno que lo vivido en Vivienda.
En este contexto, la discusión sobre la eficacia de la conducción política no puede reducirse a la calidad de su comunicación, pues sus errores, ausencia o falsedades se articulan discursivamente en función de su capacidad para representar valores, visión y estrategia, es decir tener una capacidad propositiva alternativa a lo oficial (ser oposición activa). La comunicación, en este esquema, cumple un rol relevante, pero subordinado: no reemplaza la conducción, sino que la expresa.
Reducir la conducción una imagen es, en último término, renunciar a gobernar y si luego se retrocede en ella, logra una mayor insignificancia. Si la acción política no se sostiene en valores que orienten, en una visión que proyecte o proponga alternativas estrategias que concreten ante la ciudadanía, pierde contenido y dirección. Lo que queda entonces no es conducción, sino solo comunicación: una sucesión de estímulos sin capacidad real de estructurar un proyecto común en el tiempo, algo innecesario para la oposición actualmente.
Hernán García Moresco. Diplomado en Big Data, Universidad Católica. Diplomado en Ciencias Políticas y Administración Pública, Universidad de Chile. Licenciado en Educación en Matemáticas y Computación, USACH.
