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Disputas del campo educativo latinoamericano: entre progresismos y derechas. Entrevista a Pablo Gentili. Por J. Fabian Cabaluz. D.

En el marco de la realización del “Primer Congreso Nacional de Educación, Cultura y Sociedad: Desafíos para el Sistema Educativo Nacional” organizado por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Playa Ancha, tuvimos la oportunidad de entrevistar a Pablo Gentili, coordinador ejecutivo de la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales (ELAG), quien nos compartió un conjunto de reflexiones sobre las disputas que atraviesan al campo educativo latinoamericano, centrándose particularmente en las tensiones entre los progresismos y las derechas neoliberales y neofascistas. A continuación, reproducimos la entrevista con la certeza de que entregará contribuciones para problematizar algunas tensiones y desafíos educacionales del tiempo presente.

Pablo, lo primero que queríamos solicitar es que nos puedas hacer una suerte de balance o comentario general sobre los avances que han tenido en el campo educativo y pedagógico los gobiernos progresistas de América Latina, ya sean los del primer ciclo del progresismo, como los que se vienen constituyendo en la actualidad.

Mira, una diferencia de entrada ya que, el segundo ciclo progresista se encuentra en desarrollo, pero que no deja de ser evidente, es que el primer ciclo progresista tuvo un carácter muy definido de afirmación de una cuestión que la derecha y el neoliberalismo se habían encargado de dinamitar que era el reconocer el derecho a la educación y la garantía de condiciones de mayor igualdad y justicia educativa en los sistemas escolares. Entonces, frente a lo que habían sido procesos de privatización, de pérdida de derechos, de exacerbación de los discursos sobre la calidad, la eficiencia, el rendimiento, en los gobiernos progresistas del primer ciclo, se vinieron a recuperar las banderas tradicionales e históricas, y en algunos casos, con algunas iniciativas muy exitosas de promoción del derecho educativo a través de una acción pública muy destacada, intensa, de mucha intervención. Tenías las misiones de Chávez en Venezuela que fueron muy importantes de inclusión educativa, tanto en el nivel primario como en el nivel universitario; lo que fueron las políticas de acceso a la universidad en Brasil o en Argentina; el programa educativo de la revolución ciudadana en Ecuador o en Bolivia; también una política de mejora de las condiciones de trabajo para los y las docentes; y en algunos casos políticas de apertura, de más diálogo y negociación con sectores sociales vinculados al campo educacional. En definitiva, los primeros 15 de los gobiernos progresistas, lo que vimos fue que la educación pasó a ser parte central de las políticas de afirmación y promoción de derechos; en algunos casos se vio un claro incremento en la inversión pública educativa; y era como una especie de reparación con respecto al desastre que había dejado la década del ochenta y noventa con los gobiernos neoliberales, los cuales habían reforzado las herencias dictatoriales. Por lo tanto, fue una gran conquista, que tuvo buenos resultados y que dejó enormes desafíos.

Este segundo ciclo que está comenzando, parece estar definiendo aún su horizonte, o sea, es muy difícil encontrar cuál es la marca en materia de política educativa de estos nuevos progresismos. La del primer progresismo fue la democratización, ampliación y generación de condiciones de desarrollo de una política educativa orientada a promover mejores condiciones de igualdad, de acceso, de permanencia y de valorización de la acción docente dentro del sistema. Aún, cuando por ejemplo, se mantuvieron cuestiones que eran muy críticas para sectores de la izquierda, especialmente la izquierda académica del campo educativo, como era la evaluación, que no se cuestionó, las evaluaciones nacionales e internacionales que permanecieron en casi todos nuestros países y algunos países hasta se profundizaron como en Brasil; eso no se cuestionó, permaneció, pero se le dio a todo eso continuidad, porque se decía que contribuirán a una mayor democratización, contribuirán a fortalecer la justicia educativa. En este segundo ciclo entonces, la pregunta es ¿hacia dónde va?

Una vez que hubo retrocesos, con relación a las conquistas del primer ciclo progresista, porque los gobiernos neoliberales que vinieron después hicieron retroceder buena parte de esas conquistas, ya no se configuró un discurso de reparación, de hecho, no tienes en los nuevos gobiernos del progresismo una crítica, como si la tenían los primeros, a lo que se hizo en los gobiernos neoliberales. El gobierno de Alberto Fernández de alguna manera al principio ensayó alguna crítica sobre la política educativa del gobierno de Macri, pero no profundizó en eso. Hay muchas explicaciones de por qué no lo hacen, porque los medios los acosan, cada vez que cuestionan el pasado los atacan como si fueran narco-chavistas que están poniendo en riesgo la democracia, y otras veces por convicción, porque creen que no estuvo tan mal. Pero no hay un cuestionamiento al pasado reciente. Y tal vez lo más preocupante, es que no hay un eje que parezca articular la nueva política educativa, cuando tenemos la mayor expansión del progresismo que conocimos en toda nuestra historia, inclusive mayor que la que había a partir del 2000-2003 en adelante en la región, porque además se han incorporado nuevos países como es el caso de Colombia, México, Chile. México podríamos decir que está reproduciendo un poco el modelo de política educativa del primer ciclo progresista, mucho énfasis en la democratización, en el acceso, en la creación de universidades, en un productivismo afirmativo, de la mayor igualdad, de mayor justicia social en el campo educativo. Pero lo que hace México no se parece demasiado a lo que está haciendo Argentina, Bolivia, Chile o Brasil. Yo dudo mucho de que en los próximos años veamos un elemento articulador como el que vivimos en el pasado, y esto no deja de ser un problema, porque si hay visiones muy diferentes dentro de los gobiernos progresistas acerca de qué es lo que hay que hacer en la educación.

Es interesante, por ejemplo, que desde los gobiernos progresistas del primer ciclo, a pesar de las diferentes especificidades nacionales, uno podía encontrar elementos articuladores o núcleos de sentido en la política educativa que permitían decir que un país tan diferente como Ecuador, Argentina, Venezuela, Bolivia, Brasil o Uruguay estaban haciendo cosas parecidas. Fíjate que un país con mucho menos injusticia educativa como Uruguay desarrolla durante el gobierno del Frente Amplio el Plan Ceibal, que es un plan de democratización, de una cosa muy pionera que, incluso después de la pandemia, puso como el gran referente de la acción educativa (necesario frente al aislamiento que se vivía por causa del COVID-19), un programa de distribución de computadoras para las familias, para los niños y las niñas, acompañado de una serie de acciones para democratizar el acceso a los bienes digitales, como un recurso educativo y pedagógico. Y esto se conectaba también con la política de valorización del trabajo docente de Brasil, que perseguía lo mismo, aun con otra herramienta política. Ahora, quizás porque los gobiernos están comenzando, con diferentes ritmos y en un contexto muy particular asociado a la pandemia, no se ve ese elemento articulador porque ni siquiera los discursos con relación a la desigualdad educativa son muy enfáticos. La desigualdad educativa no pasa a ser el eje de la acción. Las respuestas están muy poco vinculadas a una misma perspectiva o inclusive a una misma comunidad de preocupaciones que, en el primer ciclo progresista, esta si se creó, no solo en la educación, sino que en muchos otros campos. Hubo una integración de nuestros países en todos los campos y eso se notó. Nosotros hoy, tenemos un nivel de cooperación e intercambio educativo entre nuestros países con gobiernos progresistas casi nulo. Y esto no deja de ser un problema.

De hecho, fíjate que durante la pandemia, que fue un momento de extrema necesidad, nuestros países no cooperaron en las políticas sanitarias, por motivos muy diversos. Pero ningún país definió su política de compra de vacunas de forma articulada con otros países, lo que les hubiera dado mucho poder, mejor capacidad de negociación y los hubiera beneficiado. Argentina con México lo ensayaron, pero tampoco fue eso lo que solucionó el problema de las vacunas. Lo que la pandemia puso en evidencia es una cuestión que antes parecía estar más presente y más en evidencia, y es que los gobiernos tienen que cooperar en materia educativa. Y no solo nuestros gobiernos, también nuestras organizaciones sindicales, el movimiento magisterial, los estudiantes. Ese diálogo que existió en la pre-pandemia en el primer ciclo progresista, y que la pandemia puso en evidencia, es que era absolutamente necesario, que nuestros países cooperaran no solo en materia de políticas sanitarias, sino que en todos los campos. Hoy se ve mucho más desdibujado y hay muy pocos espacios efectivos de cooperación en la política educativa regional. Quizás en la política científica se empieza a recuperar un poco y eso impacta en las universidades, pero tampoco es que estamos ante la emergencia de un nuevo momento de gran integración en la región, por lo tanto, yo creo que, aunque todavía es prematuro para hacer un balance de qué va a pasar con la educación en el nuevo progresismo, lo que sí parece es que la educación no está generando una nueva mística de combate, de movilización, de lucha, de acción. Y las propuestas que se llevan a cabo o bien son muy modestas, tradicionales o desconcertantes, porque en algunos casos no sabemos muy bien qué es o para qué se supone que sirve, o en qué se diferencia la política educativa de un gobierno progresista de la política educativa de un gobierno de derecha, y eso no deja de ser un problema.

Una de las preocupaciones que circula dentro de las perspectivas críticas de la educación acá en Chile, se encuentra asociada a cómo se pueden impulsar ciertos procesos o políticas educativas que permitan ir avanzando en la superación de la subjetividad neoliberal, tan arraigada en nuestra sociedad después de más de cuatro décadas de neoliberalismo extremo. Entonces, considerando esto, te queríamos pedir si puedes profundizar con respecto a las políticas educativas o culturales que en este terreno se impulsaron en el primer ciclo progresista.

Eso es interesante porque al mismo tiempo que el progresismo se des internacionalizó o bueno, dejó de aspirar a construir un espacio de diálogo y de unidad de perspectiva, que sí lo tuvo en el primer ciclo, sin lugar a dudas. La derecha al contrario sí lo ha hecho. Como ya señalé, hace como 15 o 20 años atrás, tú podías encontrar muchos elementos comunes de la lucha por la igualdad educativa en países con tradiciones educativas muy diferentes, y a pesar de las diferencias de sus políticas reconocerlas. Hoy tú puedes hacer eso con las derechas que, a pesar de las diferencias entre países, en el campo educativo, si tienen respuestas que son muy parecidas, y una es por ejemplo, la crítica al adoctrinamiento. Eso lo vas a escuchar en todos los paisajes de América Latina. Entonces debería ser una preocupación hoy de nuestros gobiernos, el cómo la educación contribuye para construir una nueva subjetividad democrática o por lo menos fortalecer los valores de una sujetividad democrática, pluralista, abierta y libre, por decirlo en la versión social liberal democrática más básica, menos represiva, más abierta, más solidaria. Que resista al miedo que genera el odio neoliberal y neofascista que vemos todos los días exacerbarse en nuestra sociedad. Es un problema de todos los países, de hecho, yo no conozco personalmente ningún foro, encuentro de ministerios que estén trabajando en esto. Frente a ello, cuando los gobiernos ensayan alguna idea o algún funcionario dice que va a hacer algo en este campo, se los masacra bajo la acusación de que están adoctrinando. Y no lo dicen sólo cuando hay que combatir las concepciones neofascistas que impregnan nuestras sociedades. El odio de la derecha se despliega incluso cuando nosotros hablamos de la educación sexual integral, que se reclama como un derecho inalienable de la familia, de la privacidad y no de la esfera pública.

Entonces, fíjate que interesante. El movimiento de mujeres se ha transformado en un movimiento internacional: hay cooperación, hay dinamismo, pero las estrategias de cooperación en materia de políticas feministas en el campo educativo no replican ese internacionalismo. Cada ministerio hace lo que puede, lo que quiere. Un detalle, no viajan prácticamente los ministros, a menos que haya algún encuentro internacional, algo de la UNESCO; no se encuentran, no hay espacios de encuentro. Pero es curioso porque en los movimientos feministas si hay espacios de encuentro, pero hay muy pocos espacios de encuentro de un feminismo que trabaja en educación para compartir una cuestión tan importante como la educación sexual integral que es un problema en Chile, en Argentina, en México, etc. Y nosotros en América Latina tenemos una ventaja, y es que es muy fácil cooperar entre nosotros: podemos hacer un material de trabajo para las escuelas y compartirlo sin mayores inconvenientes.

Pero la derecha consiguió encontrar organizadores y la política funciona a partir de referencias, de organizadores, de núcleos de sentido, de banderas y horizontes, llámalos como quieras, pero en la política tiene que haber siempre un fin que la gente reconozca y ese fin es el que te permite determinar las fronteras entre el bien y el mal. Es muy dicotómico, pero así funciona la política, si yo no sé quiénes son mis enemigos, si no sé quiénes son mis adversarios, si no sé quiénes son los que me combaten, no puedo congregar a la gente a luchar por un ideal. Nosotros, creo que por ejemplo en la década anterior, con relación a la calidad educativa, perdimos esa batalla, porque el progresismo educativo había mostrado que ese formato de evaluación de la calidad era terrible, porque generaba desigualdad, competencia, fragmentaba el sistema escolar; generaba un sistema de premios y castigos negativos. Y nuestros gobiernos no quisieron entrar en esa batalla, lo que fue un problema, porque ahí la derecha siguió avanzando y nuestros gobiernos iban a todos los foros internacionales y se metían en callejones sin salida o en abismos profundos. Entonces no pudimos establecer ese embate político en el campo de la calidad, porque no le pudimos contraponer a la calidad neoliberal, un modelo de calidad alternativo, creíble. Quizás los gobiernos pensaron que con nuestro modelo de calidad sustantiva, democrática, social o como se llamara, no ibamos a convencer a nadie, porque ni a ellos los habíamos convencido, entonces esto también es un fracaso del progresismo académico de la educación.

Pero si se construyeron otras banderas. La política de promoción del acceso a la universidad marcó una frontera en Brasil. O estabas a favor o en contra. Estas a favor de que los hijos de los trabajadores y trabajadoras, las familias trabajadoras, de que los pobres tengan acceso a la carrera de medicina, porque eso no se logra con la meritocracia, se logra con política. Yo tengo que hacer política para que la hija de una empleada doméstica llegué a estudiar en las carreras de medicina, ingeniería o servicio social. Tengo que hacer política, el Estado tiene que intervenir y esa política sale cara. En Brasil, la derecha salió a rechinar por todos los rincones diciendo que eso era inconstitucional y el PT dio la batalla y la ganó, estableciendo un hito en la historia brasileña. De hecho, hasta hoy, a pesar del golpe, nadie sacó la política de cuotas, nadie se animó a tocarla. En Argentina, en otro campo, el de los derechos humanos y la lucha por los derechos humanos en educación, eso lo instaló el gobierno de Alfonsín, pero se fue instalando y hoy nadie lo toca. El gran tema hoy es ¿cuál es la bandera del progresismo? ¿cuál es nuestra frontera? ¿cuál es nuestro ideal?.

A mi no me gustan las comparaciones de la política con la guerra, porque creo que en un mundo como este que se está desangrando en guerras de diferente tipo, usar la guerra como metáfora no está bueno. Pero, no deja de ser verdad que, uno cuando sale a hacer política, sale a conquistar algo y ese objetivo a conquistar tiene que transformarse en un elemento deseable, en una aspiración colectiva o, como se dice en Argentina, en una mística. Es algo que hace que uno pueda dejar todo. En Chile, me acaban del contar una historia que resume mucho de eso. Un compañero que pertenece al gobierno pero que también estuvo muy involucrado en la campaña del apruebo, me contó que un día salió a la calle a panfletear para el plebiscito, y se encuentra con una persona, un señor grande, y el señor lo abraza y le dice: mira, yo estoy convencido que con esta nueva constitución me van a robar mi pensión, pero aún así la apruebo porque hay que enterrar la constitución de Pinochet. Eso es mística, aunque este equivocado, porque el tipo creía en un objetivo, en una causa mayor. La pregunta es ¿qué estamos haciendo para construir eso? Porque como te decía, la derecha sí lo está haciendo, está construyendo una épica de combate contra el autoritarismo de izquierda, la falta de libertad, de que la gente pueda elegir con más libertad, la falta de calidad que, según ellos se da cuando hay más competencia y cuando le pagamos más a los que trabajan mejor y menos a los que trabajan peor, a la vagancia, a la falta de méritos, a la falta de estímulos. Y si tú escuchas un ministro de educación de un gobierno de derecha argentino, uruguayo, chileno, mexicano, brasilero o francés, te dice lo mismo. Pero si escuchas a un ministro de educación de un gobierno progresista, de un país o de otro, no dicen lo mismo. Pero la cuestión es ¿cuál es el horizonte de lucha, el horizonte místico, el horizonte que convoca? Una cosa que tenemos en América Latina, a diferencia de cualquier otra región del mundo, es una juventud dispuesta a movilizarse. En Chile tienes un colectivo de estudiantes que se moviliza; en la Argentina tienes una militancia política joven que es verdaderamente sorprendente; en Brasil tienes comunidades, redes. Bueno, ¿a qué los invitamos? ¿a gestionar la educación?

Y es verdad que hay cosas que se nos hacen muy difíciles en un contexto internacional. De hecho, salir a decir que vamos a duplicar el presupuesto educativo parece poco realista. Entonces no podemos prometer que se van a duplicar las partidas de finanzas en educación, todo bien. No podemos prometer que van a mejorar los salarios docentes, todo bien. No podemos prometer que vamos a cambiar el sistema de evaluación, todo bien. No podemos prometer que vamos a ampliar los contenidos para hacerlos más democráticos, más progresistas, más pluralistas, más abiertos, más transversales, todo bien. No podemos prometer que vamos a hacer nuestras escuelas más participativas, porque eso dinamita la autoridad de la jerarquía docente y de los directivos. No podemos prometer esto, no podemos prometer aquello, y llega un momento en el que nos terminamos pareciendo mucho a los que nos gobernaron, pero con la idea de que alguna vez haremos algo diferente que nunca llega. Y esto es un problema. Yo creo que estamos todavía a tiempo de evitarlo y para eso creo que hay que ser más ambiciosos, no más radicales ni más exacerbados, ni más violentos en el discurso, sino más ambicioso, más creativos.

Y para eso hay que hacer algo, que se hizo en el primer ciclo progresista, pero que ahora se está haciendo poco, y es que desde los ministerios de educación se construya política educativa con los aliados: con los estudiantes, las comunidades escolares, los sindicatos, con redes de académicos y académicas, intelectuales, asociaciones profesionales. En la actualidad uno ve que hay algo de miedo, de temor, porque es verdad que cuando la izquierda sale, la derecha también sale, nos impugna y nos ataca. Pero ese espacio de alianza, con esa comunidad activa, es central. El problema es que cuando la izquierda no hace eso de entrada, se hace muy difícil hacerlo al final, porque nadie puede llamar a la comunidad educativa a debatir el futuro de la educación a seis meses de las elecciones. No te cree nadie, si no llamaste a las organizaciones en tres años y medio, nos los puedes convocar al final a discutir el programa de gobierno. Eso sirve cuando uno es oposición, pero si eres gobierno, eso genera una pérdida de credibilidad, una pérdida de sentido político, de mística, de horizonte. Pero estamos a tiempo de evitar que esta sea una época melancólica en materia educativa.

Pablo, siguiendo con uno de tus ejes de reflexión, existe una preocupación de algunas organizaciones estudiantiles y docentes, sobre la agenda educativa que tienen los grupos de extrema derecha. En Chile conocemos bien de las perspectivas neoliberales, las políticas privatizadoras, de gerenciamiento, pero queremos pedirte si puedes compartirnos algunas reflexiones sobre qué ha movilizado en términos discursivos y políticos la derecha dura, sobre todo a partir de la experiencia brasilera.

Hay dos cosas que son bastante evidentes a partir de la experiencia de lo que han sido gobiernos neofascista en la región, que combinan el neoliberalismo y el neofascismo de manera bastante particular, como es el caso de Bolsonaro en Brasil o Lasso en Ecuador. Son gobiernos que mantienen todos los elementos de la política educativa neoliberal: tendencia al mercado educativo, competencia, privatización, criminalización del sector docente. A eso, le agregan un componente moral muy fuerte, lo que en Brasil se formuló como la Escuela Sin Partido o la ideología de género o el cuestionamiento al adoctrinamiento. Pero también se le suma un elemento que, el neoliberalismo lo tenía, pero ahora se expresa mucho más sofisticado en sus aspiraciones, que era el hacer de la educación un gran negocio. El neoliberalismo lo hacía con las consultoras, con los prestadores de servicios, con las ONGs, con las fundaciones, con los bancos. Criticaban mucho que el Estado desperdiciaba mucho dinero en las políticas educativas para los pobres, pero luego ellos hacían un contrato millonario con alguna empresa para reformular el currículum de un municipio y no se le caían los anillos. Hacían negocios inescrupulosos pasando los recursos públicos a organizaciones privadas que se llenaban de dinero.

Con los gobiernos neofascistas se desarrolla esto de manera mucho más impúdica, y estableciendo algunas alianzas diferentes, por ejemplo, con las iglesias evangélicas. Bolsonaro tuvo cinco ministros de educación y casi todos estuvieron vinculados a actos de corrupción de diferente tipo, pero fundamentalmente vinculados a transferencias de recursos públicos, presupuestarios, a iglesias evangélicas. Entonces son gobierno con enormes problemas de corrupción. Porque, aunque nosotros digamos que la educación no es un negocio, la educación si es un buen negocio, para algunos. Lo que más están haciendo estos gobiernos es privatizar servicios que se le prestan al sistema educativo. En Brasil los evangélicos participan en programas asistenciales. Cuando se les vende a los ministerios una consultoría para mejorar la calidad de la enseñanza de la matemática, eso da menos trabajo y es algo mucho más oculto, por tanto, la ganancia es extraordinaria. Lo que ha hecho que la corrupción educativa aumente en América Latina con los gobiernos de derecha. Ya no entregan la gestión educativa, porque además en algunos países los niveles de privatización han llegado a su límite. Uno le puede cobrar a la gente que puede pagar no a los que no tienen dinero. Ahora, los que no tienen dinero, tienen currículum, tienen profesores que se forman.

A lo anterior, hay que sumarle, y el caso de Bolsonaro fue trágicamente ejemplar, ya que diseñó en Curitiba un programa de escuelas gestionadas por organizaciones militares, en las que se las cedían a la fuerza de seguridad para que las administre, argumentando que las escuelas son verdaderos quilombos, donde los chicos y las chicas hacen lo que quieren, no hay disciplina, los padres no saben educar a sus niños, y ¿quién puede hacer esto? el Ejército. Por suerte aquí todavía no se les ocurrió eso porque Chile sería ideal para esto. Muchas personas seguramente pensarán que si los Carabineros administran escuelas públicas, las escuelas funcionarían mejor, más disciplinadas, más ordenadas, porque nadie jode con los Carabineros, con la policía. Entonces lo que es esta derecha, es una es una versión mucho más exacerbada, violenta, radical de la reforma educativa. De hecho, esto de transformar escuelas públicas en escuelas militares, en escuelas de cadetes, es brutal, pero tiene elementos que nos permiten ver cómo funciona la política cuando trabaja sobre referentes en los que la gente cree, aunque sea trágicamente.

La gente en Brasil sí cree en la autoridad policial, cree en la autoridad militar y cree que el ejercicio de esa autoridad puede ser un amortiguador de los problemas que tienen en la vida cotidiana: la violencia, la delincuencia, la inseguridad. Los neoliberales de la década del noventa le decían a esas personas que sus hijos debían ir a escuelas donde les enseñaran inglés, matemática y computación para que encontrar un buen empleo e incluso llegara a ser millonario. La gente sigue esperando que sus hijos tengan buenos empleos e incluso lleguen a ser millonarios, pero ahora la gente tiene miedo, tiene miedo a que a su hijo lo maten, que caiga en las drogas, que su hijo tenga malas compañías. Frente a estos temores, a esta fragilidad, vienen los neofascistas y les dicen: sabes que no te voy a poner un policía en la puerta de la escuela, te voy a poner a un policía de director y un sector de la sociedad delira de alegría. Y a la izquierda le queda muy difícil cuestionar esto, porque se queda al lado de la criminalidad, del lado del delito. Y ¿qué quieres? ¿que las escuelas sean un caos? ¿que no haya autoridad?. Porque cuando tú le planteas a alguien que una directora de escuela puede tener autoridad y eso lo compara con la autoridad de un carabinero, parece que estás comparando a Messi con un jugador de fútbol de barrio. Entonces, la derecha acá ha mostrado capacidad de avanzar en territorios que le eran muy difíciles, porque nosotros paralelamente no estamos innovando para contraponer las escuelas militares, por ejemplo, esta idea de militarización de las escuelas, con un ideal de liberalización. Y esto no deja de ser una trampa, a la izquierda muchas veces le pasa eso.

A veces frente a la tragedia la única solución es el orden. Ahora cuando la izquierda se transforma en el partido del orden, la izquierda empieza a fragilizar su capacidad para presentarse como una alternativa de futuro. Cuando la izquierda se transforma en el partido del orden pedagógico, y además pierde aliados dentro del campo pedagógico, porque es verdad que táctica o estratégicamente a veces es mejor defender lo viejo que crear algo nuevo que es mucho peor. Pero cómo convencer de eso a todos los compañeros y compañeras que hace décadas vienen luchando por cambiar la escuela. Que lo que hay que defender es lo que teníamos antes. Lo que eso genera es desafección política. Porque no quieren pactar con el discurso del tráfico, de la violencia, del odio, pero tampoco quieren resucitar lo que combatieron toda la vida. Y eso creo que es el desafío. Yo estoy convencido, y esto lo decimos desde hace muchos años, cuando Perry Anderson realizó esa conferencia, que organizamos nosotros en la Universidad de Río, sobre los sentidos del neoliberalismo, que decía, bueno, hay que aprender de la derecha, uno puede no compartir los valores, no compartir las estrategias, pero no puede dejar de aprender que la derecha sabe que la política es una guerra de sentidos, y que el que gana el sentido de las palabras, gana parte de la batalla. Y la derecha está resignificando el sentido de la escuela y para nosotros el refugio muchas veces es defender la escuela del pasado.

