Hay un nombre que se ha vuelto, en la memoria política chilena, casi una imagen sin contorno. Una fotografía de la transacción que aprendió a sonreír. Joaquín Lavín Infante. Pronunciar ese nombre es ya pronunciar la transición y su sintaxis: la paciente operación por la cual el legado autoritario aprendió a vestirse de eficacia comunal y postautoritarismo. No se trata aquí, sin embargo, de fijar la biografía del hombre, ni de inventariar sus alcaldías, ni de reabrir el legajo de candidaturas perdidas. Se trata, más bien, de leer aquello que Lavín hizo posible al volverse, él mismo, dispositivo: lo que en su gestión se sedimentó como forma, como umbral de lo decible y lo audible, como matriz que organizó por dos décadas la escena pública chilena y que, agotada, cedió su lugar a otra figura, José Antonio Kast, llamada a recoger la fruta amarga de la des-gremialización.
«Cosismo». La palabra fue acuñada por la crítica con un dejo de ironía y, sin embargo, nombra con justeza una operación profunda. El cosismo es, antes que un programa, una gramática que designa el gobierno de las mercancías. Quiere decir que la política deja de pensarse como conflicto de proyectos para devenir distribución de pequeñas mejoras visibles, distribución de cosas que se cuentan, se fotografían, se inauguran, se ofrecen al ciudadano transformado en usuario, en cliente, en destinatario de un servicio comunal extendido al espacio nacional. La eficacia de esta gramática radica en que no necesita argumentar: muestra. No necesita persuadir: entrega. La política, antes campo de antagonismo, se convierte en oferta de bienes administrables. Cosa por cosa, el conflicto se diluye, la deliberación se posterga, lo común se evapora. Su gesto consuma algo que la metafísica occidental apenas había sospechado. Porque ahí donde la filosofía se preguntaba qué es una cosa, el cosismo responde: nada, salvo su rendimiento de mercado (acceso, servicios, hedonismos). Y al responder así, disuelve. Disuelve, primero, la ontología clásica del ente. La cosa lavinista no es: funciona suspendiendo a Guzmán. No tiene esencia: tiene fotografía. No reclama fundamento: pide inauguración. La pregunta por el ser, aquella que la «Selva Negra» juzgaba olvidada, encuentra en el consultorio municipal su sepultura definitiva. No hay olvido del ser: hay reemplazo del ser por la métrica del servicio. Cosa entre cosas: la memoria, vuelta base de datos, deviene archivo digitalizado.
Tomás Moulian advirtió temprano el carácter de esta mutación. En el examen lúcido de «Chile Actual. Anatomía de un mito» (1997), leyó la transición como blanqueo del proyecto dictatorial, como administración del consenso impuesto, como simulacro democrático sostenido por un pacto que dejó intactos los enclaves autoritarios y, sobre todo, intacta la arquitectura económica del orden de 1980. La política letrada cedía paso a la política analfabeta, decía Moulian, anticipando que la pseudopolítica desplazaría a la política sin que la mayoría reparase en la sustitución. Lavín fue, en esa partitura, el ejecutante más fino. Su gestión como alcalde de Las Condes, luego de Santiago, su candidatura de 1999 que casi destrona a Ricardo Lagos, instauraron una forma nueva de gobernar la palabra pública: una forma cuyo gesto inaugural consistió en sustraer al gobierno del territorio de las ideas para depositarlo en el territorio de las soluciones.
Hay, en la gestualidad lavinista, una operación filológica que merece detenerse. La pinochetización del lenguaje, que durante los años ochenta había instalado la guerra como horizonte, fue reemplazada por una semántica de la cercanía, del barrio, de la municipalidad como escala última del vínculo. Lavín no derogaba el modelo neoliberal: lo humanizaba en la escala micro. No discutía la matriz constitucional: la administraba con eficiencia visible. No interpelaba al sujeto político: lo convocaba como vecino. Así, el «postpinochetismo» encontró su grado cero en este giro municipal: la dictadura quedaba consumada en su sentido más profundo, porque la cuestión del orden dejaba de plantearse.
