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Día de la madre tierra. Urgencia de cambios profundos. Por Sonia Brito, Lorena Basualto y Mahualen Ibanez

Este 22 de abril, se celebra el día de la madre tierra, el día de nuestra casa, la única que tenemos. Casa que no hemos sabido cuidar y preservar, casa que habitamos como huésped parásito que se encarna, que consume y contamina sus pulmones verdes, sus aguas cristalinas, su naturaleza. Tierra de pulmones generosos, tierra cansada, tierra desprendida, tierra explotada, tierra desgarrada que, como madre se dona.

Busco algún rincón donde no haya sido saqueada, extraída o flagelada por la avaricia, por la ambición o por la prisa de los brazos tiránicos de una economía desaforada que ha irrespetado sin pudor la casa de todas/os.

Hace 50 años se comienza a tomar conciencia mundial de que debemos proteger el planeta, considerando la relación recursiva y de vínculos ecológicos entre los seres humanos, seres vivos y medioambiente natural. A partir de entonces, se han realizado cuatro cumbres de la tierra, que son conferencias de las Naciones Unidas sobre el cuidado del medio ambiente, cuya aspiración es convenir y pactar acuerdos respecto del medio ambiente, del desarrollo, del cambio climático, y de la biodiversidad, entre otros (1972, Estocolmo; 1992, Río de Janeiro, 2002 Johannesburgo y, 2012, Río de janeiro).

En 1992, en Río de Janeiro, se aprueba y se firma la agenda 21 con 178 países, la Declaración sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y, la Declaración de Principios para la Gestión Sostenible de los Bosques, comprometiéndose las naciones a preservar el cuidado del medioambiente, (ONU, 1992). El 2016, el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), advierte que los cambios climáticos están sucediendo con mayor velocidad de la que se había proyectado, sustentando que la esperanza para la irreversibilidad es hasta el año 2030. Lo anterior, demanda imperiosamente a los gobiernos que desarrollen macro medidas sostenidas en el tiempo.

Entendiendo por desarrollo sostenible “la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas” (ONU, 1987, p.67), en equilibrio con el desarrollo económico, social y de protección del medio ambiente. Por tanto, para que esto sea posible, se requiere necesariamente un crecimiento económico con parsimonia/ equidad y de conservación de los medios naturales.

Estos empeños de pactos por lograr la “armonía de la tierra” se constituye en iniciativas infructuosas e ineficaces y en un rotundo fracaso para el desarrollo sostenible, porque más que palabras y buenas intenciones se requieren compromisos efectivos de cambios concretos, diseños y despliegues de políticas contundentes y, de cambios ideológicos profundos. De lo contrario, la ferocidad de la explotación del medio ambiente seguirá arremetiendo sin miramientos en contra de los pulmones verdes de la humanidad.

El irrespeto neoliberal ha destruido ecosistemas, desforestado el pulmón verde amazónico, provocado el cambio climático, (aumento de la temperatura en la tierra), causado los deshielos de los hielos eternos y la aparición de epidemias, desencadenando un macro desequilibrio sin precedentes. El COVID- 19, se nos manifiesta como un corolario de la amenaza concreta, que nos recuerda nuestra vulnerabilidad de depredadores globales que, desvergonzadamente provoca derrames de petróleo, contaminación atmosférica por emisión de gases y contaminación del agua.

La desforestación y extractivismo ha generado un quiebre rotundo, en el frágil pseudoequilibrio que creíamos mantener, estamos en una ceguera radical, no nos conviene mirar que, cada acción desmedida, se amplifica en magnitudes inusitadas y hacia todos los confines.

Este vandalismo económico, que se materializa en individualismo, en ignorancia, en inconciencia, en egoísmo, en crueldad tiene a la humanidad al borde del precipicio. Esta flagelación de no considerar que la tierra es un ser vivo y que entrega vida, hoy nos mantiene en una incertidumbre tangible entre la vida y la muerte. La tierra está gravemente enferma, requiere descanso y reposo, necesita que cambiemos nuestras prácticas abusivas y cuidemos lo que creíamos infinito. Estamos en una emergencia climática, la tierra se está sacudiendo de tanto sufrimiento.

Dado este escenario dantesco, ¿qué podemos hacer por el mundo?, ¿cómo deconstruimos para reconstruir, ¿cómo fundamos una cultura del cuidado de los bienes comunes, como recuperamos la sabiduría ancestral? El abordaje de este cambio profundo requiere de todos los sectores; públicos, privados, sociedad civil, económicos, de tal modo, que avancemos hacia recursos renovables y así, evitar que el efecto invernadero se torne irreversible.

Es necesario recuperar el equilibrio perdido, haciendo necesariamente un giro hacia economías sostenibles y sustentables que nos permitan vivir en armonía, con la naturaleza y con las diversidades de especies que hemos arrinconado y extinguido. El imperativo, es ayudar a que la naturaleza florezca, que el aire se descontamine, necesitamos aprender nuevas prácticas económicas y estilos de vida más sencillos en pro de la recuperación de la biodiversidad.

