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Deconstruir nuestra angustia: ¿Efectos psicológicos de la pandemia? Por Nicol A. Barria-Asenjo

La reflexión que a continuación se expondrá al lector puede resumirse rememorando palabras de Albert Camus, quien afirmaba: “No existe amor a la vida sin desesperación de vivir”1. Del fragmento anterior, adecuándolo al escenario actual que se vive en el mundo entero, sin duda, encontramos huellas de los dos sentimientos que allí se mencionan: amor y desesperación. Amor a la vida, amor a la supervivencia y, desesperación. Ambos sentimientos colisionan frente a lo que acontece, ambos sentimientos persisten en lo cotidiano ya que el periodo de transición a una suerte de nueva normalidad produce su compatibilidad impidiendo que exista lo uno sin lo otro como consecuencia de la incertidumbre.

Esta suerte de diada Amor-desesperación parece emerger desde el fondo de nuestra existencia, específicamente desde la angustia que nos corrompe. Al intentar visualizar la base de esas estructuras que parecen impenetrables, solo hallamos angustia reinando, dominando e impregnando cada uno de los rincones de nuestro ser desde que la pandemia del Covid-19 llegó arrasando nuestra realidad y vidas cotidianas. Entonces, en medio de las ruinas en las que caminamos hoy hay tiempo de sobra para cuestionarnos o reflexionar. ¿Cuál es el camino que asegure el porvenir de la humanidad? ¿Suponiendo que encontramos ese camino, la angustia dejará de funcionar como la amenaza que hoy es? ¿Cómo actuar embriagados de angustia, amor, desesperación, odio y otros tantos sentimientos que son tan peligrosos y agresivos como el virus que nos azotó? Y ¿Son tan peligrosos y corrosivos como el virus o el peligro es que no estamos acostumbrados a ellos y ahora llegan a avasallarnos dejándonos en jaque? Quizás esta pandemia, nos lleve a retorno a nosotros mismos, y nos permita mirarnos un poco más.

Humanidad confrontada con su extrema vulnerabilidad y el mundo globalizado desnudo exhibiendo al mundo entero los defectos que lo constituyen, son solo algunos de los efectos que la pandemia del Covid-19 trajo consigo, este enemigo invisible que obligo a la ciudadanía a permanecer encerrados en sus casas es todo un hito, y también todo un gran lío, considerando que el mundo pre-pandemia se desarrollaba en un escenario donde los individuos en su vida cotidiana corrían sin control, entonces, ahora hay un detenerse abrupto y obligatorio, un freno que solo nos deja una opción, aislarse.

Esta medida que parece ser la prueba máxima de amor en nuestros días, en el sentido de que si evito tocar al otro también evito el posible contagiar, el heroísmo actual y el salvar vidas depende de precisamente evitar el contagio.

Eso no tardaría en producir diferentes efectos psicológicos entre los diferentes grupos etarios, lo curioso es que la distancia voluntaria, el evitar el contacto social o físico era ameno, agradable y parte importante de las vidas que teníamos antes de la llegada del virus, ahora la imposición de distanciarse trae consigo todo un despertar, reacciones y efectos negativos. Precisamente estos efectos o impactos que son en cierta medida difíciles de cuantificar parecen ser totalmente ignorados, las cifras de contagio, de muertes, los efectos visibles en el cuerpo ocupan el foco de atención, olvidando por completo que la humanidad no es solo un cuerpo, y los individuos no somos parte de una dualidad vivo-muerto. En el último eslabón quedaron los sentimientos, la subjetividad, las emociones que con el confinamiento están a flor de piel, nuevamente la salud mental, la estabilidad y bienestar psíquico quedan excluidos de los medios de comunicación, de las políticas, de las medidas implementadas por los gobiernos, e incluso quedan en el último nivel de nuestras propias valoraciones.

Ahora bien, como confrontar nuestra angustia, vivir nuestras emociones o reconocerlas, si hasta hace un tiempo, estábamos totalmente limitados pese a no estar encerrados, por lo cual es un nuevo desafío el tener que vivir con nosotros mismos y tolerarnos a nosotros mismos, el exceso de tiempo libre nos obliga a pensar, en la soledad de nuestras existencias, en esa soledad forzada emergen nuevas luchas que indudablemente formarán parte del escenario Postpandemia. Quizás la respuesta la encontramos en el filósofo esloveno Slavoj Žižek (1992) quien da cuenta de la existencia del suicidio simbólico: un acto de “perderlo todo”, de retraerse de la realidad simbólica, que nos permite comenzar de nuevo desde el “punto cero”, desde el punto de absoluta libertad llamado por Hegel “negatividad abstracta”. Quizás ese es el camino que podría asegurarnos un futuro esperanzador, empero, la dificultad inicia en el momento de integrar y considerar la singularidad, la subjetividad propia de cada uno de los individuos.

¿En que nos refugiamos en estos momentos? ¿Qué es lo que nos permite tolerar la incertidumbre de todo lo que se vive en nuestros días? ¿Qué medidas hemos tomado de manera individual frente a las ineficientes decisiones que las autoridades han implementado? ¿Cuáles son los cambios en nosotros mismos que podemos percibir desde la llegada de la pandemia? ¿nos hemos detenido a mirarnos y sentir que es lo que hoy nos quita el sueño o nos tiene un poco agitados? ¿Qué sentimientos surgen al pensar en el futuro próximo?

Son muchas preguntas que en la medida en que se articulan, generan nuevos horizontes de ansiedad, angustia, incertidumbre y repercusiones individuales. La pregunta adecuada y pie de inicio que debemos respondernos a nosotros mismo en nuestros días la entrega una vieja canción de Pixies (1988) “¿Dónde está mi mente?”.

Referencias.

1) Albert Camus. Breviario de la dignidad humana (2013) Plataforma Editorial. Barcelona. Texto Original: L’envers et l’endroit, en Essais, París, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 2008.

Slavoj Žižek (1994) ¡Goza tu síntoma! Jacques Lacan dentro y fuera de Hollywood. Original publicado en 1992, Enjoy your symtomp, Jacques Lacan in Hollywood and out.

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