La economía política de la insaciabilidad
Tener suficiente, querer más y necesitar más no significan lo mismo. La comparación social y la adaptación pueden desplazar nuestras aspiraciones; la inseguridad, en cambio, puede exigir mayores recursos para conservar el mismo grado de protección. Confundir esos mecanismos bajo la idea de “avaricia” transforma un problema económico e institucional en un juicio moral.
I. La frontera móvil
Las sociedades contemporáneas son mucho más ricas que las de hace un siglo. Producen y consumen más, viven más y disponen de posibilidades materiales que durante buena parte de la historia habrían parecido excepcionales. Sin embargo, la abundancia no ha resuelto una pregunta elemental: ¿cuándo tenemos suficiente? Una familia puede ahorrar por temor al futuro, otra endeudarse para sostener una posición social y una tercera elevar sus aspiraciones porque aquello que antes consideraba excepcional se volvió normal. Atribuir todo ello a la codicia humana explica demasiado y, por eso mismo, explica poco.
La suficiencia no designa una cantidad universal de riqueza ni un ideal moral de austeridad. Es el umbral de recursos que una persona considera necesario, en un momento determinado, para alcanzar los fines que juzga relevantes. Tener suficiente tampoco equivale necesariamente a dejar de aspirar a más: la investigación reciente sobre suficiencia subjetiva distingue entre percibir que se tiene suficiente y mantener aspiraciones adicionales (Castro y Bleys, 2026). El problema comienza cuando se desplaza aquello que consideramos necesario.
Preguntar por la suficiencia es preguntar por el límite. Aristóteles distinguió entre una adquisición subordinada a las necesidades de la vida y otra en que adquirir termina convirtiéndose en un fin (Aristóteles, Política, I). Si las necesidades materiales determinaran por sí solas el horizonte del deseo, una mayor prosperidad debería aproximarnos progresivamente a algún punto de suficiencia. La dificultad surge cuando ese punto también se mueve. La insaciabilidad que aquí interesa aparece cuando el aumento de los recursos desplaza también el umbral de lo suficiente.
El primer desplazamiento ocurre cuando la suficiencia se vuelve relativa. Rousseau advirtió que dejamos de evaluar nuestra situación exclusivamente por aquello que necesitamos cuando comenzamos a hacerlo también frente a otros. Con el amour-propre, importa no solo cuánto tenemos, sino qué significa aquello que tenemos ante los demás (Rousseau, 1755). No se trata simplemente de envidia: intervienen reconocimiento, posición y la valoración de nosotros mismos frente a otros.
El reconocimiento agrega otra dimensión. En La teoría de los sentimientos morales, Smith describe individuos que buscan aprobación y prestan atención a la condición de ricos y poderosos. La riqueza adquiere también valor social cuando se asocia con consideración y reconocimiento (Smith, 1759). El agente sigue siendo quien decide, pero aquello que valora no se forma necesariamente al margen de la mirada ajena.
Las sociedades, además, no comparan cualquier cosa con cualquier cosa. Producen señales de éxito, pertenencia y distinción. Veblen mostró cómo ciertos bienes comunican posición y alimentan procesos de emulación pecuniaria (Veblen, 1899). Bourdieu extendió esa intuición a la educación, los gustos, el lenguaje y las prácticas culturales (Bourdieu, 1979). Cuando aquello que diferenciaba se generaliza, puede perder capacidad distintiva y la búsqueda de posición desplazarse hacia nuevas señales. La prosperidad no necesariamente termina la competencia posicional; modifica sus objetos.
La economía incorporó parte de esta intuición cuando Duesenberry cuestionó que el consumo pudiera comprenderse únicamente mediante el ingreso absoluto y destacó la importancia del ingreso relativo y del entorno social (Duesenberry, 1949). Las necesidades materiales pueden encontrar límites mientras las aspiraciones permanecen móviles. Podemos ser más ricos sin sentirnos proporcionalmente más cerca de aquello a lo que aspiramos.
