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Del pacifismo de los pobres. Por Camilo Carrasco

A como se ha acuñado el término “ecología de los pobres” para hacer ver, o quizás justificar, que no todo interés ideológico que no provenga de las ramas tradicionales del pensamiento de izquierda aunque tenga directa relación con la sobrevivencia es una “importación desde los países privilegiados”, creo que hoy urge también hablar de un pacifismo de lxs pobres, como respuesta a la exaltación de la guerra y lo beligerante. Porque, así como ha habido que explicitar que la devastación ecológica tiene efectos aún más crudos en quienes deben gastar un sexto de su remuneración diaria para poder beber agua, creo, en nuestro momento histórico como país no es lo mismo hablar de violencia desde las masas movilizadas que desde las capas medias y altas de simpatía al modelo constitucional pinochetista. Tal vez, de hecho, nunca haya sido lo mismo: mientras algunas personas lloran la quema de edificios públicos, otras lloran la mutilación o la tortura. No os confundáis, el incendio del edificio de la Gobernación, ex intendencia en la comuna de Concepción también fue un momento tristísimo para mí, pero no me pierdo cuando metros más allá una persona está tendida en el suelo con sus manos en la nuca.

La violencia del estado tiene una orientación clara: hacia la masa manifestante que ha tenido en las cuerdas al gobierno de Sebastián Piñera y que lo obligó a ceder la constitución redactada en la dictadura de Pinochet. Quienes se manifestaron por mantener la constitución y no iniciar el proceso constituyente pudieron marchar armados, sin enfrentar peligros a pesar de alterar de igual forma el tránsito y de cargar armamento y armaduras en su trayectoria. En ambos casos me refiero a la manifestación consistente en la protesta pacífica, en la exposición de lienzos y la celebración de vítores; cuando la violencia aparece, es otra la historia: no es la misma situación cuando un “patriota” dispara contra quienes se manifiestan exigiendo la libertad de prisioneros políticos, o cuando un grupo de personas levanta una barricada para llamar a las fuerzas de seguridad y orden al combate.

Si bien ambas son formas de manifestación violenta, hay que distinguir en honor a la verdad y rigurosidad científica: ante el autoritarismo dictatorial, la rebelión es un derecho consagrado en la carta fundamental de derechos humanos y para muchos sectores el gobierno de Piñera significa una continuidad de la dictadura cívico militar (conclusión a la que no cuesta llegar desde las violaciones a DD.HH, el establecimiento de toque de queda a las seis de la tarde, la resolución de un conflicto político desde lo militar o la profundización del modelo privatizante impuesto en la última dictadura conocida en nuestro país); y la violencia que se ejerce desde el conservadurismo es el uso de las más atroces herramientas para frenar el curso de la historia, los progresismos o avances simbólicos que resultan del cuestionamiento de la historia y del presente. Así, una tiene como objeto la confrontación y otra, evitarla.

No quiero creer que sólo la violencia promueva las transformaciones, o siquiera que la confrontación lo haga, quiero creer que después de un siglo descrito por variados historiadores como “una carnicería” podemos disponernos a formas elementalmente revolucionarias, y no hacer uso del concepto de lo revolucionario para justificar preferencias, sino sentir la esencia revolucionaria como rupturista, distinta e innovadora. La idea de lo revolucionario, creo, se ha instalado como una ideología poco flexible, como una orientación militante desde la cual, autoritariamente, se define lo que sería o no revolucionario, transformador y rebelde. Legítimo, en fin, para los grupos que, supuestamente, apuntan a la transformación.

Ahora, ¿cuán transformador es plantear que las élites mantengan el control del estado, que la relación de la policía y el pueblo se de en forma de combate y no de integración o colaboración? Creo que el momento histórico, la sangre derramada y la acumulación de derrotas nos exigen una disposición dialogante, al trawün como encuentro redondo, horizontal y efectivamente pluralista. Siento que no hay ninguna posibilidad de construir un futuro desde la confrontación y que el patriarcado de la guerra se pudrió, que nos debemos algo mejor y que la militancia por la paz y no violencia es una posibilidad tan legítima como otras. Quizás más, y por eso me inclino a ella, en contraposición a quienes después de justificar sus formas en la idea de que “todas son válidas”, quitaron piso y terreno a todas las que no son las de su preferencia.

Creo que urge un pacifismo de los sectores empobrecidos, que son los que suelen poner las muertes. Que no es viable hoy el uso de la protesta sin esperar una respuesta desproporcionadamente violenta, que debemos desaprender las formas conocidas y que con eterna humildad hemos de reconocernos incapaces de convivir con un estado como el que tenemos, empoderándonos de la urgencia de fundar uno distinto.

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