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De la revuelta de octubre a Kast: ¿qué futuro para la izquierda en Chile? Por Francisco Suarez

El estallido social de octubre de 2019 abrió en Chile un ciclo político marcado por una crisis profunda del modelo neoliberal heredado de la dictadura. Sin embargo, pocos años después, el escenario político parece haber cambiado radicalmente: la extrema derecha gobierna y el proyecto de transformación impulsado tras la revuelta parece estancado. ¿Cómo se explica esta evolución? Y sobre todo, ¿qué estrategia puede construir hoy la izquierda chilena frente a este nuevo momento político?

El pasado: la descomposición del modelo neoliberal

Si queremos comprender cómo Chile pasó del levantamiento popular de octubre de 2019 a la victoria aplastante de José Antonio Kast, debemos partir de una constatación simple: estamos en un período de crisis del modelo neoliberal. Lejos de ser una simple alternancia electoral, este resultado revela una transformación más profunda del ciclo político chileno.

Durante varias décadas, el modelo logró estabilizar la sociedad chilena a través de un compromiso social sobre el cual se fundó la transición democrática: la democracia podía regresar, a condición de mantener el modelo económico instaurado bajo la dictadura. Este compromiso se apoyaba en una promesa: crecimiento, modernización y movilidad social, articuladas en torno a un discurso centrado en la meritocracia.

Durante cerca de veinte años, este modelo parecía funcionar. Sin embargo, progresivamente comenzaron a aparecer sus contradicciones. Las primeras contestaciones provinieron de una generación nacida durante la transición. Una serie de conflictos sociales y ambientales fue revelando los límites del sistema: las movilizaciones estudiantiles por la educación (2006, 2011), las luchas contra proyectos extractivistas como HidroAysén (2011), la minera canadiense Pascua Lama (2006), el proyecto Dominga (2013-2025) o las crisis provocadas por la expansión de la industria forestal y de la agroexportación. En el ámbito social y sanitario surgieron también otros conflictos: las llamadas “zonas de sacrificio” alrededor de las centrales termoeléctricas, la crisis sanitaria provocada por la planta de Agrosuper en Freirina en 2012, la crisis hídrica en la región de Petorca y las movilizaciones masivas en contra de las AFP (2016).

Todos estos conflictos tienen su origen en el modelo. El Código de Aguas de 1981, el decreto de liberalización del suelo de 1979, el decreto ley que crea las AFP en 1980 o la LOCE promulgada el último día de la dictadura constituyen algunos de sus pilares. En otras palabras, los problemas que han estallado en los últimos años no surgen de la nada: están profundamente ligados a la arquitectura institucional del neoliberalismo chileno.

Este modelo terminó por estallar en 2019. El levantamiento reveló la magnitud del descontento acumulado tras treinta años de neoliberalismo. Sin embargo, esa explosión social no logró encontrar una conducción política. El proceso constituyente no consiguió estabilizar un nuevo compromiso social, en parte porque no existía un proyecto alternativo por izquierda.

El ascenso de la extrema derecha tampoco puede explicarse únicamente por factores económicos. También resulta de una transformación del debate político. La extrema derecha no se impone de un día para otro: se normaliza progresivamente, a medida que algunas de sus ideas se integran en el debate dominante. Así, temas que antes estaban asociados a la extrema derecha —la obsesión por el orden, la retórica securitaria o la estigmatización de los migrantes— han pasado progresivamente a ocupar un lugar central en el debate público.

Otro factor fundamental es la batalla ideológica. La extrema derecha ha entendido mejor que la izquierda la importancia de la hegemonía cultural. Invierte en medios de comunicación, redes sociales y aparatos ideológicos para imponer su interpretación de las crisis. Esto fue particularmente visible durante el plebiscito de 2022. En ese contexto, el descontento fue redirigido hacia chivos expiatorios: migrantes, minorías y “octubristas” se transformaron en los nuevos enemigos internos de la nación. El sociólogo Ugo Palheta ha descrito bien este mecanismo: la extrema derecha combina un discurso social con una lógica de exclusión.

Al mismo tiempo, el gobierno de Gabriel Boric adoptó progresivamente una orientación más moderada en nombre de la “normalización” del país. Esto implicó retomar elementos del discurso neoliberal, especialmente en torno a la austeridad o a la atracción de inversiones extranjeras. Esto se ilustra en la instalación masiva de “data centers”, proyectos que consumen enormes cantidades de agua y agravan la crisis hídrica. Todo esto en nombre del crecimiento económico y la “normalización del país”. Si reunimos todos estos elementos aparece una configuración bastante clara: una crisis del capitalismo neoliberal, una intensa batalla ideológica y la necesidad de una transformación del modelo económico.

