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Cuando pertenecer exige callar. Por Alejandra Ramos y Mónica Alejandra Vargas Aguirre

El “miedo a no pertenecer” es una de las angustias más profundas y menos reconocidas de la vida política y social. No suele expresarse de manera evidente ni surge necesariamente de amenazas explícitas. Se trata de un temor silencioso que nace de una necesidad profundamente humana: formar parte de un grupo, ser reconocido y no quedar excluido. La tensión entre expresar las propias convicciones o conservar la “pertenencia” puede transformarse en una poderosa forma de control.

En política, este miedo no se limita a la posibilidad de perder una elección o recibir críticas públicas. Se relaciona con el temor a quedar fuera de los espacios donde se toman decisiones, se distribuyen oportunidades y se construyen redes de influencia. Muchas veces no es necesario un castigo formal para disciplinar conductas. Una mirada de desaprobación, un comentario pasivo-agresivo, una advertencia amistosa o la difusión de rumores sobre personas “conflictivas” pueden ser suficientes para desalentar la discrepancia.

De esta manera, muchas personas aprenden a moderar sus opiniones, suavizar sus críticas o guardar silencio frente a situaciones que consideran injustas. La política, como todo espacio de poder, requiere negociación, acuerdos y capacidad de convivencia. Sin embargo, también puede generar códigos informales que asocian la lealtad con el silencio y la crítica con la traición. La película La Ola ilustra con claridad cómo la necesidad de pertenecer puede convertirse en una herramienta de disciplinamiento colectivo y en una amenaza para la democracia.

Surge entonces una pregunta incómoda: ¿cuántas veces se actúa desde la responsabilidad política y cuántas desde el” miedo a no pertenecer”? Porque no siempre se calla por convicción. Muchas veces se guarda silencio para no perder espacios conquistados, evitar etiquetas incómodas o no poner en riesgo futuras oportunidades laborales o políticas. Una candidatura, una vocería, una invitación o una posibilidad laboral pueden depender de seguir siendo considerado parte del grupo. En esos contextos, la pertenencia se transforma en una forma sutil de disciplina donde el costo de pensar críticamente parece mayor que el de callar.

Esta lógica no afecta solo a un sector político ni a una generación determinada. Está presente en partidos, movimientos sociales, gobiernos, organizaciones estudiantiles y espacios institucionales. Allí donde existe poder, suelen existir también reglas no escritas sobre quién puede hablar, cuánto puede incomodar y cuáles son las consecuencias de apartarse del guion establecido.

Las mujeres conocen especialmente bien esta realidad. Durante siglos han debido abrirse espacio en estructuras construidas sin ellas y han aprendido que cuestionar el orden establecido suele tener costos. Se celebra su participación, pero muchas veces se castiga su incomodidad o su protesta ante la discriminación, la violencia o el acoso. Algo similar ocurre con jóvenes, disidencias, dirigentes territoriales y todas aquellas personas que no forman parte de los círculos tradicionales de poder.

Por eso la “pertenencia” puede convertirse en una peligrosa trampa de la democracia. Una cosa es integrarse a un espacio para transformarlo colectivamente y otra muy distinta es adaptarse tanto a sus reglas que se termina defendiendo aquello que originalmente se buscaba cambiar. Aunque la política exige estrategia, realismo y comprensión de los tiempos colectivos, ese lenguaje también puede utilizarse para justificar silencios que benefician más a determinados grupos que al proyecto colectivo.

La pregunta fundamental no es si hay que estar dentro o fuera de una organización. La pregunta es qué estamos dispuestos a aceptar para seguir perteneciendo. Porque pertenecer no debería significar obedecer sin pensar, renunciar a la conciencia crítica o normalizar prácticas que públicamente se condenan. Si para ser parte de una comunidad es necesario dejar de decir lo que se piensa, quizás ya no estamos frente a una comunidad política, sino frente a una estructura de control.

La historia demuestra que quienes impulsaron los cambios más significativos de la historia, rara vez eligieron el silencio. Hannah Arendt, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Martin Luther King u Olympe de Gouges enfrentaron rechazo, exclusión e incluso la muerte por sostener sus convicciones. Su legado recuerda que el pensamiento crítico y la capacidad de cuestionar el orden establecido son condiciones indispensables para la democracia.

Rebelarse frente al silenciamiento, la manipulación, la opresión y la mentira exige una importante dosis de valentía e independencia. Pero ¿Qué sería del mundo sin personajes como Tris Prior y Tobías Eaton en Divergente, o Neo, Morfeo y Trinity en Matrix? ¿Qué sería sin Jhon el Salvaje y Bernard Marx en Un Mundo Feliz de Hauxley, o sin Guy Montag y Clarisse McClellan en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, o sin Winston Smith y Julia en 1984 de Goerge Orwell?. Más allá de la ficción, o del carácter más o menos heroico de sus desenlaces, estas historias nos recuerdan el valor de cuestionar lo establecido y de resistir la presión de aceptar una realidad impuesta a cambio de “pertenecer”. Como advirtió Hannah Arendt, la ausencia de pensamiento crítico puede conducir a la banalidad del mal y a causar un daño irreparable a la humanidad. Por ello, resultan tan necesarios quienes se atreven a pensar por sí mismos, a valorar la diferencia y a desafiar aquello que se presenta como una verdad incuestionable o como la única realidad posible.

Tal vez una de las tareas más difíciles en política sea no confundir unidad con silencio. Construir colectivamente no significa aceptarlo todo ni justificar errores. La responsabilidad política tampoco puede convertirse en una excusa para callar frente a aquello que sabemos que está mal. Una democracia saludable necesita personas capaces de dialogar, disentir y cuestionar, incluso cuando hacerlo implique costos.

 

Porque pertenecer nunca debería significar callar.

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Alejandra Ramos, periodista y Mónica Alejandra Vargas Aguirre, Dra. En Ciencias Sociales

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