El aire del 14 de diciembre era denso en Constitución, cargado con el olor a papel de voto y la expectación silenciosa. Elena, cuyos ojos habían sido clausurados por la noche hacía tres décadas, avanzaba con la ligereza de quien conoce otros mapas. Se detuvo ante la Mesa 17, el bastón blanco marcando un ritmo firme sobre el piso del gimnasio.
—Buenos días, señora. ¿La acompaño a la cámara secreta? —preguntó un joven vocal de mesa, con una voz que sonaba tan limpia como el agua de deshielo.
—Buenos días, joven. Sería de gran ayuda. Pero la cámara... —murmuró Elena, tomando su brazo—. En esta elección, el camino a esa urna se siente abismalmente difícil, o sorprendentemente diáfano. Aún no lo sé bien.
Mientras él la guiaba, asegurándose de que el borde de la cortina no la tocara, Elena continuó su cavilación en voz alta, como si el diálogo fuera el último paso de su proceso de pensamiento:
—Usted me ve aquí, sin mis ojos, pero llevo conmigo las voces de otros. He pasado semanas escuchando, comparando. Y me he percatado de una contradicción dolorosa en quienes antes defendía: el progresismo, la centroizquierda, la socialdemocracia... se han transformado, en la práctica, en defensores del status quo.
El joven, respetuoso, la escuchó.
—Lo veo en sus vacilaciones ante las grandes reformas, en su miedo a nombrar la palabra "justicia" sin la palabra "mercado" al lado. Han sido buenos en la gestión, sí, han conseguido grandes logros históricos para el pueblo de Chile que será necesario mantener, pero a veces, su prudencia se confunde con la inercia.
Llegaron al pequeño cubículo. Elena apoyó la mano en el atril.
—Pero, ¿sabe qué me condujo a dilucidar? La filosofía. Mi razón, que es mi única luz. Recuerdo a Platón en La República, cuando busca la justicia en la Polis ideal, y a Aristóteles con su concepto de la Felicidad (Eudaimonia). Para florecer, la ciudadanía necesita una base de dignidad. Los progresistas, a través de la historia, han luchado por esa base: leyes laborales, derechos sociales, beneficios. No ha sido perfecto, pero la dirección ha sido la expansión de la dignidad.
El joven, que se había quedado fuera de la cámara, le preguntó suavemente: —¿Y qué piensa de la otra opción, de Kast?
Elena sonrió, una mueca fina que iluminó su rostro.
—Mire, mi voto es por la conciencia, por la razón. A diferencia de esos partidos progresistas que, con sus defectos...., han contribuido a la creación de leyes buenas para el pueblo y beneficios sociales, el Partido Republicano, con Kast a la cabeza, nada ha hecho por Chile. Su estrategia es todo lo contrario: mienten a destajo.
Hizo una pausa, como si estuviera viendo el número en la papeleta:
—Son un ejemplo claro: prometer que descontará seis mil millones de dólares al presupuesto sin indicar de dónde saldrán esos fondos es una falsedad tan grotesca que no busca convencer, sino destruir la verdad misma. Infunden miedo a los inmigrantes indocumentados, usan la diatriba permanente sobre el "flagelo" de la delincuencia, y violentan a la gente con su discurso del caos de Boric. Si Kast sale presidente, estoy segura que recortará el presupuesto de apoyos y subsidios para la gente, tratará de prohibir las demostraciones en las calles, y romperá el diálogo con las organizaciones sociales como la CUT. Su programa, aunque no lo sea, en realidad no sé cómo llamarlo, es un retroceso.
Elena sintió la placidez del voto marcado, el clic mental que precede a la acción.
—El progresismo, por lo menos, nos da la esperanza de que podemos corregir el rumbo, de que la política aún puede subordinar a la economía. Con el otro, solo hay certeza de maldad y debilidad disfrazadas de autoridad.
Salió de la cámara, devolviéndole el brazo al joven.
—¿Sabe, joven? Me sirvió su apoyo y nuestra conversación para dilucidar por quién votar. Hoy, la verdad es la que me hizo libre.
—¿Y su decisión final, señora? —preguntó él.
Elena asintió, con la seguridad de quien ha recuperado la visión esencial.
—Jeannete Jara, por supuesto. Por la dignidad que se construye y no se hereda.
