Tal como lo describe en una entrevista realizada en 2019 al poeta Dionisio Salas Astorga[1] su semblanza desde el inicio es señera: “es un destacado poeta chileno que vive en Mendoza desde hace 35 años. Es profesor de Lengua y Literatura y editor. Su fina pluma nos venía avisando que su pueblo se pondría de pie ante la desigualdad social. Aquellos que hemos leído todos sus libros, sabemos que sabía de aquello que hablaba. Una entrevista con un visionario malhumorado y solitario, pero pleno de lucidez. Y un puñado de poemas como puñales”.[2] Para luego concluir con una aguda descripción del poeta: “Porta, además, cierto sino trágico y derrotista de los poetas de la contemporaneidad: son los que nacieron en el tiempo equivocado, para decirnos, a su manera, aquello que nadie se anima, aquello que nadie escucha, aquello por lo que nadie paga. Por eso, los poetas, en sus casas, tienen un placard sólo destinado a guardar cajas con sus poemarios que a nadie interesan, porque nadie quiere comprar crisis, fractura existencial, invitación al abismo, pregunta sin respuestas por el sentido de las cosas, música, al fin, un gran y único himno que delata la estupidez humana”.
Hablar de la poesía de Dionisio Salas es admitir que es inclasificable, a la vez que adentrarse en sus versos, es ingresar a un mundo de impenitentes, una obra que descansa en sí misma con la fortaleza de una sólida edificación centenaria. Su aguda mirada nos desvela como sociedad frente a un espejo que no otorga ninguna concesión, sin duda una poética que nos arroja puñales certeros como estos dos maravillosos versos:
“déjense de joder con el milagro chileno
el único milagro aquí es que uds sigan vivos”.
O estos versos de su libro “En Últimas oraciones” (2013) donde la cadencia y la reflexión se conjugan y nos interpelan en el rostro:
“Ya pusimos la otra mejilla, Señor
Y hasta un ojo
como nos enseñaste
«no sabemos qué más quieren»
no hemos olvidado que tú has muerto por nosotros
en la cruz
pero nosotros seguimos vivos
esperando que dejen de clavarnos
o que Tú vuelvas
Escúchanos, Señor
necesitamos un milagro”
Ahora sí que es en serio
necesitamos un milagro
porque nadie tiene tres mejillas”
Esta descripción coincide con el juicio de que Marta E. Castellino, al referirse sobre la obra de Dionisio Salas sentencia[3]: “se puede destacar una vez más la profunda trabazón interna que ostenta toda la obra de este poeta, que nos habilita a leerla como un todo: un sistema coherente con constantes y variables, que van intensificando y matizando una misma visión de la vida y de la vida y de la poesía.
Como prueba de ello, en primer lugar, advertimos ya en esas señales poemáticas que nos suministran los títulos, una no menos obvia intención iconoclasta, rebelde, provocativa. Esta actitud podría, en pocas líneas, definirse como la contradicción de lo esperable, la negación de la habitualidad, en cuanto a procedimiento, y en cuanto al significado, la demitificación de toda felicidad posible, en una gradación en cierto modo aterradora. Salvo, claro está, la felicidad (siquiera precaria) que suministra la palabra poética”.
