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Del síndrome de reye al síndrome del Rey: paracetamol, ciencia y democracia. Por Benjamín Oliva

En 1963, el pediatra australiano Ralph Douglas Kenneth Reye describió un síndrome devastador que afectaba a niños que habían tomado aspirina durante infecciones virales. El Síndrome de Reye provoca inflamación cerebral y daño hepático, con una mortalidad alarmante. Este descubrimiento revolucionó la medicina pediátrica: la aspirina fue retirada para el manejo de fiebre en niños, y el paracetamol —sintetizado desde 1877 pero relegado durante décadas— se convirtió en el analgésico seguro de primera línea.

Más de sesenta años después, ese medicamento que salvó a miles de niños del Síndrome de Reye enfrenta un nuevo enemigo: el “Síndrome del Rey”, esa tendencia autoritaria donde líderes políticos pretenden reemplazar el consenso científico con sus caprichos ideológicos.

El nuevo blanco es el paracetamol. Después de décadas promoviendo la falsa relación entre vacunas y autismo —una mentira que ha costado vidas y resurge en cada administración conservadora—, ahora el equipo de Trump apunta contra uno de los medicamentos más seguros y estudiados del mundo. Su secretario de Salud designado ha sugerido vínculos entre el paracetamol durante el embarazo y el autismo, ignorando décadas de evidencia científica rigurosa.

¿Qué dice realmente la ciencia? Los estudios más robustos muestran que, si bien estudios preliminares mostraron una asociación estadística baja entre el uso prenatal de paracetamol y algunos trastornos del neurodesarrollo, esta relación desaparece cuando se controlan adecuadamente los factores de confusión. Es decir, no es el medicamento el que causa problemas, sino las condiciones que llevaron a tomarlo: infecciones maternas, fiebre alta, dolor crónico, factores genéticos compartidos en familias.

Los estudios con hermanos —donde se comparan niños de la misma familia expuestos y no expuestos al medicamento— demuestran que las asociaciones se desvanecen, confirmando que el paracetamol no es el culpable. Las agencias regulatorias más prestigiosas del mundo, desde la FDA hasta la Agencia Europea de Medicamentos, mantienen que es seguro durante el embarazo cuando está médicamente indicado.

Esta nueva cruzada desinformativa sigue el mismo patrón destructivo de la campaña antivacunas: tomar estudios observacionales preliminares, ignorar sus limitaciones, magnificar riesgos inexistentes y sembrar pánico entre las familias más vulnerables. Las mujeres embarazadas, enfrentando dolor o fiebre, ahora dudarán de tomar un medicamento seguro, poniendo en riesgo su salud y la de sus bebés.

El paralelo histórico es revelador. Así como las vacunas siguen salvando millones de vidas cada año —en Chile, ningún niño ha muerto por virus respiratorio sincicial desde la incorporación del nirsevimab (anticuerpo monoclonal)—, el paracetamol continúa siendo una herramienta médica fundamental. Gracias a él, el Síndrome de Reye es hoy un recuerdo médico, una página adversa que la ciencia logró superar.

Pero el “Síndrome del Rey” representa un peligro mayor: la erosión sistemática de la confianza en las instituciones científicas y sanitarias. Cuando los gobiernos pretenden reemplazar el consenso de sociedades médicas y agencias regulatorias con propaganda política, no sólo ponen en riesgo la salud pública, sino que atentan contra los cimientos mismos de la democracia moderna.

La ciencia no es perfecta, pero tiene mecanismos de autocorrección que la política carece: revisión por pares, replicación de estudios, transparencia de datos. Cuando esos mecanismos son ignorados por capricho ideológico, las consecuencias las pagan siempre los más vulnerables.

El paracetamol seguirá siendo seguro, efectivo y necesario. Esperamos que su utilidad médica sobreviva al “Síndrome del Rey” que gobierna la nación más poderosa del mundo (y quizás la más frágil), y que tanto este síndrome como sus versiones locales se conviertan pronto en un mal recuerdo. Porque al final, entre el rigor científico y los caprichos autoritarios, la historia siempre ha demostrado cuál protege mejor la vida humana.

27 de septiembre del 2025

Santiago de Chile.

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