Pensar desde un sistema escatológico se ha vuelto una cuestión urgente. No solo por las contingencias de los últimos meses: los megaincendios en nuestro país; la amenaza permanente de un modelo imperial gobernado por un déspota impredecible; el avance del neofascismo en Europa y América Latina; y todo aquello que ya conocemos en relación con el cambio climático, los avatares de la inteligencia artificial y la beligerancia entre distintas potencias del mundo.
En enero de 2026, el Bulletin of the Atomic Scientists de Chicago dio a conocer su último informe sobre la latencia del riesgo nuclear que amenaza al planeta en su conjunto. En este contexto de catástrofe, la escatología —entendida como el estudio teológico del fin de los tiempos— permite también pensar los riesgos concretos que hoy debemos atender como sociedad. Para ello, revisaremos algunos sucesos de la Iglesia católica a partir de la mirada de Giorgio Agamben, filósofo italiano contemporáneo.
El papa Benedicto XVI fue el primer pontífice en renunciar a su cargo en el Vaticano después de casi seiscientos años. Las razones aducidas aludieron a la fatiga de sus fuerzas, a la debilitas corporis. Para Agamben, este gesto deja en evidencia una crisis del pensamiento católico y de su institucionalidad, abriendo un debate más amplio sobre la representación histórica de la Iglesia.
Benedicto XVI concebía a la Iglesia como una entidad atravesada por dos lados: uno siniestro y otro diestro. Estudioso de Ticonio, teólogo de la segunda mitad del siglo IV —quien influyó también en el pensamiento de san Agustín—, retoma una distinción que, sin embargo, presenta diferencias relevantes entre ambos autores.
Para Ticonio, lo siniestro y lo diestro son aspectos interdependientes, partes de un mismo cuerpo; en cambio, para san Agustín se trata de elementos diferenciados. Así, mientras para san Agustín Babilonia y Jerusalén son ciudades distintas, para Ticonio ambas constituyen una sola ciudad.
En 1947, un grupo de científicos atómicos creó el llamado Reloj del Apocalipsis. Este dispositivo cumple una función simbólica: advertir cuán cerca estamos de la “medianoche”, es decir, de una catástrofe global. En su último informe, el reloj marcó 85 segundos para la medianoche, el punto más cercano registrado desde su creación. Las razones son múltiples: el creciente riesgo nuclear, el cambio climático, las amenazas biológicas y el uso de la inteligencia artificial como arma de guerra.
El papa Benedicto XVI fue un estudioso de la escatología y, como ya se ha señalado, para Agamben su renuncia no constituye un hecho meramente circunstancial, sino que da cuenta de una crisis profunda de la tradición ética y política de Occidente, especialmente en la tensión entre legitimidad y legalidad. En palabras del pensador italiano:
“Los poderes y las instituciones hoy no se encuentran deslegitimados porque han caído en la ilegalidad; más bien ocurre lo contrario: la ilegalidad está tan difundida y generalizada porque los poderes han perdido toda conciencia de su legitimidad” (Agamben, 2013, p. 12).
Cabe entonces la pregunta: ¿no es este reloj del fin de los tiempos una metáfora del colapso de la institucionalidad occidental, una suerte de debilitas corporis que nos convoca a pensar nuestra realidad política desde una escatología política y nuclear?
La amenaza nuclear y el eventual colapso de los recursos no renovables son una realidad concreta desde hace décadas, y han constituido una delgada línea entre la suspensión de la catástrofe global y su materialización. No obstante, asistimos hoy a una acelerada mutación de las reglas geopolíticas, en la que el genocidio de los pueblos, la depredación de los recursos naturales y la guerra entre naciones se han transformado en la normalidad de nuestro tiempo.
Sin ir más lejos, en Chile nos hemos habituado no solo a la impunidad de los violadores de derechos humanos y a los abusos de las grandes empresas, sino también a los incendios catastróficos de cada verano. Estos llamados “megaincendios” son el efecto evidente de una sequía que se ha vuelto patente desde 2010. La sequía, al igual que la impunidad de los poderosos, expresa un colapso institucional en el que la ilegalidad se encarna en la “pérdida de toda conciencia de legitimidad”.
La abdicación de Benedicto XVI, así como el Reloj del Apocalipsis, nos hablan de un colapso evidente. Desde una mirada teológica y a partir de la tesis de Ticonio, la convivencia entre lo diestro y lo siniestro —entre fieles e infieles que componen un solo cuerpo, el de la Iglesia— suspende la inminencia de la parusía, es decir, retarda la segunda venida de Cristo o del juez escatológico. Separar a la Iglesia entre “buenos” y “malos”, entre Jerusalén y Babilonia como agentes escindidos, implicaría destruirla; ese sería el verdadero momento del Apocalipsis: el cisma escatológico.
Desde una perspectiva geopolítica y nuclear, en cambio, estamos a 85 segundos de la medianoche. En un escenario donde los gobiernos se auto adjudican el lugar de los “buenos” y se arrogan el deber de perseguir a los “malos” —que suelen ser los inmigrantes latinoamericanos y afrodescendientes, los islamistas, los palestinos, o todo aquello que el deseo endogámico de los grupos dominantes percibe como exógeno y amenazante—, la inteligencia artificial utilizada como arma de guerra, el abandono de acuerdos sanitarios y medioambientales, y las amenazas biológicas dirigidas a las comunidades más empobrecidas aparecen como síntomas de una misma crisis: una crisis que hoy nos sitúa, sin duda, en una catástrofe no solo cultural, sino también nuclear.
Para Agamben, en El misterio del mal —libro aquí citado—, la abdicación del papa constituye un acto de coraje, en tanto deja en evidencia cómo la legitimidad de la institución eclesiástica entra en una crisis profunda, al quedar su racionalidad escatológica velada por la racionalidad del poder económico.
La escatología teológica pone así de manifiesto la necesidad de pensar la cultura y el desarrollo de la política occidental en una clave similar. De manera inédita, la humanidad en su conjunto se enfrenta a una catástrofe inminente y de características irreversibles. De una colapsología a una catastrofeología, o bien, a una escatología que nos invite a pensar desde la catástrofe —no como un eventual porvenir, sino como nuestro presente mismo—, porque, como advierte Agamben:
“Cuando el elemento escatológico se eclipsa en la sombra, la economía mundana se vuelve propiamente infinita, es decir, interminable y sin objetivo” (Agamben, 2013, p. 30).
Por lo tanto, parece que nuestra época nos exige mayor coraje: pensar el fin, para evitar el fin sin fin.
Referencias bibliográficas
Agamben, G. (2013). El misterio del mal: Benedicto XVI y el fin de los tiempos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.
Bulletin of the Atomic Scientists. (2025). Doomsday Clock. Chicago: Bulletin of the Atomic Scientists.
Fidel Lajara Erices
Psicólogo
Coordinador Equipo Psicosocial
CODEPU