En efecto, tal como Bolaño, al referirse a la obra de Enrique Lihn, lo destacara como un poeta reflexivo que duda permanentemente de su propia obra, en el caso de Dionisio Salas ocurre algo similar. Su densidad intelectual, así como su gran cantidad de referencias literarias, nos demuestran que estamos frente a un autor sabe que están innovando, que maneja todos sus recursos, que no es indiferente a la realidad y contextos políticos en los que se encuentra y los enfrenta con lucidez. A su vez, hay otro rasgo interesante que unen a Roberto Bolaño y Dionisio Salas a cualquier lector nuevo de ambas obras deben prever: ambos son autores del desarraigo y el exilio, que descreen de las literaturas nacionales (concepto que suscribo totalmente). En ese sentido las palabras del propio Dionisio Salas son concluyentes: “No soy un poeta chileno, tampoco un poeta argentino, la nacionalidad cultural no existe y de tener una, la mía está en la frontera intangible de estos dos países que se aman y odian desde el primer día”[4]
Sin embargo, la poética de Dionisio Salas no es sólo reflexión o valentía. También toca el amor a los que suma un condimento particular al aludir claramente a la contemporaneidad de un mundo mediatizado por lo digital, en lo que todo vínculo humano se vuelve “líquido”, inasible, por no decir imposible. Desde este punto de vista la obra de Dionisio Salas es totalmente contemporánea, más allá de que su construcción poética se hace cargo, a su vez, de la enorme riqueza de sus antecesores tanto próximos como Nicanor Parra o Claudio Bertoni, quienes se entremezclan con referencias más clásicas como Cioran, Deleuze o Saramago, donde poesía y filosofía proliferan de la mano en cada verso, o la sombra de éstos o en sus intersticios.
II.- Dionisio Salas: “la poesía para mí no es una forma de vida, es la vida y punto”.
Me reúno con Dionisio Salas en el Paseo Yugoslavo en Valparaíso, la conversación fluye como si fuéramos dos viejos amigos y deja un testimonio riquísimo del que no sobra una coma. He aquí sus palabras.
1.- ¿Qué es para Usted la poesía como forma de Vida?
Entiendo que preguntas y presupones que la poesía puede ser una forma de vida. Pienso inmediatamente que vivo en un país (Argentina) donde nadie vive de la poesía, ni siguen a Teillier en eso de «menos poesía, más vidas de poetas», lo que está en el Prólogo a Muertes y Maravillas, esa maravilla de libro.
En Chile, país de poetas como se autoperciben los locales, esto parece posible. Me fui a conversar con Claudio Bertoni hace unos días. Sí, parece que en Chile es posible la poesía «como forma de vida o sobrevivencia». No en Argentina, no en el planeta. Eso explica que tengamos tan pocos nombres para poner en la mesa grande. En la cocina entran todos y todas. Las copas son de allá, los Nobeles son de acá, me decía hace poco una poeta saliendo del teatro Condell donde acabábamos de confrontar con la directora de una película que tiraba la piedra y escondía la mano (dejaba la interpretación del crimen en el espectador, era una metáfora). Si involucras la política y la crítica social, no puedes dejar la interpretación a la metáfora, eso queda para poetas tristes y presidentes acorralados por la realidad que acuden a la ficción. En fin, esas cosas del artista condicionado por su contexto, nada nuevo bajo las piedras.
Volvamos a «la poesía como forma de vida». Damos por sentado que sabemos qué es la poesía y hasta qué es la vida. La filosofía está dividida en este asunto, en especial la contemporánea. Qué es la vida, la forma de la vida, aquí y ahora. ¿Para quiénes esas definiciones? El arco se tiende desde el puro sufrimiento sin agua potable, la injusticia y el caos eterno hasta la opción moderna del ego por sobre cualquier otro asunto. Respuesta: la poesía acompaña a la filosofía y a las épocas, es un perro sin dueño, perro de terminal. Hay poesía y poetas para todos los disgustos. Una vida poética sería una vida filosófica, pensante, dedicada a mirarse para adentro y asomarse al mundo cruel. Y claro, dolerse. Acongojarse. Sufrir.
Yo he dedicado esta vida cortita a ser lector y luego escritor, alumno, estudiante de letras, profesor, editor, crítico, algunas veces y en ese orden. Y siempre me tiembla la mano cuando debo definir qué es la poesía o qué implica: dedicarse, vivir con ella. Acostarse y levantarse con ella, sin papeles, sin compromiso declarado, por el mero gusto, porque es linda, espesa, tibia, o una simple hija de puta que se queda en la calle -donde la agarre la noche- porque nació empoderada. Es una relación tóxica la relación con la poesía, puede ser evidente para los otros, difícil para quien la padece en contexto o cárcel emocional. ¿Cómo forma de vida? La poesía se cataloga en el género de la tragedia. Por algo, por muchas razones Cioran decía que la poesía es la experiencia de la fatalidad. Un poeta feliz u optimista es sospechoso, se dice, de no entender un carajo. Y debe ser cierto, con la poesía viene la melancolía romántica del s XIX; las penurias económicas, los exilios, la búsqueda ciega y algo estúpida del amor, ese tipo de desaciertos económicos y laborales. A menos que se seamos un personaje gris del gran Saramago, o un escritor a lo Pessoa. En mi caso la poesía forma de vida ha sido económica, una salida laboral, en principio. De apariencia. Para que nadie dijera este fulano no tiene ni pega. No puedo blandir estirpe literaria ni apellido, no puedo colgarme del pasado de nadie; la mía es una familia sin linaje, con suerte recibieron un apellido para distinguirse de los hijos del vecino. Ni abuelos soldados de la patria ni padres ejemplares, sin libros ni comida en la despensa, a mano pelada o a pelear a mano limpia, como era antes la cosa. Mi primera relación con la literatura fue en el baño algo comunitario bien provisto de unas Reader’s Digest desarmadas. Sospechosamente descuartizadas. Hace poco me enteré que era una de las tantas herramientas capitalistas para concientizarnos. Hasta con el papel del baño, bro.
Mientras escribo miro la playa Papagallo, el mantel de agua salada que se sacude el acantilado aquí en el Búnker de Quintero desde donde veo hasta Concón, jugando al turista, a la ruleta rusa, con el pasado pisado.
Lo preguntaras o no, te cuento: debo ser el primero que aprendió a leer de corrido en 200 años de esclavitud corrida, de los que llevan esta cadena de ADN. No el único ahora, ahora la familia se ha llenado de universitarios pobres pero honrados que deben el alma al CAE. Igual, confieso: lo que hice yo estuvo bien, lo que hizo mi familia, nada. Tiene su ventaja no venir de un linaje atildado que condicionará tu infancia con Melville u otros referentes de las clases sociales o grupos algo rancios y mentirosos cargados a la derecha. En mi historia, antes de que yo la protagonizara, no había nadie parado. Los oficios eran en función de llenar la olla, no espirituales. El primer libro que tuve y compré en mi vida, mío, lo compré con la plata de haber vendido mi primer poemario (Sentimiento, Biblioteca Severín, 1982). Tenía 17 años y significó una antología de Teillier que después iba a perderse o desaparecer sin magia junto a la casa, la pareja, el tiempo. Así empezó y no sabía, pero estaba yéndome a estrellar en el mundo de la literatura.
Volvamos a tu pregunta. Cómo influyó la poesía: leer te da ínfulas de superioridad intelectual cuando no se tienen zapatos y no existe ningún camino que lleve más que a ser colectivero o vendedor de Falabella (en ese entonces contrataban). Antes de terminar la Media había leído la obra completa de los próceres, todo el canon que existía en defensa de la patria; me había internado en la Biblioteca Nacional por gestiones de una srta. santiaguina y hasta llegué a ciertos archivos prohibidos. Cuando me fui de Chile, sin resentimiento ni conflicto de intereses ni siquiera entendiendo que era el fin de mi vida y mundo para siempre, iba seguro de que con la poesía se come, se cura y se educa. En Argentina ese trabajo, esa previa poética, fundacional, adquirió su sentido, esto que llaman hoy microemprendimiento o autogestión lírica, era lo que yo estaba haciendo al leer como condenado. Así gané mi primera copa América sin público: ingresé peleándola bastante a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Me convertí en estudiante de Letras. Había un piso completo o dos edificios que eran de y para libros, consultorio psicológico, epicentro de citas intelectuales con muchachas de todos los colores y tamaños o apellidos (mérito de la educación gratuita argentina). En ese supermercado gratuito, cubierto por el Estado Nacional, la poesía era el pasaporte, mi tarjeta de débito, mi salvavidas, un sostén emocional y social. Toda relación o vínculo hasta mis 40s pasaron por ella, con ella. Así que la respuesta podría ser simple, en realidad, y hasta demasiado honesta: la poesía para mí no es una forma de vida, es la vida y punto. Sin histrionismo, sin negaciones, sin idealizar, para bien o para mal. Vidita nomás, montaña rusa, de esas que pierden los pernos y las turcas en el verano y nadie se queja. Ahora bien, voy a citarme a mí mismo, cosa que detesto, pero está escrito y se publicó en El desaguadero, revista de poesía de Mendoza, por gracia de su eminencia el poeta Fernando Toledo, frente a la misma pregunta: ¿conclusiones que destile esa experiencia de escribir poesía? «De todos estos años de dedicación semi exclusiva a la literatura digamos que me consta que: 1) hay grandes escritores que son personas insignificantes. Hay malas obras hechas con buena fe y heroísmo; 2) cualquiera puede escribir y ganar premios y hasta quedar en la historia, porque la historia de la cultura se escribe y trama en un nido de cascabeles, en ciudades estados, en sectas más o menos persistentes, por personas vinculadas a algún poder circunstancial y efímero, 3) entre la comedia y la tragedia, siempre prefiero a la tragedia, es el género que verdaderamente representa la figura secundaria del escritor, el destino trazado de su obra para nadie, el asombro y el olvido del lector, la vida; 4) igual que Gilda, en la cumbia, no me arrepiento de este amor; 5) poeta muerto vale homenaje; 6) poeta con incontables amigos es sospechoso de alta traición al género; 7) poeta que sigue a flote después de reiterados tsunamis es porque es livianito y no vale la pena leerlo; 8) poeta ponedor de bombas y organizaciones parapoéticas seguro consigue un puesto en el gobierno, pero pasará al olvido; 9) poeta que se usa a sí mismo, sufre el complejo de narciso o de madrastra de Blancanieves y en realidad es uno de sus siete enanos; 10) poeta que vive gracias a los muertos, es un poeta necrófago; 11) poeta que vive gracias a los vivos, es un hijo de puta».
2. ¿Cuáles son las influencias literarias o autores que han sido relevantes en su construcción como autor?
El canon-instructivo oficial de la poesía chilena entero que se enseñaba hasta los 80. Yo crucé sin protección parental los experimentos educativos de Pinochet y sus fracasos me hicieron un Frankenstein de tercer mundo, claro que como nadie podía gastar mucho en luz por esos años (no como ahora), ese Frankenstein salió crudo; el canon de la narrativa Hispanoamericana sin segregar en principio, prácticamente lo que hubiera al alcance de la mano de mi profesor de Valparaíso, Lucho Valle (mecenas y salvador de almas perdidas de Paya Ancha). Y después del autoexilio, en las bibliotecas y librerías en Argentina que por esos años abundaban con gracia y hasta cierta impunidad. Durante unos 30 años leí para mis dos trabajos, el de profesor y el de escritor. En mi década de los 40 bajé la cortina de lector. Más o menos definitivamente. O se tira el córner o se cabecea. Leer es un privilegio y un placer que en cierto punto se vuelve descarado, hipócrita, demasiado cínico. El lector/la lectora es hedonista, sibarita, voyeur. Se acostumbra a ser alimentado a toda hora y como los perros de ahora, andan en coche de guagua por las calles. O él mismo se lleva del collar (me consta).
Para ser escritor/escritora hay que dejar de leer y eliminarse privilegios, asumir la culpa, el juego de roles, tirarse a la pileta sin agua, releer el mito de Sísifo. Aquél que se autopercibe escritor –en principio solo es neurosis- tiene que demostrarlo en sus primeros malos libros, con una enorme ingenuidad y efectos prolongados de su fracaso personal. Eso lleva años de soledad, no sé si cien, pero muchos. Y esperar a que lleguen los gitanos. No existe la poesía digna antes de los ¿30, 40 años? Ese es un cuento, una rareza. A la manera de esos genios que uno plagia más o menos abiertamente.
Alguna teoría del inconsciente debería explicar esta parte, hay autores admirados y otros, secretos. Todos tenemos un escritor en el clóset. Uno que no reconoceremos porque es una caída vergonzosa, uno o una que pasó directamente a la sombra de Jung. En mi caso sufrí de transfusiones de sangre literaria en Argentina. Estaba preparado para la prosa de Cortázar y algunos otros, pero Juarroz fue mucho. El mismo colapso nervioso que alguna vez me había provocado Rulfo, ahora llegó con este poeta archivero llamado Roberto Juarroz. Lo mismo que García Márquez, o Carpentier, Parra o Cardenal, antes. La biblia amplia de la literatura, el canon de Bloom H, en algún momento fue el que ostenté sin mezclar ni entender la geopolítica de las elecciones del mundo literario y el fantasmeo, pre wasap. Confieso dos: siempre me conmovieron más los narradores que los poetas. Porque la novela es la poesía de los tontos, sí, pero además porque la narrativa latinoamericana desde los 20 en adelante es superior (a la europea en todo aspecto) y una construcción sólida de identidad masiva y pública. Un pensarse desde acá como quería, Dussell. La poesía, algo secreta, algo paranoica, buscándose en el París lleno de guarenes pre guerras, no me conmovía tan a fondo. Dussell agrega: no me descubría en ninguna de sus épocas históricas porque acá no las tuvimos y por ende, esa estructura cognitiva era débil, la pertenencia al colectivo, nula.
Uno de los últimos autores que me permití en mi metro cuadrado intelectual, mi diminuto mundo interior, fue José Saramago. Lo encontré en los saldos libreros de la calle Corrientes en Buenos Aires, compré casi todos sus libros por un dólar cada uno. Tres años después ganó el Nobel. Escribí una presentación de su obra para el diario y dije a mis cumpas de las secciones más diversas, este será el primer Nobel de Portugal (dos años antes de que ocurriera). El enano que dirigía la redacción me acusó de comunista, de no entender nada. No le dio la tapa del suplemento de Cultura dominical. Ese enano después viajó a entrevistarlo y volvió con la fotito. Se convirtió en Ministro de Educación. ¡Hay tanto buscador de fotitos en la necrofílica historia de la literatura! Tanto chaqueteo y selfiero.
Insisto o repito, vamos cerrando, también me pregunto ¿a quién le debo más? ¿quiénes me escribieron como escritor? ¿los europeos, los nórdicos? ¿la poesía china milenaria que encontré sin abrir en Filo? ¿toda la literatura greco romana que cursé? ¿los españoles que Lucho Valle me pasaba entre Lorca y Lorca? Lo más honesto es decir que no lo sé. Un escritor es hijastro del resto. Un bastardo, como catalogaban a los negados de alcurnia. Soy hijo de un obrero chileno muerto a los 47 años de cáncer de pulmón que pasó su infancia en las minas del norte chico. Obvio que todo lo que estaba escrito, hasta los diarios, me influenciaron. Hasta que me creció el criterio o tuve suficiente vitamina en el cuerpo para votar elecciones estéticas sin patrón. Hasta que le vi las costuras al canon y los premios, las costuras de la soldadura en las estatuas. Y la inclemencia de las palomas en las plazas del mundo.
3. ¿Cuál es su opinión del actual panorama de la poesía chilena?
Soy un advenedizo, un forastero sin su Gracia, no me atrevería a evaluar el panorama. Por regla general y conocimientos precarios de la didáctica, sé que lo panorámico es siempre mañoso. Se tira al bulto más que a la cara, sirven para mostrar montañas y no al grupo con guitarra que acampa celebrando el volcán, esas son las fotos panorámicas. Debería dar una de equipo, digamos. Panorama, señor (el tipo volvía a citarse a sí mismo), en mi libro Crónicas Cínicas, Mendoza (2014), se expone a un viejo exponente del Santo oficio literario que creía saberlo todo: Dámaso Alonso (1898-1990) /el crítico de poesía más lúcido
“en la historia de la lengua española
con seguridad puede decir/qué es la poesía
pero Alonso/ pone el asunto en manos de la intuición
eso que alimenta a la hermenéutica/ eso que aprecian tanto los que escriben
con el corazón
y amenaza con esto /las obras literarias no han sido escritas/ para comentaristas o críticos /(cosa que sería él)
las obras literarias han sido escritas para un ser tierno inocentísimo
y profundamente interesante llamado “el lector”
and so
las obras literarias no nacieron para ser estudiadas o analizadas
sino para ser leídas e intuidas por otros/ el conocimiento de la obra poética
es del lector
tiene como fin primordial su delectación / porque la obra es inexpresable
inefable
nada más
(Sr. Dámaso Alonso: Ud. no entendió)
Recordemos que el que suscribe se va poética y existencialmente a la chucha a los 17, lo mismo que los sueños en la canción de la Violeta. Entre otras cosas, para no sufrir los abusos de poetas mayores, el toqueteo intelectual que te triza por el resto de tu vida.
Visto de afuera, escuchando desde el balcón de abajo la pelea, mirando de reojo con cierta presbicia natural esta feria, diagnostico que la poesía chilena es endógena, patriarcal y matriarcal, tiene en curso una cola de chancho. Sufre, sin duda, de los complejos de Edipo y Electra, en casi todos los casos. Poeta que se enamora del padre o la madre terminará en terapia (aquí eso es un lujo que no pueden darse Uds). Hay grandes poetas, eso es otro asunto. Pero se tiende a poner estatuas como si fueran semáforos o peor, lomos de toro, a usar los dos Nobeles de escudo de Heracles. Es verdad que Chile tiene dos (el del 45, si miramos el contexto era un poco inevitable), pero Argentina tiene cinco, en ciencias y de la Paz. Eso también es algo ficcional, poético, si se mira sin chaqueterismo (ja).
¿La sociología podría explicar este fenómeno del por qué aquí se autoperciben todos poetas? Está el asunto de lo endogámico que decía al principio, pero hay más. Por lo que he podido ver en mis vueltas, Chile tiene un vínculo ocupacional con la poesía. Si no se es poeta, peor, si no se pertenece a la clase media ni se llegó a médico, practicar la poesía es un salvavidas ante la precariedad existencial. Un/una poeta nunca es desagradablemente pobre, nunca estará del todo fuera del sistema, es altamente posible que sea escuchado en medio de muchas voces y pueda tomar vino gratis cada tanto. Ergo, ser poeta en Chile es una profesión rentable que permite sobrevivir, lo mismo que el de gasista u otro de los que según la IA salvarán del hambre a millones en el futuro inmediato.
El problema es lo que se nos ha dicho siempre (o insinuado), que los y las poetas tienen que ser parricidas, y aquí no matan una mosca. Hasta los perros... ¿En qué momento se ablandaron tanto? Si no, uno se queda rayando la papa, peinando la muñeca, juntándose con amigos a tomar vino y a pelar a sus padres porque «no me dieron o me dieron demasiado».
En realidad, el poeta tiene que aguantar su orfandad, no tenderse en la hamaca de su tradición o su historia, porque es la historia de otro, por lo general, muertos que no resisten un fune de rutina. Está solo y se quedará solo, lo de tener una familia, por ejemplo, es un privilegio de los empleados públicos y los políticos de derecha. Para poetas de países nórdicos.
La poesía y el oficio del poeta es orfandad y pérdida, malos negocios con la vida y ni hablar de la ramada amorosa. En otras épocas, alguno se acordará, los poetas se suicidaban, pero eso pasó de moda y la literatura en general se volvió una ONG y ecologista o lo que demande el mercado. El mundo es un mall sin fronteras. Ahora bien ¿cuál es el panorama de la poesía chilena actual? ¿Es posible esa respuesta? ¿Quién podría saberlo de verdad? Según el ISBN de Chile se registran entre 350 y 600 libros por año. Para dejar una respuesta pegada al refrigerador, por ahora: «la poesía en Chile es una promesa».