De manera positiva, pudimos observar estos últimos meses un cambio en la concientización de la juventud al respecto y, el aumento de la ideología del “consumo ético individual”. La mediatización de Greta Thunberg y la internacionalización del movimiento “Youth for climate” demuestra un cierto cambio de mentalidad, de críticas abiertas al capitalismo y a las empresas que sobreexplotan los recursos naturales.

Lamentablemente, los gobiernos y las empresas han cambiado solo en apariencia sus formas de actuar, por ejemplo, Bolsonaro que permaneció protervamente indiferente ante el incendio de la Amazonia; EE-UU y Europa que siguen sobreexplotando las minas de petróleo en medio oriente, además de las grandes empresas multinacionales que siguen pagando impuestos sobre la contaminación para no bajar su producción.

El futuro del planeta es inseguro, lo único seguro es que, si no cambiamos, nos estamos dirigiendo a catástrofes como los incendios del amazonia y de Australia y, como el COVID-19, efectos, cada vez más cotidianos y recurrentes. Ya no hay desafíos, hay urgencias.

No existen soluciones rápidas y sencillas para salvar el planeta, pero quizás, sea el momento de intentar otros sistemas económicos y sociales, que propicien la armonía con la naturaleza. Tal vez, tenemos que volver a la sabiduría ancestral de las tierras que nos enseñaron los pueblos originarios con la pacha mama, y no seguir vendiendo sus territorios a firmas transnacionales que tienen como objetivo seguir explotando el planeta. Hoy, más que nunca, para provocar cambios profundos se debe salir de la esfera de la abstracción y, con urgencia, materializar en acciones concretas. La consigna, es cambiar la huella de carbono, por la huella ecológica.

Referencias bibliográficas:

ONU, (1987). Nuestro futuro común. Madrid: Alianza

PNUMA. 1993. La Agenda 21. 40 capítulos. Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. ORPALC. México.

Dra. Sonia Brito Rodríguez
Mg: Lorena Basualto Porra
Estudiante: Mahualen Ibanez Pic

Traducción al francés:

Journée de la Terre Mère. L’Urgence de changements profonds. Par Sonia Brito, Lorena Basualto et Mahualen Ibanez

Ce 22 avril, nous célébrions la Journée de la Terre Mère, le jour de notre maison, la seule que nous ayons. Une maison dont nous n’avons su prendre soin ni préserver, une maison que nous habitons comme un hôte parasite qui s’accroche, qui consomme et contamine ses poumons verts, ses eaux cristallines, sa nature. Terre aux poumons généreux, terre fatiguée, terre détachée, terre exploitée, terre déchirée qui, telle une mère, se donne. Je cherche encore le moindre recoin qui n’aurait pas été pillé, extrait ou flagellé par la cupidité, par l’ambition ou par l’avarice des bras tyranniques d’une économie débridée qui a manqué de respect à la maison de chacun.

Il y a maintenant une cinquantaine d’années, le monde a commencé à prendre conscience de l’importance qu’il y avait à protéger la planète, en considérant les liens récursifs et écologiques entre les êtres humains, les êtres vivants et l’environnement naturel. Depuis ce moment, quatre sommets de la Terre ont été organisés, quatre conférences des Nations Unies sur la protection de l’environnement, dont l’objectif est de parvenir à des accords concernant l’environnement, le développement, le changement climatique et la biodiversité entre autres.(1972, Stockholm ; 1992, Rio de Janeiro ; 2002, Johannesburg ; et 2012, Rio de Janeiro).

En 1992, à Rio de Janeiro, l’Agenda 21 a été approuvé et signé par 178 pays ; la Déclaration sur l’environnement et le développement et la Déclaration de principes pour la gestion durable des forêts, ont engagé les nations à préserver l’environnement (ONU, 1992). En 2016, le Programme des Nations Unies pour l’environnement (PNUE) a averti que les changements climatiques se produisaient plus rapidement que prévu, en faisant valoir que l’estimation pour une irréversibilité serait en 2030. Cette estimation a exigé des gouvernements qu’ils élaborent des macro-mesures qui soient durables dans le temps.

Le développement durable s’entend comme «la satisfaction des besoins de la génération actuelle sans compromettre la capacité des générations futures à répondre à leurs propres besoins» (ONU, 1987, p.67), et ce, en équilibre avec le développement économique, social et environnemental. Par conséquent, pour que cela soit possible, il faut nécessairement une croissance économique gérée avec parcimonie et équité et la conservation des milieux naturels. Les efforts déployés dans le cadre de ce pacte pour parvenir à une «harmonie territoriale» sont des initiatives infructueuses et inefficaces et constituent un échec total pour le développement durable. Plus que des paroles et des bonnes intentions, il faut des engagements efficaces en faveur de changements concrets, la conception et le déploiement de politiques fortes ainsi que de profonds changements idéologiques. Sans quoi, la férocité de l’exploitation de l’environnement continuera à faire rage sans contrôle contre les poumons verts de l’humanité.