Un episodio menor, en apariencia, ilumina con luz oblicua esta operación. Febrero de 2002. Lavín, alcalde de Santiago, viaja a La Habana. Cuatro días. La excusa es un convenio de salud entre dos municipios, la réplica del modelo cubano del médico de la familia en los consultorios capitalinos. La agenda real es otra: encuentro con Ricardo Alarcón, almuerzo con el Comité de Defensa de la Revolución, paseo en Lada conducido por Carlos Lage, y al cabo el encuentro nocturno con Fidel Castro en las oficinas del Consejo de Estado. La condición cubana para recibirlo, transparente, fue una sola: ningún contacto con la disidencia. Y así fue. El alcalde gremialista, supernumerario del Opus Dei, dirigente de un partido fundado por Jaime Guzmán, declaró en el aeropuerto que iba «sin prejuicios ideológicos, a aprender». Frase que merece archivarse, porque resume entera la «operación cosística»: la doctrina suspendida en nombre de la cosa, el anticomunismo gremialista neutralizado por el interés en una política pública replicable, la memoria del asesinato de Guzmán procesada en una conversación privada con quien protegió durante años a los frentistas fugados. La cosa, una vez más, devorando la idea. El consultorio devorando la genealogía. La filiación entre ambas figuras se cifra precisamente en ese pliegue: el cosismo lavinista fue la condición de posibilidad de Kast en la medida exacta en que canceló durante tres décadas la pregunta por el fundamento, suspendió la herencia guzmaniana en nombre de la gestión, y entregó a la derecha un suelo sin doctrina, una hegemonía sin relato, un partido sin teología política. Kast emerge cuando ese suelo se cuartea, y emerge justamente para llenar el hueco doctrinario que el cosismo había vaciado con paciencia administrativa. La derecha aprendió, con Lavín, a callar lo que creía; lo que aprendió con Kast es a decirlo de nuevo, sin mediaciones, como si el silencio anterior nunca hubiese existido.
Pero toda operación deja un resto. Y aquí conviene escuchar lo que el cosismo no podía decir, lo que su gramática reprimía. Reprimía la pregunta por el proyecto, reprimía la herencia, reprimía la cuestión del antagonismo. Reprimía, en suma, aquello que la dictadura había instaurado por la fuerza y la transición sostenía por el consenso. El cosismo fue el modo en que la derecha chilena pospinochetista postergó indefinidamente la elaboración de su propio duelo, su propia confrontación con la genealogía sangrienta del modelo. Bastaba mostrar plazas iluminadas, áreas verdes, mejoramientos urbanos. Bastaba sustituir la pregunta por el origen con la pregunta por el rendimiento. Bastaba, dirá la lectura más severa, gestionar la huida hacia adelante para que la memoria perdiera densidad y la política perdiera espesor.
Lo que Lavín pavimentó fue la condición de posibilidad de su contrario aparente. Porque cuando la política se ha vaciado de proyectos y se ha llenado de cosas, cuando el sujeto se ha vuelto usuario —consenso de las mercancías— y el conflicto se ha vuelto reclamo, cuando la deliberación ha cedido el paso a la encuesta, sobreviene un momento en que las cosas ya no bastan. El estallido de 2019 fue, entre muchas otras lecturas posibles, el rechazo violento al régimen cosístico: la irrupción del antagonismo allí donde se había construido un consenso de plataformas. Lo que durante décadas estuvo suturado se abrió en grito. La revuelta no fue solo demanda: fue grieta ontológica, ruptura del pacto que sostenía al cosismo como gramática única de lo posible. En las plazas se inscribió, con tiza y con fuego, lo que la cosa había prohibido nombrar: el daño, la deuda, la herida transicional. Y en esa inscripción se devolvió, fugazmente, la palabra política a quienes habían sido reducidos a usuarios. La cosa, por un instante, tembló.
¿Y qué surge del estallido en el campo de la derecha? Surge la imposibilidad del cosismo como respuesta sin doctrina guzmaniana. Las cosas ya no resuelven el problema, porque el problema ya no es la ausencia de cosas: es la presencia abrumadora de la pregunta por el sentido, por la pertenencia, por el orden mismo. Es ahí donde el lavinismo se agota y abre paso, sin haberlo previsto, a su negación complementaria: una derecha que ya no quiere administrar lo dado, sino refundarlo con un trazo más rotundo. Kast no es la prolongación de Lavín, ni su simple radicalización. Es lo que el cosismo dejó como resto cuando su gramática se mostró insuficiente. Es la palabra reprimida —dura— que el cosismo había aplazado durante treinta años, retornando con la emergencia (urgencia) que solo otorga la sensación de haber perdido todo lo que parecía ganado.
La derecha chilena, en este movimiento, exhibe su propia escisión interna. Lavín fue Chicago Boy, gremialista, formado en la sombra tutelar de Jaime Guzmán, supernumerario del Opus Dei. Kast es, también, formado en el gremialismo, también católico observante, también heredero del dispositivo guzmaniano. Lo que los distingue no es la genealogía ideológica, que es prácticamente la misma. Lo que los distingue es el modo de tramitación pública de esa herencia. Lavín la traducía al lenguaje vecinal del rendimiento. Kast la enuncia en el lenguaje sin mediación del orden, la frontera, la familia y la patria. Donde el cosismo proponía gestionar, el kastismo propone restaurar. Donde Lavín ofrecía cosas aliancistas, Kast ofrece símbolos punitivos. Donde el cosismo despolitizaba por exceso de eficacia, el kastismo repolitiza por exceso de identidad.
