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De puentes amarillos y otras estructuras para cruzar la historia. Por Marcelo Mardones

En medio de la campaña por el próximo plebiscito constitucional, tomó protagonismo un espacio simbólico para la ciudad de Santiago, el puente Racamalac. En 1988, esta pasarela peatonal que atraviesa el río Mapocho por la comuna de Providencia fue escenario de una narrativa política potente: en la franja electoral por el plebiscito del Sí o el No, el puente aparecía en la apertura del himno de la oposición, con personajes bailando en un espacio que simbolizaba la posibilidad del tránsito hacia un nuevo momento.

Tres décadas después, el país enfrenta a una nueva decisión política trascendental para su historia el próximo fin de semana. Fue en medio de los debates entre las posiciones del Apruebo o el Rechazo, cuando el Racamalac volvió a las pantallas para, en una inversión de las lógicas y símbolos políticos, formar parte de la campaña de los autodenominados “amarillos”, opuestos al nuevo texto. El gesto recibió una dura respuesta de los creativos de la franja original, quienes acusaron deshonestidad por parte de los promotores del Rechazo.

Hay bastantes razones para entender esta crítica hacia la socialdemocracia por el Rechazo, que equipara la salida a una dictadura brutal con la actual propuesta en discusión. De hecho, dadas las opciones puestas formalmente hoy sobre la mesa, la opción del Rechazo define inherentemente la continuidad del texto constitucional de 1980, levantado por la dictadura. Así, la quimera del rechazar para reformar necesita un nuevo escenario si lo que desea es representar en el espacio público su proyecto.

Esto nos recuerda que política y espacio viven en un constante diálogo; desde hace más de una década vimos a los actores sociales saliendo de los espacios primados del poder como los salones del Ejecutivo o el Congreso para reclamar participación desde la calle. Desde el 2011, estudiantes, pobladores, pensionados y mujeres, entre otros, han buscado escenarios donde presentar sus discursos y propuestas. De ahí la relevancia que ha tenido la Alameda o la plaza Baquedano/Dignidad en este período que ocupa y resignifica espacios. Lo del Racamalac me parece singular. De partida, es un puente sin historia conocida: construido a mediados de la década del cincuenta, no hay registros precisos de cuándo se construye. Un blog tenía registrados algunas actas municipales dónde se mencionaban las dificultades para concluir la obra. De hecho, su nombre es el de la constructora que reforzó al puente hacia los años sesenta; no hubo un bautizo para este espacio, un homenaje, se lo entregó a la ciudad para que ella le construyera una narrativa.

De los puentes que atraviesan el Mapocho, el Racamalac destaca por su aporte al paisaje urbano al dialogar tanto con el río como con la cordillera. Recuerdo muchas fotografías donde su presencia refuerza la potencia del cordón montañoso, que se ve imitado a escala urbana por ese breve arco que une ambas riberas. Martin Heiddeger, en un breve y hermoso texto llamado “Construir, habitar, pensar”, decía que los puentes podían construir un lugar al reunir dos puntos. La narrativa histórica construida sobre este puente en particular parece reforzar esa metáfora: la reunión de una sociedad en un nuevo pacto.

Creo que, por diversos argumentos, el puente del Rechazo no logra ofrecer reunión ni cobijo al dejarnos como una opción concreta la continuidad de la Constitución autoritaria. Y recuerdo con ello la “Cantata de los puentes amarillos”, de Luis Alberto Spinetta, que en su clímax declaraba “aunque me cuelguen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor ¡mañana es mejor!”. Yo pienso igual que el admirado Luis, prefiero el horizonte abierto por la historia que se hace hacia el futuro, y no la de la nostálgica al poder perdido.


Marcelo Mardones, académico de la Escuela de Historia UDP. Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos.

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