En los últimos años hemos estado viviendo una era de renovación política en Chile y nuestra región: rostros jóvenes, de entre 30 y 45 años, prometen romper con las viejas estructuras bajo la bandera del "progresismo". Es el New Age de la política latinoamericana. Pero, como cientista política, observo algunos peligros en la construcción de estos nuevos proyectos: “Los progresismos sin Ismos”.
El progresismo, en su posición originaria centrada en el progreso, tiende a separarse de las corrientes de pensamiento clásicas, conservadoras u ortodoxas. Su fin es el desarrollo del ser y propone que el Estado, o la misma sociedad, generen condiciones que permitan a las personas superar la desigualdad a través de procesos de inclusión social. En este sentido, el progresismo suele ubicarse al centro, alejándose de los extremos; su discurso gira más en torno a alcanzar acuerdos en el contexto de la sociedad actual que a defender un modelo de desarrollo alternativo. En pocas palabras, el progresismo se aleja de las ideologías.
Al separar la política de las ideologías —los "ismos" que históricamente daban estructura al bien común—, lo que queda es un cuenco vacío de contenido ético. Si bien el progresismo busca sentarse a construir alianzas con todos para avanzar en la disminución de la brecha de la desigualdad, lo complejo es que, justamente al ubicarse al centro, busca transar incluso con ese 1% de las élites dueñas del capital o con quienes sostienen diferencias estructurales profundas (por ejemplo, en materia de Derechos Humanos). Y aunque los acuerdos en varias ocasiones avanzan hacia mejoras sectoriales, esta práctica deja al progresismo caminando por una línea delgada y peligrosa, donde la ambigüedad desdibuja los límites valóricos y éticos.
Existe una frase muy escuchada desde el mundo progresista cuando se llega a un consenso: “dejamos nuestras diferencias de lado para avanzar”. Pero, analizando en profundidad, me pregunto: ¿Será realmente lo correcto dejar nuestras diferencias de lado? Es verdad que las diferencias muchas veces actúan como murallas que obstaculizan el avance de las políticas públicas; sin embargo, son estas mismas murallas las que tienen la misión de delimitar los marcos éticos para la construcción de mejores sociedades. Si bien el progresismo busca separarse de los "ismos" para conseguir un consenso mayoritario, el peligro invisible es el vaciamiento de contenido. Al diluir las identidades, existe una gran posibilidad de perder la autonomía del pensamiento crítico, aquel que marca posiciones firmes para los cambios reales en la toma de decisiones. Así es como, en la pérdida de la autonomía a favor de los acuerdos, crece la ambigüedad, se da pie al silencio y abunda la tolerancia de lo intolerable.
Para entender el peligro de esta relación podemos usar una analogía con el feminismo: así como es complejo que un hombre lidere o sea parte de la lucha feminista desde adentro —porque difícilmente abandonará sus privilegios estructurales en un sistema patriarcal—, lo mismo ocurre con las grandes empresas habitando la política pública. Las élites económicas no pueden ser las encargadas de disminuir las desigualdades que ellas mismas generan. Su rol, para no invisibilizar las necesidades reales del pueblo, debería ser autocrítico y plantearse desde fuera de la toma de decisiones directa.
Así como en los movimientos sindicales la lucha no se puede dar con el patrón adentro, en el feminismo no se puede dar con el opresor dentro, y en las políticas sociales, tampoco con el gran empresario dentro. De lo contrario, se corre el riesgo de que los discursos relevantes se vuelvan “tibios”. Esta es La Trampa del Consenso: al borrar los "ismos" y las posturas claras en favor de un consenso "tibiamente" aceptable para las élites, se anula el conflicto democrático necesario para la transformación. El político progresista corre el riesgo de convertirse en un gerente que omite las vulneraciones porque, bueno, "el CEO está colaborando".
Para seguir con la analogía feminista, Nancy Fraser, filósofa política e intelectual pública estadounidense, acuña el concepto de "neoliberalismo progresista" en su obra ¡El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer!. Fraser explica este fenómeno mediante tres puntos clave:
● La Alianza del Reconocimiento y la Explotación: El progresismo moderno ha sellado una alianza entre ciertos movimientos sociales (feminismo, derechos LGBTQ+, antirracismo) y los sectores más dinámicos del capital financiero (Wall Street, Silicon Valley).
● La Máscara de la Diversidad: Las corporaciones utilizan las causas de la identidad y la diversidad como un "maquillaje" para darle una cara humana a políticas económicas que siguen beneficiando al 1% y manteniendo la desigualdad estructural.
● Legitimación de la Élite: Este discurso presenta a los empresarios exitosos como los "portadores ideales del cambio", justificando que habiten directamente el Estado bajo una supuesta superioridad moral y técnica, mientras se desvía la atención de la brecha económica real.
Este vaciamiento ideológico también es analizado con rigor por Slavoj Žižek en obras como Contingency, Hegemony, Universality y en su crítica a la pospolítica. Para Žižek, el problema no es solo la falta de ideas, sino la transformación de la política en un simulacro a través de:
● La Gestión frente a lo Político: Sostiene que hoy ya no se discuten proyectos de sociedad distintos (el ámbito de "lo político"). En su lugar, la política se ha reducido a la mera administración técnica y gerencial del orden establecido, como si el Estado fuera una sucursal bancaria que debe mantenerse "estable".
En ese romance que abre el progresismo en sus alianzas con el empresariado, el riesgo inminente es la Despolitización de las Pasiones. Los problemas sociales pasan a ser tratados como fallas técnicas y no como injusticias ideológicas. Es aquí donde se pavimenta el camino para que el descontento popular sea capturado por la ultraderderecha que, a diferencia del progresismo, sí ofrece posturas claras, aunque intolerantes.
Esto nos lleva a la paradoja de la tolerancia de Karl Popper: si una sociedad es infinitamente tolerante incluso con los intolerantes —o con quienes vulneran derechos sistemáticamente para acumular capital—, esa misma tolerancia terminará destruyendo la justicia social. Un progresismo "sin ismos" permite un coqueteo permanente donde abundan los favores por pagar, lo que facilita la corrupción estructural y el desamparo material de la ciudadanía.
El contexto latinoamericano actual es una señal de alerta roja. Mientras el progresismo titubea en la ambigüedad, la región es cooptada por proyectos de ultraderecha. Líderes como Donald Trump han validado la CEOcracia: un modelo donde el Estado es visto como un emprendimiento atendido por sus propios dueños y la mesa de decisiones se comparte sin el pueblo presente. Si la política no recupera sus límites, sus "ismos" y su ética, la democracia seguirá siendo un cuenco vacío al servicio de los intereses privados.
Bibliografía
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Mirada Violeta
Autora: Jocelyn Espinoza Ríos
Cientista Política y Administradora Pública.Renca, Santiago de Chile.