El lavinismo, entonces, no fue una desviación moderada del proyecto autoritario. Fue su modulación más eficaz. Modulación que despolitizó no por debilidad sino por fortaleza, no por miedo sino por estrategia, no por accidente sino por arquitectura. Y precisamente porque despolitizó con éxito durante tanto tiempo, dejó al sujeto chileno sin las herramientas simbólicas para enfrentar la repolitización autoritaria que ahora se levanta. Cuando llegó la hora de discutir el orden, no había instituciones de deliberación con suficiente densidad. Cuando llegó la hora de discutir el modelo, no había una izquierda capaz de articular una alternativa hegemónica. Cuando llegó la hora de discutir la memoria, no había memoria, porque el cosismo se había encargado de fotografiar las cosas y borrar los nombres.
Aquí se cifra, quizás, la responsabilidad histórica del lavinismo. No la responsabilidad por sus contenidos, que fueron los del modelo heredado. Sino la responsabilidad por la forma. La forma cosística produjo un sujeto sin política, una ciudadanía sin antagonismo, un espacio público sin debate sobre los fundamentos. Y un sujeto sin política es, en la coyuntura crítica, presa fácil de quien le ofrezca, no cosas, sino identidad. La oferta kastista no triunfó contra el cosismo: triunfó sobre las ruinas que el cosismo había dejado. La ciudadanía vaciada de la deliberación encontró su rearme simbólico en la prédica del orden, la zanja, la frontera, la familia restaurada. El cosismo había desactivado la capacidad de discernir entre orden democrático y orden autoritario, porque había desactivado, en primer término, la capacidad misma de discernir políticamente.
Hay, en el examen de esta filiación, una nota que conviene preservar. No se trata de hacer de Lavín el causante de Kast, en una lógica de imputación lineal. Se trata, más finamente, de leer las condiciones de posibilidad. El cosismo creó un suelo. Ese suelo, cuando se agrietó por la crisis de legitimidad de 2019, dejó al descubierto la matriz autoritaria que el lavinismo había estado conservando bajo su superficie pulcra. La fotografía con escolares, el inversor que llega a la municipalidad, el inauguracionismo perpetuo: todo aquello fue siempre, también, un modo de mantener intactos los pilares que en su día Jaime Guzmán había diseñado para la Constitución de 1980. Kast no destruye el legado lavinista. Lo despoja de su ropaje y revela su orfandad. No se trata de detenerse en la moralización del fenómeno, sino de sostener una tesis: el lavinismo como matriz cosística del «postautoritarismo» chileno, como dispositivo de despolitización que pavimentó, sin advertirlo siempre y sin proponérselo necesariamente, la emergencia ulterior de la derecha radical. La tesis exige también una nota crítica hacia la izquierda. Porque la izquierda transicional, en su pacto con el consenso, en su renuncia a las disputas hegemónicas, en su asunción de la pseudopolítica como horizonte realista, fue cómplice estructural del cosismo. La Concertación administró aquello que Lavín teorizó. Y cuando Boric llegó al gobierno con la promesa de cerrar el ciclo, lo hizo sin herramientas suficientes, sin base social ni espesor teórico para enfrentar lo que el cosismo había sedimentado durante treinta años.
La pregunta que queda, abierta, ardiendo, es si el agotamiento del lavinismo abre también el agotamiento de Chile Vamos. O si, por el contrario, asistimos al traspaso de la posta dentro de una misma genealogía, con Kast administrando ahora, con otro vocabulario, el mismo orden constitucional que el cosismo conservó. La respuesta no la tienen los libros: la tendrán los movimientos sociales, las nuevas formas de organización popular, las prácticas que sepan recuperar, después del vaciamiento, la dimensión propiamente política del vivir en común. Mientras tanto, queda esta escritura, esta tarea: nombrar el dispositivo. Decir su nombre. Decir «cosismo», decir «despolitización», decir «matriz del postautoritarismo». Y, al nombrarlo, comenzar el trabajo lento, paciente, del duelo y de la recomposición.
Lavín no es solo una figura. Es una palabra que la cultura política chilena tendrá que aprender a leer. El significante de una transición pactada que prefirió la cosa a la idea, el gesto a la deliberación, el rendimiento al sentido. Y nos advierte, con la lentitud severa de los significantes que retornan, que toda gramática de la despolitización prepara, sin saberlo, su propia inversión autoritaria.
Kast lo sabe: aprender a leer Lavín es, también, prepararse para no repetirlo jamás.
Dr. Mauro Salazar J.
Ufro/Sapienza
Referencias
Garretón, M. A. (2007). Del postpinochetismo a la sociedad democrática. Globalización y política en el Bicentenario. Santiago: Debate.
Moulian, T. (1997). Chile actual. Anatomía de un mito. Santiago: LOM-ARCIS.
Rovira Kaltwasser, C. (2020). La (sobre)adaptación programática de la derecha chilena y la irrupción de la derecha populista radical. Colombia Internacional, 99, 29–61.
Zárate, M. (2016). A direita pinochetista no pós-pinochetismo: ascensão e queda do lavinismo, 2000–2004. Estudos Ibero-Americanos, 42(2), 694–723.
