La escena de esta película la hemos visto en reiteradas ocasiones durante la historia de la Humanidad. En medio de los cambios de época, en ese claroscuro, surgen los monstruos, como escribía décadas atrás el célebre pensador Antonio Gramsci.
Pero no hace falta estar encarcelado, ni ser comunista, para dotarse de una mirada panorámica que permita leer el libreto actual. Analistas como Axel Callis y Guillermo Pickering u observadores como Carlos Peña, han levantado escritos respecto a una retórica conocida; una estrategia de la ultraderecha que no tiene nada de novedosa y cuyo guion ya se escribió con profética anticipación en los albores de la modernidad. El gobierno del presidente Kast no escapa a esta pauta global e histórica.
Entonces, ¿qué hace a este momento político tan especial para que veamos a la centroizquierda chilena corriendo en círculos? La respuesta se resume en dos palabras: ansiedad y culpa.
Corría octubre de 2019. Tras una tarde de conversación en un café del centro de Santiago, terminábamos la jornada con un compañero de militancia en la esquina de Alameda y Paseo Ahumada. Desde el Instituto Nacional corrían hacia el Metro un montón de jóvenes escolares que llamaron poco nuestra atención. «Una broma de adolescentes», imaginamos. Semanas después, esa misma movilización social detonaba aquel recordado Estallido Social.
La escena era paradójica. Por esos días, la Convergencia Social (antecesora de lo que hoy es el Frente Amplio) se encontraba buscando firmas para inscribirse como partido político nacional, sin un ápice de vínculo con aquella pequeña llama de dignidad y rebeldía que los estudiantes secundarios encendían en los torniquetes.
Por su lado, la derecha del expresidente Sebastián Piñera firmaba el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución a regañadientes, aferrada a dos ilusiones: creer que la izquierda dirigía las calles, y suponer que el descontento social se solucionaba mágicamente reorientando la Carta Fundamental.
Conocemos lo que vino después. Vimos aquello que todo proceso transformador en la historia ha experimentado: una mezcla de decisiones razonables y embriaguez revolucionaria. Esta última se manifestó con demasiada fuerza en el primer proceso constitucional, el cual terminó capotando de manera estrepitosa durante los primeros meses del gobierno del presidente Gabriel Boric. Ese fracaso llevó a nuestras élites internas a un nivel de desorientación y culpabilidad que todavía no se agota.
Pasamos de “querer confitar el mar” —como señala un querido compañero— a la Ley Naín-Retamal. La izquierda hizo carne su sentimiento de culpa por el arrinconamiento sufrido tras el fracaso constitucional y la derrota parlamentaria. Atrapados, terminaron comprándose el mismo paradigma de sus adversarios: asumieron que la crisis era puramente institucional, que el ciclo se cerró "por nuestra culpa", y que "se nos pasó la mano" con la movilización social y el intento de refundar Carabineros.
Estos traumas han derivado en un despelote político evidente de la oposición frente al actual gobierno de Kast. Vemos a una izquierda que elude hablar de movilización social (como si de ella dependiera convocarla o apagarla) y, lo que es más grave, evidenciamos una orfandad de proyecto: no sabemos qué queremos proponerle al país.
Mientras tanto, los astutos programadores de La Moneda la han tenido fácil. Redujeron impuestos para beneficiar a las 1.500 familias más ricas del país y, a los pocos días, desviaron la atención pública hacia el asunto de las contribuciones, decantando todo en una irrelevante discusión sobre mecanismos de compensación. Para cerrar la temporada, clausuran el debate moviendo la agenda nuevamente hacia la seguridad pública, donde nadan en aguas tranquilas y con la corriente a favor.
Y la oposición, ahogada en sus culpas, responde con un sinfín de estrategias inconexas. La ansiedad por dar manotazos comunicacionales llevó a los de siempre a intentar disfrazarse de estadistas, hablando de "diálogo" y tendiendo puentes. A los pocos días, algunos salieron chillando en televisión indicando que “se sintieron engañados”, mientras otros caían por el propio peso de sus rencillas internas. La vieja escuela de los noventa quedó sumida en la vergüenza pública, mientras algunos de sus cercanos intercambiaban migajas de presupuesto para paliar la crisis humanitaria de las regiones afectadas por las lluvias.
Pero la historia ocurre dos veces. Es de esperar que las repercusiones de un gobierno indolente frente al sufrimiento ajeno comiencen a golpear con más fuerza en los meses venideros. Los malestares de la sociedad chilena solo están dormidos, no extintos. A esto se suma una economía internacional que poco colabora para que países periféricos como el nuestro logren sortear demandas sociales crecientes en un escenario de desigualdad sin precedentes.
La ansiedad y la culpa son pésimas compañeras de ruta. Para salir de este enredo estratégico, no basta con sentarse a mirar cómo se repite la película ni dar manotazos de ahogado en los matinales. El antídoto frente a la torpeza táctica y el libreto de la ultraderecha no está en los pasillos del Congreso, sino donde siempre estuvo: en volver a las calles y sentir los dolores de la gente. Solo reconectando genuinamente con las urgencias y el malestar de las mayorías podremos recuperar la brújula, salir de la parálisis y proponer, de una vez por todas, un horizonte de futuro.