El presente: el fascismo y la ambigüedad como propuestas

Estamos en un momento histórico —lo que Antonio Gramsci llamaba un interregno— en el que el viejo mundo no termina de morir y el nuevo tarda en nacer. Un momento en el que la extrema derecha ha logrado presentarse como una solución política a la crisis. Su proyecto no es cambiar el modelo sino darle un giro autoritario para seguir acumulando riqueza. Cuando el capitalismo no logra dominar a través de un compromiso social, busca imponer su modelo por medio de la fuerza del Estado. Su instrumento en este caso es el fascismo.

Por su parte, la izquierda chilena se encuentra en una situación de profunda contradicción. Desde la transición, la estrategia consistió en fabricar coaliciones entre fuerzas muy diferentes, que van desde el PC hasta la DC. Pero estas coaliciones descansan sobre una ambigüedad fundamental: su denominador común es el mantenimiento del modelo económico existente (el mismo que produce el malestar social del que se nutre la extrema derecha) que algunos buscan simplemente reformar mientras otros buscan superarlo.

Esta ambigüedad produce dos efectos. Por una parte, vuelve incoherente la acción política. Mientras una parte del gobierno defiende un discurso de transformación social, otra insiste en la responsabilidad fiscal y promueve políticas neoliberales. Por otra parte, alimenta la desconfianza popular en un período donde la ciudadanía busca posiciones claras y soluciones concretas.
Ante esto, la izquierda se muestra desorientada, dubitativa, guiada por las encuestas y por la agenda mediática. No sorprende entonces que una parte del electorado se incline hacia candidaturas que se presentan como “antisistema”: Parisi es un ejemplo concreto de esto.

Entonces, mientras la extrema derecha proyecta la imagen de una fuerza coherente, con un discurso simple y asumido, la izquierda propone hacer la síntesis de un sector que agrupa dos proyectos irreconciliables que se volvieron particularmente visibles tras la victoria de Jara en las primarias: un anticomunismo que sirve como espantapájaros ante cualquier proyecto que busque una ruptura con el modelo. Esto permite que una nueva coalición se forme en la práctica —desde la extrema derecha hasta buena parte de la “centro izquierda”— en torno al rechazo del “comunismo”, una idea en la que convergen las élites del país que terminan actuando en defensa del modelo.

Debido a esto, la estrategia que consiste en reproducir las grandes coaliciones de la transición es inviable en la actualidad. El compromiso social que organizó la política chilena durante los años noventa dependía de los frutos de un modelo que hoy se encuentra agotado. Estas contradicciones producen una izquierda vacilante y despolitizada, donde el discurso se reduce a: “no critiquen al presidente” o “voten por nosotros o será la extrema derecha”. Las causas estructurales que explican el ascenso de las extremas derechas quedan así fuera del debate en nombre de la unidad que impone el compromiso neoliberal.

El futuro: construir el nuevo mundo

Como explica Romaric Godin, el propio neoliberalismo ha entrado en una fase de crisis estructural. El crecimiento mundial se desacelera y los compromisos sociales se vuelven cada vez más difíciles de mantener. En este contexto, ciertas fracciones del capitalismo buscan nuevas formas de gestión del sistema, a menudo más autoritarias. Esto ayuda a comprender el ascenso de la extrema derecha en numerosos países. Así, la extrema derecha no es solamente un fenómeno electoral: es una reacción política de un sistema económico en crisis que intenta defenderse. La cuestión estratégica para la izquierda chilena es entonces evidente: ¿cómo construir una alternativa creíble en este contexto? La historia del capitalismo muestra que los períodos de crisis suelen abrir dos posibilidades: o bien una transformación progresista del modelo económico, o bien una reacción autoritaria destinada a preservar los intereses de las élites. En el siglo XX, el fascismo fue el instrumento político que buscaba permitir al capital preservar sus intereses cuando los compromisos sociales se volvían imposibles.

Si la izquierda chilena quiere evitar ese escenario, deberá enfrentar varios desafíos. El primero es la claridad programática. No se puede pretender transformar el país aceptando al mismo tiempo los fundamentos del modelo que produce la crisis. El segundo es la reconstrucción de un bloque social mayoritario. Esto implica reconectar la política con las clases populares y con los movimientos sociales, en los territorios, en los sindicatos y en los barrios.El tercero es proponer un verdadero proyecto de desarrollo para el país. El debate no concierne solamente a las instituciones o a la constitución. Trata sobre cuestiones fundamentales: cómo producir, para quién, con qué recursos y con qué horizonte social y ecológico.

Frente a la crisis climática, la expansión del capitalismo digital y las tensiones en torno a los recursos naturales, estas preguntas se vuelven centrales. En resumen, y retomando a Gramsci, la tarea de la izquierda en este momento es gigantesca pero indispensable: hacer emerger ese nuevo mundo. La pregunta es simple pero decisiva: ¿seguirá gestionando las contradicciones del modelo existente o será capaz de construir una alternativa que responda a las aspiraciones sociales que se expresaron con fuerza en 2019?

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