II. Querer más no significa lo mismo
La comparación social explica uno de esos movimientos. La adaptación explica otro. Podemos acostumbrarnos, en grados distintos, a aquello que conseguimos: la vivienda alguna vez soñada se vuelve habitual; el ingreso excepcional, esperado; lo extraordinario de ayer, la normalidad de hoy. En la comparación, los demás desplazan nuestra referencia. En la adaptación, lo hace nuestra propia experiencia. Ambos procesos pueden operar simultáneamente.
La insaciabilidad no requiere entonces un deseo conscientemente ilimitado ni una naturaleza humana condenada a querer siempre más. Surge cuando sucesivos aumentos de recursos van acompañados por desplazamientos del umbral considerado suficiente. Cada meta puede ser finita; alcanzar una puede contribuir a redefinir la siguiente.
Tener suficiente tampoco implica dejar de aspirar a más. Una persona puede considerar satisfechas sus necesidades y querer estudiar, emprender, viajar o mejorar su vivienda. La investigación reciente confirma que suficiencia subjetiva y aspiración adicional son dimensiones relacionadas, pero distintas (Castro y Bleys, 2026). La aspiración no constituye por sí misma insaciabilidad ni patología: una parte del progreso humano depende precisamente de fines que exceden lo ya alcanzado. La cuestión es distinguir una nueva aspiración del desplazamiento de aquello que consideramos necesario para sentir que tenemos suficiente.
La inseguridad introduce un mecanismo diferente. No siempre queremos más porque deseemos más; a veces necesitamos mayores recursos para conservar el mismo grado de seguridad. Una familia puede tener satisfechas sus necesidades presentes y seguir aumentando su patrimonio ante el riesgo de desempleo, enfermedad o una vejez insuficientemente protegida. La riqueza funciona también como reserva frente a contingencias futuras, dimensión que la literatura reciente sobre inseguridad económica incorpora al analizar conjuntamente ingreso y patrimonio (Petrov y Romaguera-de-la-Cruz, 2025).
Una sociedad materialmente rica puede así albergar una elevada inseguridad patrimonial sin producir individuos más insaciables. Cuando una parte considerable de la protección frente a ciertos riesgos depende de recursos privados, aumenta el patrimonio necesario para mantener un mismo nivel de seguridad. No cambió necesariamente el fin perseguido; cambió el costo de alcanzarlo.
La diferencia es decisiva. La conducta observable no identifica por sí sola el mecanismo que la produce. Dos personas pueden aumentar su patrimonio: una porque cambió aquello que considera suficiente frente a su grupo de referencia; otra porque enfrenta mayores riesgos sin modificar el nivel de seguridad que persigue. Describir ambas como “avariciosas” sustituye una explicación causal por un juicio moral. La propia literatura sobre greed continúa mostrando fragmentación conceptual entre disciplinas y niveles de análisis (Takacs-Haynes, Emich y Norder, 2026).
Cambiar de conducta tampoco demuestra que hayan cambiado nuestras preferencias. Podemos ahorrar más porque aumentó el riesgo, no porque valoremos más la riqueza. Las experiencias institucionales prolongadas, a su vez, pueden contribuir a formar hábitos, referencias y aspiraciones. La controversia entre explicar la conducta mediante preferencias relativamente estables frente a nuevas restricciones o admitir que las instituciones contribuyen a formar esas preferencias atraviesa la teoría económica desde hace décadas (Becker y Stigler, 1977; Bowles, 1998). Distinguir ambos procesos impide atribuir a los deseos aquello que puede explicar un cambio en las condiciones de elección.
La pregunta deja entonces de ser si “el mercado nos vuelve codiciosos”. Importa saber cuándo cambia la referencia social, cuándo opera la adaptación y cuándo aumenta la exposición al riesgo. Solo después podemos preguntar cómo las instituciones intervienen en esos procesos.
III. La política de lo suficiente
Las instituciones no desean ni sienten envidia: las personas sí. Pero determinan parte de los riesgos que enfrentamos, las alternativas disponibles y las referencias sociales desde las cuales evaluamos nuestra situación. Explicar la suficiencia exige mantener al individuo como lugar inmediato de la decisión sin imaginar que decide fuera de esas condiciones.