Ser un chileno amamantado en Argentina alteró mi genética, mi estructura ósea literaria. Tuve que sacrificar mi idioma original, las paltas, el hablar bajito y en diminutivo para ejercer una carrera frente a 200 alumnos por día; tuve que mantenerme sobrio durante 45 años. Ese es un esfuerzo, un mérito que ninguno de Uds, tiene.
Conclusiones, en Chile hay más poetas por medio cuadrado que en ningún país del mundo, se pueden ver en los encuentros hasta «tacos, es decir filas de poetas», esperando leer sus versos del corazón. Estos karaoques líricos que acá parecen estar muy de moda, estas lecturas en patota y patoteras no le hacen daño a nadie. Con seguridad violan todas las reglas del sentido común porque en definitiva nadie escucha a nadie ni piensa, pero surgen amistades y algunos se enamoran y hasta prescinden de la terapia o las pastillas. El público legítimo y auténtico ha desaparecido, no con las redes sociales, mucho antes. El lector anda de vacaciones y lee cositas para dormir en los aeropuertos o en su cama (literatura somnífera, literatura protector solar, literatura para conquistar a la tóxica, para asustarse un poquito o digerir el 24/7 que se impone en el sistema). Las predicciones de la literatura de ciencia ficción tenían razón: en el futuro habrá que memorizar algunas obras, no porque no se encuentren, si no para obligar a que la escuchen los que estén saturados de información basura y mensajes basuras que emergerán hasta de la piel.
4. ¿Cuál cree que es a su juicio el rol que en el actual contexto político y cultural deben desempeñar los artistas e intelectuales?
En general todo artista o intelectual que sobrevive épocas y trasciende en ellas - hasta se vuelve referente-, es un cobarde que ha pactado con el poder. De izquierda o de derecha, cosecha. El poder verdadero no permite disidencias, voces en contra. Solo se aceptan y premia a los obsecuentes, los tibios, los que nadie entiende. La lista de muertos por hacer lo contrario, de exiliados y otros, es extensa. Obvio, el lugar del artista es el de la resistencia y denuncia más o menos explícita de la condición humana y sus desgracias (dada su comprensión del mundo, su sensibilidad, su entendimiento, su análisis de la Historia), pero si quiere subsidios o salir en la antología está en problemas. Si quiere que lo citen los consagrados y congresales y lo incluyan en el homenaje, probablemente deba ser bastante metafórico en su campo. No sé si esto justifica la cobardía, pero lo explica. Pensar es y será un problema cloacal, algunos se vuelven fantasmas, otros testigos al margen, otras le ponen tanto aderezo a la ensalada que ya es pastel. Pensar, crear, ser artista lleva inexorablemente al conflicto con el gobierno, o el que ostenta el poder (empresarios, multinacionales, políticos). El o la que desvirtúa la verdad y usa a la masa para amasarla, meterla al horno implacable de los abusos eternos de la tierra.
Los y las artistas caminan en ese cable de la luz que les queda por camino, si son honestos. Intentarán enunciar verdades más o menos obvias, injusticias de manual, solidaridad básica con los pobres y ausentes (sinónimos), pero tendrán los días contados. Es difícil, casi imposible no pensar en mundos distópicos en el futuro, gente encapuchada leyendo o pintado en estaciones de metro abandonadas u ocupadas por la indigencia.
De cualquier manera y para ir cerrando, mi pregunta a tu pregunta tiene otra respuesta: esperanza. Diálogo. Reencuentro. Refundir. Mi libro que viene en plena gestación se llama «Conspirare» (respirar o volver a respirar juntos, en latín). Mi propósito como autor aquí es dialogar con una larga lista de pensadores, activistas, filósofas, psicólogos o sociólogos, desde la poesía. Se los increpa, interpela, consulta, inserta en el mundo actual y lo más urgente. Jonathan Crary (la colonización total del sueño por el capitalismo); Byung-Chul Han: el individuo como autoexplotador voluntario. Mark Fisher: la privatización de la salud mental (tratar la depresión y la ansiedad como fallas individuales y no sistémicas); Franco Berardi: la pérdida de la empatía orgánica por la digitalización del lenguaje; la precarización del trabajo mental (el cognitariado) y la fábrica de la infelicidad. Paul B. Preciado: el régimen fármaco pornográfico; el control del cuerpo y del deseo a través de la industria de los psicofármacos y la estimulación digital; Gilles Deleuze: la flexibilidad ilusoria frente al control algorítmico y financiero de por vida. Suzi Adams recuperar el tiempo de la tierra y la creatividad propia del mundo natural frente al automatismo técnico. Rosi Braidotti y ese cómo la tecnología y el capitalismo avanzado están redefiniendo lo que significa ser humano. Jenny Odell y el derecho a la desconexión, la inactividad voluntaria y la reconexión con el entorno físico local. Marina Garcés que denuncia la condición póstuma de nuestra sociedad (la sensación de que todo se está terminando) y Rita Segato (Las estructuras elementales de la violencia).