L’irrespect néolibéral a détruit les écosystèmes, déboisé le poumon vert de l’Amazonie, accentué et aggravé le changement climatique (augmentation de la température de la terre), provoqué la fonte des glaces éternelles et engendré l’apparition d’épidémies, déclenchant un macro-déséquilibre sans précédent. Le COVID- 19, se manifeste à nous comme un corollaire de la menace concrète, qui nous rappelle notre vulnérabilité en tant que prédateurs mondiaux qui, sans vergogne, provoquent des marées noires, la pollution de l’air par les émissions de gaz et la pollution de l’eau.

La déforestation et l’extractivisme ont provoqué une rupture totale du fragile pseudo-équilibre que nous pensions avoir maintenu. Nous sommes profondément aveuglés et cela nous arrange de ne pas voir que chaque action excessive est amplifiée dans des proportions insolites et vers tous les confins du monde.

Ce vandalisme économique, qui se matérialise dans l’individualisme, l’ignorance, l’inconscience, l’égoïsme, la cruauté, laisse l’humanité au bord du précipice. Ce fléau qui consiste à ne pas considérer que la terre est un être vivant et qui donne la vie, nous maintient aujourd’hui dans une incertitude tangible entre la vie et la mort. La terre est gravement malade, elle a besoin de repos et de détente, elle a besoin que nous changions nos pratiques abusives et que nous prenions soin de ce que nous pensions être infini. Nous sommes dans une situation d’urgence climatique, la terre tremble de tant de souffrances.

Face à ce scénario dantesque, que pouvons-nous faire pour le monde ? Comment déconstruire pour reconstruire ? Comment trouver une culture de l’attention aux biens communs ? Comment retrouver la sagesse ancestrale ? Pour faire face à ce changement profond, il faut que tous les secteurs, publics, privés, les sociétés civiles, économiques, s’orientent vers les ressources renouvelables et empêchent ainsi l’effet de serre de devenir irréversible. Il est nécessaire de retrouver l’équilibre perdu, en se tournant obligatoirement vers des économies durables et soutenables qui nous permettront de vivre en harmonie avec la nature et avec la diversité des espèces que nous avons aculées voire éteintes. L’impératif est d’aider la nature à s’épanouir, de décontaminer l’air ; nous devons apprendre de nouvelles pratiques économiques et des modes de vie plus simples pour la récupération de la biodiversité.

De manière positive, nous avons constaté ces derniers mois un tournant dans la prise de conscience des jeunes sur cette question et une augmentation de l’idéologie de la «consommation éthique individuelle». La couverture médiatique de Greta Thunberg et l’internationalisation du mouvement "Youth for climate » démontrent un certain changement de mentalités par la critique ouverte du capitalisme et des entreprises qui surexploitent les ressources naturelles.

Cependant, les gouvernements et les entreprises n’ont changé qu’en apparence leurs façons d’agir ; pour ne citer que quelques exemples : Bolsonaro est resté jusqu’ici indifférent à l’incendie en Amazonie ; les États-Unis et l’Europe continuent à surexploiter les mines de pétrole au Moyen-Orient et les grandes multinationales continuent de payer des taxes sur la pollution pour ne pas diminuer leur production. L’avenir de la planète est incertain, la seule certitude est que, si nous ne changeons pas, nous nous dirigeons vers de fréquentes et récurrentes catastrophes telles que les incendies en Amazonie et en Australie et l’épidémie de COVID-19 dont les effets ne pourront que s’amplifier. Il n’y a plus de défis, il y a des urgences.

Il n’existe pas de solutions rapides et simples pour sauver la planète, mais il est peut-être temps d’essayer d’autres systèmes économiques et sociaux, qui favorisent l’harmonie avec la nature. Peut-être faut-il revenir à la sagesse ancestrale des peuples originels qui nous ont enseigné l’utilisation raisonnée et respectueuse de la Pacha Mama, au lieu de continuer à vendre leurs territoires à des entreprises transnationales qui n’ont pour objectif que la surexploitation effrénée de la planète.

Aujourd’hui, plus que jamais, pour provoquer ces changements profonds, nous devons quitter la sphère de l’abstraction et, de toute urgence, matérialiser des actions concrètes. La consigne est de changer l’empreinte carbone pour l’empreinte écologique.

Références bibliographiques : ONU, (1987). Notre avenir commun. Madrid : Alianza

PNUE. 1993. L’Agenda 21. 40 chapitres. Programme des Nations unies pour l’environnement. ORPALC. Le Mexique

Docteure Sonia Brito Rodriguez
Titulaire de máster Lorena Basualto Porra
Etudiant Mahualen Ibanez Pic

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