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Diferencias bajo el indiferente sistema capitalista. Por Cristopher Ferreira Escobar

Hay algo curioso en la política actual: hablamos constantemente de las diferencias, pero cada vez entendemos menos cómo manejarlas.

Identidad, reconocimiento, diversidad. Estas palabras están por todas partes: se repiten en redes sociales, en discursos políticos, en debates televisivos y, por supuesto, en esa extraña arena donde todos opinan con absoluta seguridad sobre cualquier tema.

A primera vista, podría parecer un avance. Después de todo, durante mucho tiempo muchas diferencias fueron invisibles o directamente negadas. Que hoy aparezcan en el centro del debate público no es un fenómeno menor.

Pero, como suele ocurrir en política, lo evidente no siempre resulta ser lo más interesante.

Desde una perspectiva más crítica —digamos, una que no se limite a repetir consignas— surge una pregunta: ¿qué tipo de política estamos construyendo cuando todo se organiza en torno a identidades.

Porque, mientras discutimos quiénes somos, hay algo que tiende a desaparecer del cuadro: las condiciones materiales que hacen posible esa discusión.

Dicho en términos más sencillos: el problema no es la cantidad de identidades. El verdadero problema es que el conflicto político deja de mirar hacia arriba y comienza a girar en círculos.

Marx —ese señor que incomoda incluso cuando nadie lo cita... ¡y pocos leen!... para que decir a Hegel— tenía algo bastante claro: las ideas no flotan en el aire. Se generan en condiciones materiales específicas, y esas condiciones no desaparecen simplemente porque cambiemos el lenguaje con el que las expresamos.

Hoy vivimos en sociedades más fragmentadas, precarizadas e individualizadas. El trabajo ya no organiza la vida como antes. Los grandes colectivos políticos están debilitados y, en ese vacío, la identidad surge como una forma rápida, reconocible y emocional de hacer política.

Tiene sentido: es cercana, concreta y vívida.

El problema es que también puede ser perfectamente compatible con el mundo tal como es.

Mientras cada grupo defiende su propia frontera, el sistema que genera esas diferencias continúa funcionando sin mayores sobresaltos. No es porque sea especialmente brillante, sino porque ya no enfrenta un conflicto que lo cuestione en su totalidad.

En otras palabras, podemos debatir intensamente sobre las identidades y, aun así, no abordar las estructuras que perpetúan la desigualdad.

Aquí es donde la cosa se pone interesante, o incómoda, según el ánimo.

No se trata de decir que la identidad no importa; importa, y mucho. El punto es otro: cuando la identidad se convierte en el único lenguaje de la política, el conflicto se fragmenta.

Y cuando el conflicto se fragmenta, pierde su capacidad de transformación. La diferencia, que podría ser una forma de ampliar la política, se convierte en frontera. Cada grupo delimita su espacio, define su verdad y desconfía del resto. El desacuerdo deja de ser político y se torna casi moral. Y en ese escenario, el capitalismo —que no tiene ninguna necesidad de intervenir en estas discusiones— puede seguir operando con bastante tranquilidad.

No porque haya ganado el debate, sino porque el debate dejó de apuntar hacia él.

La pregunta, entonces, no es si debemos abandonar la diferencia en nombre de alguna fantasía universal. Esa receta ya fracasó varias veces. La pregunta es más difícil: ¿cómo articular diferencias sin convertir cada identidad en un pequeño territorio cerrado?

Porque si la política se transforma en una suma de fronteras, lo que desaparece no es el conflicto.

Lo que desaparece es la posibilidad de que ese conflicto cambie algo más que el lenguaje con el que nos enfrentamos.

Cristopher Ferreira Escobar, cientista político

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