La derrota de Jeannette Jara en las recientes elecciones no puede leerse solo como un tropiezo electoral más. Es, sobre todo, una señal política que interpela a la centroizquierda en su conjunto. No para buscar culpables rápidos ni para replegarse en identidades cómodas, sino para hacer lo más difícil y necesario: encontrarse, procesar errores y redefinir un para qué que vuelva a tener sentido para mayorías reales.
El primer desafío es el qué. ¿Qué significa hoy un llamado al encuentro de la centroizquierda? No se trata de una foto, de una cumbre de dirigentes ni de un pacto táctico de corto plazo. Encuentro es reconocernos distintos pero interdependientes; asumir que nadie, por sí solo, representa el todo. Es volver a hablar un lenguaje común —justicia social, crecimiento con cohesión, seguridad democrática, derechos sociales sostenibles— sin negar los matices, pero sin convertirlos en trincheras.
El segundo desafío es el cómo, y aquí la palabra clave es autocrítica. No una autocrítica ritual, declarativa, de esas que se anuncian, pero no incomodan a nadie. Sino una firme, honesta y pública. ¿Dónde dejamos de escuchar? ¿Cuándo confundimos convicción con superioridad moral? ¿En qué momento la fragmentación interna pasó a ser más importante que la construcción de mayorías? La derrota no se explica solo por errores de campaña o por el contexto; también habla de una desconexión persistente con experiencias cotidianas de amplios sectores sociales.
Procesar los errores implica aceptar que hubo promesas que sonaron lejanas, diagnósticos incompletos y respuestas tardías frente a temas que hoy estructuran la vida de las personas: seguridad, trabajo, costo de la vida, expectativas de movilidad social. Implica, también, revisar prácticas políticas que expulsan más de lo que convocan, y discursos que hablan más para convencidos que para ciudadanos reales.
Pero el tercer eje —quizás el más importante— es el para qué. ¿Para qué reencontrarse, si no es para volver a disputar el sentido del futuro? Aquí conviene detenerse en un dato político clave: más de cinco millones de personas no votaron por la derecha que hoy representa J. Kast. No todas votaron por la centroizquierda, es cierto. Muchas se abstuvieron, otras se dispersaron, otras simplemente no encontraron una opción que las interpelara. Pero ese universo existe, y es un error estratégico y moral ignorarlo.
Ese amplio grupo no es homogéneo, pero comparte algo fundamental: no se siente representado por una derecha dura, identitaria, que ofrece orden sin justicia y seguridad sin derechos. Allí hay un espacio político real para una centroizquierda que se atreva a ser mayoría otra vez. No desde el miedo, sino desde una propuesta clara de país: desarrollo con equidad, Estado eficaz, democracia robusta y una vida digna como promesa concreta, no como consigna abstracta.
El encuentro anunciado para el próximo 17 de enero, entonces, no es nostalgia ni mera resistencia. Es la condición para reconstruir confianza social y credibilidad política. Es entender que el adversario no está dentro del campo progresista, sino en proyectos que normalizan la exclusión, el autoritarismo y la desigualdad como precio inevitable del orden.
Nada de esto será rápido ni cómodo. Reencontrarse exige ceder, escuchar, corregir. Exige liderazgos menos ensimismados y organizaciones más abiertas. Exige, sobre todo, humildad para aceptar que sin mayorías sociales no hay transformaciones duraderas.
La derrota de Jeannette Jara duele, pero también puede ser una oportunidad. No para girar a la defensiva ni para mimetizarse con el discurso del miedo, sino para volver a ofrecer esperanza con los pies en la tierra.
El desafío está planteado: encuentro para corregir, autocrítica para aprender y un para qué que vuelva a convocar a esos millones que aún no se resignan a un país gobernado por el retroceso.
La pregunta ya no es si la centroizquierda debe reencontrarse. La pregunta es si está dispuesta a hacerlo en serio.
Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile
