Es innegable el auge y la calidad artística que posee la danza contemporánea en Chile, hay toda una historia con un contundente legado que permite la configuración de un paisaje urbano reconocible gracias al trabajo de una comunidad comprometida con su quehacer. No son muchas las Compañías que pueden mantenerse en el tiempo, por eso destaca tanto la del coreógrafo José Vidal, por otra parte, los espacios culturales para este desarrollo no son muchos, sin embargo hay algunos destacados entre éstos uno de los protagónicos es el GAM. El escaso gasto público en cultura, hoy con presupuesto recortado por el gobierno de Kast que viene imponiendo políticas a favor del enriquecimiento de los especuladores dañando la política pública a favor de los ciudadanos, determina estructuralmente el trabajo de quienes producen arte a favor del desarrollo cultural del país. Esto hace mucho más destacable la persistencia de quienes trabajan en el ámbito creativo que escapa a las lógicas neoliberales.
Tener la oportunidad para encontrarnos con la experiencia de la belleza no es un privilegio, el problema más peligroso es cuando se le niega su posibilidad de ser. Negarle las posibilidades al ser es un atentado en contra de la existencia, la cual ya se encuentra amenazada por formas de vida automatizadas como productos del necro poder, las ciudades neoliberalizadas atentan contra la vida, nuestro modo de convivencia se encuentra en profundo deterioro. Estas reflexiones me aparecen para comentar una experiencia en la participación de un encuentro experimental de danza, en una de las salas del GAM disponibles para la creación artística, al que me invitó José Vidal y Rommy Rojas, interlocutores fundamentales para comprender la danza.
Curioso ir a una presentación en donde la obra no está acabada, o más bien donde no se expone una obra. Quizá un simple acto creativo imposible de repetir apartado de toda serialidad, como esas flores nocturnas que se disipan apenas florecen dejando una sensación misteriosa en torno al milagro de la vida y su sacralidad. Pienso que la vida se exalta en lo ritual y acontece en un cotidiano, lo vivo adquiere mayor significación cuando participamos del rito. Una de las características más profundas de la danza, así como la música o la poesía es cuando son manifestaciones que portan ese atavismo ritual. No es secreto hablar de “rito”, es un estado de participación casi inconsciente, si se quiere íntimo, finalmente una búsqueda existencial de lo que somos como individuos que conviven con otros.
Sorpresa me provocó la participación en este acto creativo llamado “Estados de deriva”, derivaciones de un ser junto a otros, siendo parte de ese cotidiano vertiginoso por el cual transitamos en las ciudades llenas, a veces colapsadas, en la contradicción del vacío apartados del encuentro. Dirigieron esta “exposición” de movimientos José Vidal y Tomás Omer con colaboración de Catalina Avaria, Sofía Riveros, Alex Soprano, Francisco Sánchez, María Aldana. En la pista, dándolo todo, participaron estudiantes, bailarines, actrices, y gente de otras disciplinas como la psicología, la composición y el cine, de edades diferentes entre los 20 y los 57 años, éstos eran: Claudia Águila, Ana Manríquez, Andrés Escobar, Cristóbal Cartes, Cynthia Araos, Matías Garrido, Francisca Concha, Catalina Volcán, Javier Alonso, Gaspar Díaz, Maura Andrade, Paola Lazo, Catalina Pérez, María Paz Silva, Nare Araya, Lissa Moret, Sofía Arenas, Valentina Espinoza, Camila Peralta, Daniela Montaner.
Un acto creativo que nos hace pensar en el cómo viviríamos si integráramos la danza como parte de nuestra vida cotidiana, un rito diario para recuperar nuestro vitalismo, haciéndonos mejor parte de los espacios de convivencia, generando ese encuentro necesarios con los otros. Volver a sentir el cuerpo que somos y que en lo cotidiano es donde podemos permitirnos nuestra expresión vital, devolviéndonos ese misterio que portamos desde un origen que late aparentemente olvidado.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra
