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Derechos sociales, la ira y el mal menor. Por Rafael Escobar E.

¿Cómo nos enfrentamos a nuevo texto constitucional? ¿Cuán frágil es nuestra memoria, teniendo en consideración las demandas sociales surgidas en el estallido de 2019? Son interrogantes que aparecen frente al nuevo proceso constitucional que culmina con el próximo plebiscito el 17 de diciembre. En este sentido, el estallido social surge bajo la premisa de una masiva movilización que trató de visibilizar en un momento de crisis, las demandas por derechos sociales que habían sido postergados en el largo periodo de más de 30 años de transición a la democracia, en el que acuerdos transversales y estructurales del sistema político habían mantenido la estabilidad social y la gobernanza del país en función de una desigual distribución de la riqueza y la postergación de avances sustantivos en seguridad y bienestar social. Esta aguda crítica que evidenció los límites y las contradicciones del neoliberalismo a la chilena se ha visto truncada por la implementación de un proceso constitucional que en dos versiones opuestas y distintas han terminado por dar paso y reinstalar ideas de ultraderecha, que nos orientan en la dirección contraria a las movilizaciones sociales de 2019, con una hoja de ruta representada en la escritura de un texto constitucional dictado en voz alta por el partido Republicano. Esta paradoja nos hace preguntarnos si el neoliberalismo y las ideas de ultraderecha son un elemento estructural del sentido común de la sociedad chilena, o bien, estamos como muchos dicen ante una política de castigo de aquellos que, marginados de la sociedad e insatisfechos con un sistema endémicamente desigual, han perdido la fe en corrientes políticas progresistas y democráticas, para buscar en el extremo más radicalizado de la derecha, una vía de solución o en el peor caso de escape, a los intentos fallidos de cambios y transformaciones.

El pasado 19 de noviembre, vimos como la sociedad argentina mediante el voto de castigo e indignación de las masas populares y nuevos sectores de ultraderecha, abandonaba décadas de Peronismo, cansados de la inflación y los escándalos de corrupción de los últimos gobiernos. Pero, lo que llama la atención es cómo la construcción histórica de lo social y público, que parecía tan arraigada en la sociedad transandina, dio paso a ideologías que podrían terminar con la universidad pública, universal y gratuita, y cómo la crisis y la rabia social acumulada abrigue esperanzas en volver a la dolarización de la economía, olvidándose de la década de Menem, cuyo corolario fue “el corralito” y el ex presidente de la Rúa huyendo en helicóptero de la crisis económica y social”. La desesperación y la rabia afectan la memoria, al punto de callar y tolerar las negaciones de los 30.000 desaparecidos en Argentina y otros importantes consensos de la transición democrática de ese país. Es increíble que el mismo país que vio, aplaudió y consagró como un ícono cultural de las memorias de la transición la película “Argentina 1985”, hoy se encuentre en un contexto político diametralmente opuesto a la historia de la sociedad narrada en este film.

Volviendo al caso chileno. Eso nos hace preguntar ¿si esta falta de memoria y exceso de ira nos hizo olvidar en 2019 los logros que sí habíamos alcanzado en la transición y que deseábamos expandir con la movilización social y el proceso constitucional anterior?; ¿Es la misma ira, la que ahora desde la extrema derecha pretende radicalizar el legado de la dictadura, con un texto constitucional aún más autoritario que el actual?

A diferencia de nuestros hermanos argentinos nosotros no estamos dejando atrás décadas de un Estado fuerte que potenció derechos sociales y humanos como parte del concepto de lo público en la sociedad transandina. Nosotros estamos retrocediendo de una movilización social que en 2019 replanteó en el debate público la expansión de los derechos humanos construidos en la transición a la democracia, hacia una expansión universal de los derechos sociales, ambientales, de género, sexuales y culturales como una forma de matizar y reformar las desigualdades creadas por el sistema neoliberal heredado de la dictadura. La pandemia, la crisis económica y las lecturas del rechazo al proyecto constitucional anterior, han articulado un contexto extremo de ira y revanchismo que este proceso constitucional que sancionaremos el 17 de diciembre ha terminado por sacralizar en un texto unipartidista e ideológicamente uni-sectorial, obligándonos al clásico principio de los procesos electorales chilenos: votar por el mal menor. Paradojalmente la constitución de la dictadura en el actual escenario es nuestro mal menor.

Rafael Escobar E.
Observatorio de Historia Reciente de Chile y América Latina, UDP.

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