Tan atrás en el tiempo no fue, pero, cual pizarra clandestina, los muros de los baños escolares escondían una prosa magistral. Y es que, en estos últimos, más allá del romanticismo y lo poético, eran zonas de rebeldía y resistencia. Allí, con la premura de quien necesitaba dejar un testimonio, cualquier persona, refugiado en el anonimato certero, podía escribir lo que quisiera.
En aquellos lugares aparecería una frase que se tomaría todo Chile, el tradicional “pico pal que lee”. Esa lirica entregaba una sensación de haber burlado, aunque sea por un instante la norma, el orden, la autoridad. Era una insolencia cargada de infantilismo, pero a su vez, una insolencia profundamente humana. Era la forma de decir; yo existo, yo estuve aquí. No apostaba por dañar a nadie más que a la moral y al puritanismo que siempre, hasta el día de hoy, es crónico.
En la actualidad, cuando ya ha triunfado la sociedad del “rásquese con sus propias uñas”, en esos muros, otrora cargado de una literatura a la chilena, aparecen frases frías y saturadas de destino; “mañana hay tiroteo”. Ya no se encuentra esa risa cómplice al visitar aquel lugar que nos recuerda lo humano que somos, sino que encontramos hoy por hoy un silencio incomodo, como si la pared hubiese abandonado la neutralidad y se hubiese convertido en promesa.
Pero, no hablamos de un cambio en el lenguaje, estamos hablando de algo más profundo, de un desalojo de la estructura emocional de la nueva generación.
El baño del colegio siempre fue un lugar-otro, un espacio dentro de la institución en donde se debilitaba la vigilancia y germinaba una suerte de libertad secreta. Un sitio que no lo regían las leyes del afuera y su control autoritario se detenía momentáneamente. Ahí, el rayado cobraba vida, sentido y sentimiento. No era solo una escritura, era una burla al orden establecido, un mensaje que gritaba que la norma sí se podía pasar por encima, aunque fuese por unos segundos.
Pero ese lugar-otro poco a poco se fue desintegrando. El joven de hoy no necesita el baño para escribir lo inexpresable. Esto porque convive con redes sociales, pasillos virtuales y plataformas digitales donde todo puede decirse sin pudor alguno. Habita y coexiste en un espacio sin cuerpo simbólico, donde la escritura no se aclara, sino que, por el contrario, avanza como un eco en el vacío.
Antes, el imaginario social juvenil estaba entrelazado por la irreverencia y la continuidad. Suponía un mundo solido donde la trasgresión era posible básicamente porque existía algo que transgredir; familia, escuela, sociedad. Hoy, dicho imaginario transitó hacia una narrativa rota, mucho mas incierta y donde el futuro dejó de ser una promesa y se convirtió en cierto modo en amenaza. Por tanto, la frase “mañana hay tiroteo” no es solo una provocación, es una concentración de imágenes, noticias y miedos que ya no parecen ser extrañas.
En esa línea, aunque parezca sutil, la diferencia es feroz. El rayado de antes era un desorden momentáneo en un mundo ordenado. Hoy, el rayado evidencia un desorden en un mundo que no logra organizarse simbólicamente. La vieja escritura inspiraba. Alguien mas agregaba otra frase convirtiéndose en una cadena de complicidad resguardada por una sociedad secreta. La nueva forma de escribir corta de golpe esa cadena. No invita a responder, no construye iniciativa, no abre un posible dialogo. Es tan solo un mensaje que se muestra con dureza y que, lo único que hace es imponer.
Sin embargo, sería un error peligroso atribuirle todo a los jóvenes. Claramente ellos no inventaron este clima actual, más bien, lo heredaron. Los jóvenes tan solo son narradores en primera persona de un mundo adulto que normalizó el individualismo y la indiferencia y que le empezó a importar nada lo que le pasara al vecino. Que se fue para sus casas dejando el espacio público abandonado. Cuando un estudiante escribe “mañana hay tiroteo” no solo es una amenaza, sino que también, revela una fisura gigante en el pacto social que los adultos pasaron por alto.
Lo más brutal entre ambas frases es la relación con el futuro. “pico pal que lee” se queda hundida en el presente, ocurre en el instante. “mañana hay tiroteo” abre un mañana con incertidumbre y miedo arrogante. Introduce esa idea de que, al día siguiente no puede ser una continuidad, sino que puede ser una ruptura final. Y aquí está la preocupación mayor, cuando una generación empieza a escribir el futuro con letras de violencia, es porque presiente que ya no tiene otras formas de imaginarlo.
El “mañana hay tiroteo” busca efecto. No describe, simplemente anuncia. No se transforma en un juego sino en una amenaza. En ese sentido, su contenido se sostiene por la naturalidad con la que aparece, como si la violencia haya dejado de ser una excepción y se haya convertido en el único idioma disponible. Los baños siguen hablando, pero ya no desde la risa, sino desde el desdén. La nueva generación ya no escribe para reírse del orden, sino para sincerar la inseguridad. Y es que fue la sociedad la que hizo ese transito desde la risa hasta el presagio.
Por tanto, el desafío no es borrar las frases, pues, no hay pintura que pueda eliminar la incertidumbre. Mas bien se debe volver a construir lugares reales y simbólicos dende las letras no sean solo un vehículo de amenaza, sino una posibilidad de encuentro. Esto porque, mientras el único mañana imaginable sea el tiroteo, cualquier baño será insuficiente para sostener lo que, en el fondo, esta pidiendo ser escuchado a gritos.
Dr. Carlos Fernández Jopia