La misma cautela impide confundir insaciabilidad personal con expansión económica. Una empresa puede invertir por competencia, innovación o rentabilidad esperada sin que sus propietarios aspiren a consumir indefinidamente más. A la inversa, la competencia por estatus puede elevar consumo y endeudamiento sin generar inversión productiva. Crecimiento e insaciabilidad pueden relacionarse; ninguno prueba al otro.
Separar los mecanismos cambia la pregunta política. Si una familia acumula para enfrentar riesgos, la cuestión no es corregir sus valores, sino examinar las condiciones que determinan cuánta protección debe financiar privadamente. Si su estándar de suficiencia cambia con el grupo de referencia, el mecanismo es otro. Si predomina la adaptación, el diagnóstico vuelve a cambiar. La política comienza por identificar esas diferencias, no por moralizar sus resultados.
La suficiencia adquiere así una dimensión política sin convertirse en una doctrina que establezca cuánto debería bastarle a cada persona. No existe una cantidad correcta de riqueza que una autoridad pueda fijar para los demás. Existe, en cambio, una discusión legítima sobre las condiciones que inciden en nuestras decisiones: exposición a riesgos, vivienda, educación, endeudamiento, bienes públicos, movilidad social y distribución de oportunidades, seguridad y reconocimiento.
Esta pregunta tampoco debe confundirse con otra literatura contemporánea sobre suficiencia que propone límites al consumo por razones distributivas o ecológicas. Allí la cuestión es cuánto debería consumir una sociedad bajo determinadas restricciones normativas y ambientales. Aquí preguntamos algo anterior: por qué cambia subjetivamente aquello que sus integrantes consideran suficiente.
Aspirar a vivir mejor no es el problema, ni tendría sentido transformar la suficiencia en una ética de la resignación. Una sociedad dinámica necesita ambición, innovación y expectativas de progreso. La pregunta es otra: ¿por qué, después de mejorar nuestras condiciones materiales, puede permanecer o incluso aumentar la distancia respecto de aquello que consideramos necesario?
La paradoja de las sociedades prósperas no es que la abundancia nos vuelva necesariamente codiciosos. Es que podemos tener más y seguir alejándonos de lo suficiente. A veces porque cambia aquello a lo que aspiramos; otras, porque cambia aquello frente a lo cual debemos protegernos. Confundir ambos movimientos bajo la palabra “avaricia” no explica el fenómeno: evita explicarlo.
Bibliografía
Aristóteles. Política, libro I, especialmente capítulos 8-10.
Becker, Gary S. y George J. Stigler (1977). “De Gustibus Non Est Disputandum”. American Economic Review, 67(2), 76-90.
Bourdieu, Pierre (1979). La distinction. Critique sociale du jugement. París: Les Éditions de Minuit.
Bowles, Samuel (1998). “Endogenous Preferences: The Cultural Consequences of Markets and Other Economic Institutions”. Journal of Economic Literature, 36(1), 75-111.
Castro, Damaris y Brent Bleys (2026). “‘Having enough’ is not enough: The value of ‘wanting more’ in subjective sufficiency measures”. Ecological Economics, 247, 109034.
Duesenberry, James S. (1949). Income, Saving and the Theory of Consumer Behavior. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Frank, Robert H. (1985). Choosing the Right Pond: Human Behavior and the Quest for Status. Nueva York: Oxford University Press.
Hirsch, Fred (1976). Social Limits to Growth. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Petrov, Dmitry y Marina Romaguera-de-la-Cruz (2025). “Measuring economic insecurity by combining income and wealth: an extended well-being approach”. Review of Economics of the Household, 23, 113-139.
Rousseau, Jean-Jacques (1755). Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes.
Smith, Adam (1759). The Theory of Moral Sentiments, especialmente parte I, sección III.
Takacs-Haynes, Katalin, Kyle Emich y Kurt Norder (2026). “Greed: A Multilevel Interdisciplinary Review”. Academy of Management Annals, 20(1), 315-358.
Veblen, Thorstein (1899). The Theory of the Leisure Class: An Economic Study of Institutions. Nueva York: Macmillan.