Y eso no pasó hace 15 años atrás, en algunas cosas se defendió lo viejo y en otros casos se innovó, se creó, se ideó. Y esos cambios tuvieron un impacto directo en la vida de mucha gente. En la Argentina hubo un Plan Conectar Igualdad con el que en un poco más de tres años se distribuyeron seis millones de computadoras, en el gobierno de Cristina Kirchner. Si calculas que en cada familia hay de dos a cuatro personas, tienes 24 millones de personas de la población Argentina que vio esas computadoras. Los chicos las manejaron, unos si otros no, pero llegó a la casa una cosa nueva vinculada a un derecho. Te la dieron, no te la regalaron. Te la dió el Estado en comodato para que aprendas. Y en la pandemia, no hemos llegado en Argentina a un millón de computadoras, en el mismo tiempo en que Cristina distribuyó seis. Y claro, hay crisis económica, hay problemas de gestión, hay un montón de cosas que explican por qué. Entonces, ¿qué le vamos a pedir a la gente? ¿Que nos defienda? ¿Quién vio el cambio educativo? Por el contrario, la derecha hace cosas que impactan, que la gente ve.

Adicionalmente, la respuesta autoritaria de los gobiernos neofascistas ha avanzado en procesar a los padres y madres de jóvenes, de niños y de niñas que están ocupando algunas escuelas por motivos muy puntuales. La derecha da una respuesta autoritaria, antidemocrática, pero es una respuesta pedagógica, que muestra hacia dónde van. Aquí la autoridad la ejercemos nosotros, aquí no hay derecho a manifestarse políticamente. El que jode, lo paga con un juicio penal, porque están invadiendo un espacio de la propiedad privada, un espacio del Estado. Que los estudiantes ocupen las escuelas nunca dejó de ser un derecho, de manifestarse en un espacio público, lo que ahora se transforma en un espacio privado y los padres se transforman en los sujetos penales de la acción de sus hijos. Y ¿cuál es la respuesta nuestra frente a esto? Porque la peor respuesta en política es la falta de respuesta. Entonces ¿qué le decimos a esos padres? ¿les ponemos un abogado para defenderlo del juicio? ¿les explicamos que esto es una medida autoritaria? ¿salimos a apoyar a los chicos en las escuelas? ¿cuál es la respuesta? Cuando nos quedamos callados, nos quedamos omisos, lo que hacemos es ceder territorio, y eso es lo que está ocurriendo.

Y para cerrar esta entrevista, queríamos pedirte unas breves palabras destinadas al profesorado, los/as educadores, los/as trabajadores/as de la educación que, el 04 de septiembre y con la derrota de la opción “apruebo” en el plebiscito de salida de la propuesta constitucional, sentimos un duro golpe con respecto a la posibilidad de generar transformaciones estructurales al sistema educativo. ¿Qué reflexiones te gustaría compartir con los compañeros y compañeras de Chile?

Motivos para la decepción y para la frustración de los demócratas siempre hay, porque la historia muestra que el camino de la victoria está repleto de derrotas y las derrotas son oportunidades de aprendizaje. Entonces, ustedes hicieron un proceso verdaderamente extraordinario. Ahora estamos en el duelo, entonces es muy difícil que el magisterio chileno, que tanto ha luchado por la educación pública, que tanto se ha movilizado, detenga sus luchas. Porque verdaderamente es muy difícil ser un/a docente progresista en Chile, porque este país se puso como modelo la reforma educativa neoliberal, fue un modelo para el mundo, no solamente para América Latina. Entonces acá era muy difícil resistir, y ustedes resistieron, se mantuvieron y llegaron a tener un gobierno progresista, en un país en que nunca nadie se imaginó que habría un gobierno encabezado por jóvenes herederos de la lucha estudiantil. Por lo tanto, motivos para deprimirse hay, pero también motivos para reconocer y celebrar las victorias. La propuesta de Constitución fue una victoria. Quizás ahora uno, con el diario del lunes, se puede dar cuenta de los errores, pero lo más importante, claro que era aprobar la constitución, pero también el llegar a construir esta Constitución. Yo lo decía ayer, sobre los artículos relativos a educación: son los que hay que poner en una Constitución, en cualquier lugar del mundo, tienen que estar. Algo más también, pero lo que allí está, seguro. Si mañana le podemos agregar alguna cosita mejor, pero lo que ya hicieron se corta y se pega en la Constitución de un francés, de un canadiense o de un español, y estamos hablando de países que tiene una tradición democrática en educación.

