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De piñeracosas a piñeravirus: la caída que no cesa. Por Jaime Vieyra-Poseck

Con más de cuatro décadas de recorrido político, Sebastián Piñera (SP) no escapa al bisturí de la crítica para diseccionar su figura pública, que se construye, esencialmente, como un empresario de éxito. Pero en realidad ha sido siempre un especulador bursátil, cuyo modus operandi es mover su dinero de un lugar a otro esperando lucrar con la pérdida a la que induce a los demás. Generalmente con información privilegiada, como la que le multó en 2006 la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS) con $360 millones por no abstenerse en la compra de acciones de Lan Cargo si operaba con información privilegiada. Es más, en 2009 paga una multa, US$88 millones, por colusión con empresas del rubro de Lan Cargo en EE.UU. Esta forma de hacerse multimillonario no es muy refinada; sí se requiere grandes dosis de bribonmanía para sacar siempre provecho de los demás.

Quizás esa bribonería de especulador bursátil sea la causa de sus piñeracosas, como: “Son muy pocos los países del mundo que han tenido el privilegio de celebrar 500 años de vida independiente como (…) los chilenos” (discurso del Bicentenario de la Independencia de Chile). En Alemania, escribe en el Libro de Huéspedes Ilustres la estrofa del himno nacional nazi penalizada desde 1946. Fotografiarse en la Plaza Italia es una de sus últimas piñeracosas. En el contexto de megacrisis social y sanitaria es como el arte de Marcel Duchamp, precursor de la descontextualización de los objetos exhibidos, como el wáter que presentó en un museo de New York. SP posando como el cazador triunfante con su pie sobre su presa muerta, es el wáter de Duchamp: la pieza descontextualizada que, paradojalmente, lo muestra tal cual es.

Para grandes crisis grandes líderes. Pero lo que tenemos son titánicas crisis y un pequeño líder. La única misión política de SP ha sido defender los privilegios del 1,01% ―al que pertenece― que se lleva el 54% de las ganancias totales del país y paga menos impuestos que el 10% más pobre; y mantener el statu quo del ancien régime: crecimiento económico con inequidad e iniquidad. En su chip de especulador bursátil reconvertido en Presidente sólo está programado la defensa corporativista de su élite, ese 1,01%.

El tiempo doma y conjura la soberbia y la arrogancia, pero no a SP ni a la derecha que representa, decimonónica y adicta al darwinismo sociopolítico. La izquierda cambió de piel y es socialdemócrata, pero la derecha continúa momificada. Esta momia agrede y humilla a la ciudadanía hasta que una sólo chispa ―subir $30 el metro― produce el mayor incendio social posdictadura.

La respuesta de SP muestra el ADN de la derecha que tan bien representa: represión y criminalización del movimiento social para mantener unos privilegios ya insoportables para las grandes mayorías. Su gestión de la crisis permite la violación de los Derechos Humanos; un largo catálogo de errores y horrores que lo convierten en un cadáver político. Pero llega la más grande crisis sanitaria del siglo que pasa por encima del ‹‹estallido social››, congelándolo. Dos grandes crisis para un pequeño líder. Agarrado frenéticamente de la guadaña de la pandemia trata de subir en las encuestas, su obsesión. El demencial instructivo para coreografiar propaganda política a su favor en la entrega de las cajas del hambre, verifica una vez más su insensibilidad social llevada al esperpento.

La tentación autoritaria es otra de las erráticas de su desgobierno. Proponer cambios estructurales en la relación Fuerzas Armadas y ciudadanía y tratar de imponer un control al Poder Legislativo, sólo ilustra una carencia de proporciones políticas insufrible. SP, con la guadaña del coronavirus levantada, gestiona la pandemia administrando otro fracaso: c onvierte Chile en el país con más fallecidos del mundo por millón de habitantes. Chile recibe esta catástrofe sanitaria con la credibilidad y legitimidad de las instituciones de la democracia marcando 10% y SP 6% de apoyo. Esto tenemos. Tres crisis gigantes ―social, sanitaria y económica― y un pequeño líder sin credibilidad ni legitimidad.

El coronavirus metamorfoseó a SP desde un piñeracosas a un piñeravirus. Elegimos al piñeracosas en un contexto de bonanzas, ideal para líderes “petisitos”, como lo llaman sus correligionarios empresarios.

Chile cruje y sus soportes chirrían. Con un petit Presidente aferrado de la guadaña tratando de salvarse junto a sus partidos y amigos financistas. Y nadie más. La frontera de Chile es una herida, la de la desigualdad; PS y sus amigos sólo ponen ácido en ella.

Hay, sí, una prudente expectativa por los “díscolos” derechistas. ¿Son el germen de una anhelada derecha más social y liberal, modelo europeo? Sólo el tiempo lo dirá.

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