Qué saldrá de este encuentro, no lo sé. Me parece que me estoy despidiendo. Ese es mi aporte por ahora y hasta aquí. Eso sí, tenemos poco tiempo. Hay una horda de seres diseñados por la robótica que viene asomando en el horizonte con antorchas y azada en la mano. Vienen para destruir la casa del monstruo y expulsarlo a los campos. Vienen a restaurar el orden y el equilibrio que perdimos en el principio, por estupidez, porque el valor de la palabra se nos reveló demasiado tarde, porque no está en nuestra naturaleza comprender el dolor del otro ni abrazarnos hasta que las llamas se lo han llevado todo. Es así.
III.- Epílogo en un aeropuerto
Llego nuevamente a Santiago con maleta en mano. Un vuelo me espera. Bajo el brazo, el libro “Estamos bien los 7800 millones” (2024) de Dionisio Salas, abro sus páginas y leo en voz baja:
“El alcalde de New York
de origen africano
(es al ñudo aclararlo porque la humanidad es de origen africano)
de gira por latinoamérica pide a los latinoamericanos
que no emigren a «su ciudad»
los venezolanos serán deportados apenas crucen la frontera
los checos en malta
y en Italia directamente resolvieron
disuadirlos con 18 meses de reclusión
(no sería reclusión sino disuasión)
la propuesta inteligente y consensuada en toda Europa es esta:
«bloquear las salidas en origen a todas las regiones que emigran»
se lo traduzco al español
«sitiar»
si no podemos lograr que se ahoguen en el mediterráneo
resolvieron las autoridades
ni atiborrar de cárceles flotantes que ensucien las costas de Inglaterra
tendamos los alambres en los bordes de sus países asolados por el hambre
y la sed
en otro ámbito la modelo Valeria Maza
confiesa a mdz que su deseo es ser una fuente de inspiración
ahora que como todo el mundo
envejeció”.
Cambio y fuera…
Rony Núñez Mesquida, escritor y columnista Le Monde Diplomatique
[1] Dionisio Salas Astorga, tiene una destacada trayectoria en las letras chilenas: poeta por sobre todo, y profesor de literatura, nacido en Viña del Mar (Chile), en 1965, pero residente en Mendoza desde hace muchos años, ha publicado los siguientes poemarios: Sentimiento (Valparaíso, 1982); Sábanas sin flores (2003, Libros de Piedra Infinita); Como en las películas (2013); Últimas oraciones (2013); Crónicas cínicas (2014); Para salir a matar (2015); Vida de santos y santas non sancta (2016, Libros de Piedra Infinita); Experiencia de la fatalidad (antología poética, 2017); Las otras caras del puerto (Ed. Alba, Valparaíso, 2018); O cara não entende (antología poética en portugués, 2020) y, luego de un relativo silencio, los tres libros de poemas editados por Luna Roja: Estamos bien los 7.800 millones; Qué tiene; Violencia de género y Como perder citas en Thinder u otras apps desesperadas, más los ensayos breves reunidos bajo el título de El mundo es una pintura de Francis Bacon
[4] Ver en el “Prólogo a la presente antología” del libro “Antología poética: Experiencia de la Fatalidad” de Dionisio Salas, Ediciones Luna Roja 2017, página 11
