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Disciplina social o el retorno a una sociedad fría. Por Emiliano Vargas

En el mundo no se sufría una pandemia hace décadas, por tanto para varias generaciones una enfermedad rápida de alta mortalidad es un fenómeno extraño y atemorizante. Nuestro mundo parecía prácticamente invulnerable a los virus o bacterias que atacan en forma secular a la población.

Especialmente en países del primer mundo, las pestes no acostumbraban a generar efectos sociales y económicos, pero esta subfamilia de Orthocoronavirinae está generando un shock negativo en las expectativas, alta incertidumbre, pérdida de actividad económica, enfermedad y muerte. En cambio, para los países en vía de desarrollo y subdesarrollados, los efectos de la pandemia aun no son conocidos y las estimaciones difundidas son alarmantes. El elemento común a los países ricos, medianos y pobres es su sistema de salud que no tiene capacidad para atender el significativo aumento de casos que provoca una pandemia. Además hay países donde las condiciones de vida son muy desfavorables para contener los contagios, por ejemplo, en algunas regiones no se dispone de agua potable para lavarse las manos, por falta de infraestructura o porque se enfrenta al fenómeno de la sequía. Esta pandemia posee una mortalidad cercana 6% de los contagiados confirmados y podría alcanzar este año a millones de muertes, si se confirman los patrones de contagio más negativos y la industria farmacéutica no logra un medicamento eficaz o vacunas en el corto plazo.

Por otro lado, existe una gran cantidad de opiniones y recomendaciones de autoridades locales y representantes políticos que la mayoría de las veces, solo logran confundir a la población que está ávida de cuentos y salvavidas virtuales. Los efectos comunicacionales de intervenciones ignorantes, inexpertas o de representantes de territorios locales pueden ser negativos, porque no aportan al objetivo primordial de la política pública dirigida por la autoridad sanitaria central. Es ella la que debe gestionar los recursos públicos y privados en salud en su conjunto, que además debe dirigir el comportamiento de la población y estar continuamente respondiendo a los efectos de la peste. Es esta autoridad la que será evaluada políticamente al término de la pandemia.

La autoridad sanitaria es la responsable de la salud de la población y, al menos en Chile, el Código Sanitario le otorga amplias facultades de intervención en la vida privada de las personas. Además que el decreto de catástrofe, facilita recursos económicos y médicos, y permite limitar las conductas sociales que facilitan el contagio de la enfermedad en la población. Esta es un facultad que también es utilizada en prácticamente en todos los países que comprenden el alcance del problema actual.

Sin embargo, la velocidad de la reacción e implementación de las medidas sanitarias no están exentas de polémicas como ha sucedido en Italia, España, Inglaterra Estados Unidos y Brasil, donde los gobiernos y autoridades han tenido comportamientos erráticos respecto al rol central del Estado, recordando que este es proteger la vida humana y gestionar bienestar social.

Lo cierto es que la pandemia no es una simple gripe y minimizar las acciones sobre ella tiene consecuencias directas en las vidas de las personas afectadas. El virus fue reportado en diciembre en China y en solo 4 meses después, los contagios están presente en 211 países con un población infectada cercana a un millón trecientas mil personas y más de 70.000 muertes. Más allá del virus, ¿Qué condiciones permitieron esta exponencial propagación? Es posible argumentar que el virus encontró en la globalidad de los mercados, las redes de transporte y la interacción social, las condiciones ideales para propagarse y afectar a todo nuestro pequeño mundo. La globalización facilita que personas viajen desde y hacia países con relativa facilidad, donde los motivos de viajar son principalmente laborales o turísticos, y que mediante una compleja red y modos de transporte se logra conectar a prácticamente todo las regiones geográficas y continentes, en pocas horas. Por otro lado, el lenguaje y la interacción social, que nos ha permitido la preeminencia como especie, es el principal medio de contagio, dado que el virus se difunde por la saliva que sale una persona contagiada y que entra a una sana, principalmente por la boca. Finalmente, son las fuerzas del mercado que empujan a que la actividad no cese, la que descentralizadamente contribuye a mantener las condiciones anteriores, contribuyendo así al aumento del contagio. Por tanto la teoría del pequeño mundo puede ser revitalizada, dado que las redes y su conectividad han concretado los peores escenarios de ciencia-ficción, pero que en el mundo real tiene consecuencias de pérdidas de vidas, actividad económica y empleo.

Hoy, el concepto relevante a difundir debería ser la disciplina social, aquella que involucra un comportamiento del grupo humano que inhiba la propagación de la pandemia. Sin embargo, por más que la autoridad realice todo tipo de llamados, contener la propagación será infructuosa sino existe la convicción de cuidado solidario en las personas. Ellas deben entender que con medidas simples, se puede evitar las indeseables consecuencias del sufrimiento físico y emocional, las muertes y la pérdida en bienestar social. Estas medidas simples como evitar el contacto físico con grupos de riesgo, permanecer en casa, abstenerse de conversar y gritar, taparse la boca al toser, no escupir al suelo, no darse la mano, no saludar de beso, lavarse las manos con jabón o desinfectante permanentemente, mantener distancia física entre humanos, usar mascarillas y cambiarlas constantemente y aislarse completamente al conocer el contagio son conductas imprescindibles y reglas sanitarias básicas.

Es esperable que siguiendo estas recomendaciones se puedan evitar mayor número de enfermos y que los países, por falta de capacidad hospitalaria no vuelvan a ser “naciones salvajes”, como los escribió el economista Adam Smith. Estas antiguas naciones “por pura necesidad se ven obligadas a matar a sus viejos y enfermos crónicos”, volviendo a generar lo que se conoció en la historia como las sociedades frías. Estas (las sociedades frías) pueden renacer, porque en los enfermos más graves se requiere el uso de un respirador artificial. Este respirador es conectado mediante un tubo hacia los pulmones, para evitar que el paciente se ahogue, al no poder respirar producto de la infección provocada por el virus. Si la cantidad de enfermos que requieren respirador artificial es mayor a la cantidad disponible, la priorización de quien vivirá es la definición ética y de salud, que los países deberán enfrentar en pocos días. Por tanto, todos los esfuerzos conducentes a evitar esta situación deberían ser analizados, difundidos e implementados, donde la disciplina social es fundamental para lograrlo. Y llegado el momento, la transparencia y difusión de los criterios de elección del paciente priorizado serán fundamentales para que el posible retorno a la sociedad fría sea, al menos, comprendida.

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