A poco más de un mes del gobierno de José Antonio Kast y, es bueno recordar algunas notas de una columna publicada durante el mes de julio año 2025 [https://eldesconcierto.cl/2025/07/06/las-derechas-sin-estado-cuadros-negocios-y-crisis-de-proyecto], esto debido a la actualidad que lamentablemente cobran las palabras vertidas en dicha columna, en ella se planteaba algo que con el paso de los días se está volviendo tristemente evidente, “las derechas carecen de un proyecto nacional sustantivo y de cuadros políticos capacitados para gestionar el Estado, limitándose a replicar una lógica empresarial y un oportunismo discursivo frente a la crisis de seguridad. Esto les impide ofrecer una conducción política real y profunda para el país, esta afirmación era válida para los tres líderes actuales de la derecha chilena Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser. Se hacía especial énfasis en que estos liderazgos no comprenden adecuadamente el funcionamiento del Estado e intentan gobernar el país como si fuera una empresa privada, recurriendo a gerentes y empresarios en lugar de políticos profesionales. En lo que respecta al gobierno actual, esto resulta evidente, partiendo por la falta de cuadros políticos para asumir funciones estatales. Se han visto fallas importantes en la conducción política por parte de personas sin experiencia en este ámbito y ante esto la reacción es no admitir críticas y mostrar pocas posibilidades de ejercitar una autocrítica que conduzca a la mejora de los aspectos críticos que muestra la conducción por ejemplo en las distintas vocerías, en particular la vocería de la ministra secretaria general de Gobierno
Mara Sedini, que con frecuencia se convierten en objeto de críticas debido a un manejo deficiente del lenguaje y a una escasa capacidad de articulación, y en los casos más graves mostrando claramente desconocimiento de su rol y de las materias que comunica. En otro sentido, se evidencia un perfil de manejo autoritario y de escasez de diálogo, como lo ocurrido con el ministro de vivienda, quien intentó increpar a un poblador en la región del Biobío sin mostrar manejo político de la situación. En ambos casos, tanto la vocera como el ministro debatían previamente participaron en espacios de redes sociales donde predominaba el insulto, claramente alineados con posiciones de derecha o de extrema derecha, donde se incentivaba la confrontación verbal. El estilo confrontacional privilegia el espectáculo por sobre el intercambio de ideas, lo que contribuye a degradar el debate público y mostrar la peor cara del ejercicio político en democracia, que en cierta forma ha sido validado con la participación de figuras de izquierda, legitimando una forma de hacer política basada en la descalificación y la ausencia de discusión sustantiva. La llegada de figuras como Mara Sedini e Iván Poduje a posiciones de poder refleja, en parte, la normalización de estas prácticas, lo que abre la pregunta sobre la responsabilidad de distintos sectores en la validación de este tipo de espacios y la perpetuación de la política como espectáculo donde el debate de ideas queda relegado a un segundo plano.
Al contexto descrito hay que sumar diversas contradicciones entre las declaraciones del ministro Jorge Quiroz respecto a los recortes en distintos ministerios y la baja de impuestos a los sectores de mayores ingresos, junto con situaciones cuestionables, como el uso del Palacio de La Moneda para un evento de carácter privado en el que el presidente invitó a antiguos compañeros. Esto va en contra de la política de austeridad que ha propuesto insistentemente el mismo José Antonio Kast para su gobierno. En consecuencia, se observan medidas que carecen de coherencia, ya que los principales afectados parecen ser los sectores de clase media y baja, mientras que los grupos de mayores ingresos no enfrentan costos equivalentes. Con todo lo que hemos vivido en poco más de un mes se evidencia inexperiencia y falta de capacidad para gobernar, en una etapa que recién comienza.
Hay otros hechos inexcusables en la lógica del lema institucional propuesto por la coalición gobernante “Trabajando para Usted”, baste para ello recordar que la ministra de seguridad publica Trinidad Steinert se ausentó el 14 de abril de la Comisión de Hacienda del Senado, donde se discutía un proyecto clave para la modernización de Carabineros, junto a su subsecretario Andrés Jouannet, pese a que la seguridad fue uno de los pilares fundamentales de la campaña presidencial de Kast. A esto se suma la construcción de una zanja en la frontera norte, cuya efectividad ha sido puesta en duda, al punto de que incluso se reportó un robo de maquinaria utilizada en su construcción.
En definitiva, se evidencia una distancia entre los discursos de campaña y la realidad del ejercicio del poder. José Antonio Kast presenta una discrepancia performativa significativa, no solo a nivel personal, sino también en su equipo y en los cuadros que integran el gobierno. Por discrepancia performativa se entiende la brecha entre lo que se dice o se muestra públicamente y lo que efectivamente se hace o se cree, es decir, cuando la acción contradice la propia puesta en escena. En este sentido, se observó a un Kast muy crítico de Gabriel Boric durante su campaña, pero en la práctica ha incurrido en conductas similares a las que cuestionaba, lo que genera incertidumbre respecto de sus acciones e intenciones. A partir de ello, se puede plantear como hipótesis que este tipo de prácticas tienen un efecto en el proceso de despolitización, en el que la ciudadanía se distancia de la política por cansancio o desconfianza. Este tipo de prácticas no es nuevo y la historia reporta ejemplos como lo ocurrido con el mensaje atribuido a Francisco Franco, quien recomendaba mantenerse al margen de la política como forma de control, promoviendo en la práctica una cultura de desinvolucramiento. Algo similar puede rastrearse en el pensamiento de Jaime Guzmán, cuya elaboración política posterior al golpe de Estado apuntó también hacia la despolitización de la sociedad. En este marco, la figura de Kast se inscribe en una tradición gremialista y neoliberal que tiende a privilegiar el rol de los técnicos y a limitar la participación política activa de la ciudadanía haciendo política aborreciendo la política.
Por otro lado, es importante subrayar que Kast está gobernando sin una coalición sólida. Si bien renunció formalmente al Partido Republicano al asumir la presidencia, la base de su gobierno sigue estando en ese sector. Se trata de un partido relativamente nuevo, con escasa trayectoria, lo que lo vuelve políticamente frágil y expuesto a abandonar el respaldo al gobierno si las condiciones se deterioran.
De acuerdo con encuestas recientes, la aprobación del gobierno ha ido a la baja, mientras que la desaprobación ha aumentado, en parte debido a medidas percibidas como inconsistentes. Entre ellas, la falta de claridad en torno a la expulsión de migrantes irregulares y el empeoramiento de la situación de seguridad, con un aumento de delitos y amenazas en distintos espacios, incluyendo colegios y universidades.
Todo esto refuerza la idea de una disonancia entre lo prometido y lo ejecutado, sin que exista claridad sobre hasta dónde puede escalar esta situación. Es probable que, en algún momento, sectores de la propia derecha intenten intervenir para sostener al gobierno, dado que no se vislumbran cambios relevantes con el actual equipo ministerial lo que también puede ser una reacción a las críticas, con ello intentar dar muestras de solidez y unidad.
Nos encontramos entonces ante un problema serio. Se observa un gobierno desdibujado, pese a llevar poco más de un mes en funciones, en un contexto en que el país también carece de un proyecto nacional claro hacia el futuro en base a un discurso cortoplacista basado en la emergencia como lógica de acción, no hay esfuerzos por mirar el futuro, anclando el discurso en la gestión del gobierno anterior. La agenda política parece centrarse casi exclusivamente en lo económico, con énfasis en la inflación, los recortes sociales y la reducción de impuestos a los grandes grupos empresariales, en línea con una tradición neoliberal, lo que evidencia una cierta miopía de la élite frente a los problemas estructurales del país. A ello se suma una situación que puede interpretarse como anomia, en el sentido planteado por Émile Durkheim, es decir, una ausencia o debilitamiento de normas, visible en fenómenos como las amenazas de tiroteos en establecimientos educacionales, especialmente en regiones y con particular intensidad en la zona norte, donde ciertos episodios parecen luego expandirse al resto del país. Esta dinámica también refleja una persistente centralización, con escasa atención a lo que ocurre fuera de Santiago. El panorama resulta preocupante considerando que este gobierno se proyecta hasta el 2030, sin que hasta ahora se vislumbre una idea de país definida. Esto parece vincularse con la falta de visión y con limitaciones en la propia derecha, en este caso representada por el Partido Republicano, que no cuenta con suficientes cuadros políticos para asumir adecuadamente las responsabilidades de conducir el Estado.
En virtud de lo anterior, y a modo de crítica, resulta poco relevante la discusión impulsada por Hugo Herrera respecto de la necesidad de que las derechas lean a Immanuel Kant, no porque su aporte carezca de importancia en el plano intelectual, sino porque el problema de fondo parece ser más profundo que una simple falta de lecturas o reflexión teórica (https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/03/22/por-que-las-derechas-chilenas-necesitan-a-kant/). Más bien, se observa una derecha con escasa capacidad de autocrítica y con limitadas disposiciones a la reflexión interna, lo que vuelve estéril ese tipo de planteamientos. El problema actual no es filosófico ni teórico, sino político y práctico. En este contexto, especialmente en el caso del Partido Republicano, los intentos de introducir debates de mayor densidad intelectual parecen infructuosos, dado que la orientación predominante está puesta en lo técnico y en la defensa de un capitalismo desregulado, en medio de una comunicación política muchas veces inconsistente y carente de un marco coherente. Esto se refleja también en el desempeño de figuras del gobierno, donde incluso personas con formación educacional privilegiada muestran dificultades en el manejo público, ya sea en el uso del lenguaje o en la conducción de temáticas donde muestran desconocimiento como por ejemplo en las relaciones internacionales. Es llamativo que individuos provenientes de contextos educativos de élite exhiban carencias en aspectos básicos del debate público y la deliberación, lo que abre interrogantes sobre la relación entre formación académica, cultura política y ejercicio del poder, y refuerza la idea de que las limitaciones observadas no se explican por falta de acceso a educación, sino por disposiciones más profundas en su orientación política e intelectual.
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Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Académico del Departamento de Teología y del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.
Javier Romero Ocampo. Doctor en Estudios Americanos, especialidad pensamiento y cultura.