Entonces, se consiguió eso y cuidado que la derecha juega mucho con nuestra depresión. Y como nosotros de izquierda, somos generalmente mucho más extrovertidos que la derecha para expresar los sentimientos, eso es aprovechado hoy por el discurso de la excepción. Siempre te van a hacer tropezar. Y nosotros a pesar de habernos tropezado muchas veces, nos hemos levantado muchas veces. Y es verdad que no nos ha ido tan mal, aunque es cierto que todavía hay muchas cosas por hacer. De hecho, tenemos la oportunidad que estamos teniendo, porque nosotros hemos hecho muchas cosas bien, pero además porque quienes nos antecedieron lo hicieron. Tenemos una deuda con las luchas anteriores. Esa memoria de las luchas tiene que ayudarnos a pensar que, si Chile tuvo esta Constitución, aún fallida, es porque aquí hubo maestros y maestras desaparecidos; porque hubo maestros y maestras que lucharon contra la dictadura, que lucharon también contra los gobiernos democráticos que le sucedieron, que hicieron y construyeron espacios de movilización; que hubieron estudiantes que trabajaron y construyeron espacios de movilización y de lucha. Y como dice el Pepe Mujica, la historia avanza haciendo curvas, no hay derrotas en definitiva porque tampoco hay triunfo definitivo. Yo creo que de lo que se trata es de recoger las banderas, ver lo que pasó, recuperar las conquistas que hemos logrado y, sobre esa base, avanzar. Porque el problema de la desafección política es que tira al basurero todo lo que se hizo y, por el contrario, aquí hay un piso que ya está logrado.

Y como la educación no fue un tema que se tocó, yo diría, esto no se toca. Ese es su piso, que no se los roben, porque lo que la derecha quiere hacer es cambiar eso también. Lo que muestra el plebiscito de salida es que los problemas estuvieron asociados a la justicia, a la nacionalidad, a la economía, a otros temas. Yo por lo menos no vi grandes críticas al tema educativo, y es interesante porque este es el país con mayor privatización de la educación, con más discursos privatistas, más credencialista, más autoritario en muchos casos con relación a la educación. Sin embargo, yo creo que esa lucha por la educación aquí se asemeja con la lucha por los derechos humanos en la Argentina. Nadie se quiere meter, porque saben que ahí se meten con fuego, porque ustedes tienen poder, porque salen a la calle, porque les tienen miedo. Y claro, es bueno que la derecha tenga miedo, porque no se anima a tocar. La derecha no es que apoye a los derechos humanos en la Argentina, le tienen miedo a las Abuelas, a esas viejitas de 98 años. Se aterrorizan. Porque cuando ellas abren la boca, los destruyen. Entonces, ellos dicen que defienden los derechos humanos, pero afilando los cuchillos por el día que tengan la oportunidad para volver a violarlos. Entonces, empiecen a reconstruir desde ahí, porque eso es una conquista de ustedes. No es algo que quedó en el camino porque la derecha se olvidó. No se olvidaron. Y si no lo defienden, lo van a cambiar, porque ellos están con nostalgia de ese pasado doloroso que fue un modelo de privatización educativa que dejó Pinochet como herencia para Chile y el mundo.

Entonces qué les diría: sigan, sigan, porque es en la continuidad que se gesta la victoria, no en el momento. La elección fue un momento, pero sigue. Y si hubieran ganado el plebiscito, también había que seguir, entonces tenemos que seguir. Y esperar que los errores que cometimos esta vez, que no nos permitió ganar, no los repitamos en el futuro para volver a perder. Y aún si los repitiéramos, también la respuesta sería la misma, adelante, adelante, siempre…

Pablo Gentili es doctor en Educación. Profesor e investigador de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ). Ha sido Secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), coordinador del Observatorio Latinoamericano de Políticas Educativas (OLPED), director de sede Brasil de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y secretario ejecutivo del Consejo Internacional del Foro Mundial de Educación. Actualmente se desempeña como Coordinador Ejecutivo de la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales – ELAG.

J. Fabian Cabaluz. D. Docente e investigador de la Universidad de Playa Ancha. “Grupo de Pedagogías Latinoamericanas: educación, política y ciudadanía”. Valparaíso, Chile.

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