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DON… el maldito don. Por Ricardo Espinoza Lolas

…a Jaume…

A veces no es tan bueno ver porque todo ver se vuelve contra el que ve.

Es interesante indicar que ya en los profetas semitas como en los adivinos griegos tener el don de ver era un tremendo peso para precisamente el que ve y que, además, siempre lo pasa muy mal viendo lo que ve; y luego informando lo que ha visto al resto: rey, héroe, pueblo; incluso hay visionarios como Casandra que además no se les cree lo que ve y esto se vuelve peor todavía. Y si ese don no fuera del todo excepcional ni en el horizonte mágico semita en que todo opera como caído del cielo, desde el otro mundo, ni menos en el horizonte griego en que en el mismo plano de inmanencia de todo lo real se muestra inicialmente como mito, es decir, si el don no fuera ni mágico ni mítico, ni trascedente ni inmanente, sino que solo fuera un cierta manera que tenemos los humanos de vincularnos los unos a los Otros de modo constitutivo en cuanto nos miramos a los ojos, nada de simbólico, ni de etéreo o metafórico, sino simplemente mirarnos a los ojos, esos que llevamos en la cabeza, y, en ello, algunos pueden ver al Otro que nos constituye en toda su radicalidad, esto es, en su dolor y alegría.

Sin embargo, en ese ver al Otro, en su radicalidad, el don opera como un ver que lo ve, no es muy extraordinario, es lo que somos, es decir, animales libres sexuales, mortales, socio-históricos, y cuando se da ese ver a los ojos, en la materialidad de lo que somos, podemos vernos en ciertos gestos constitutivos que son fundamentales para resolver los problemas urgentes que nos acechan y nos insegurizan y, en definitiva, nos angustian y nos volvemos en unos muertos en vida, atrapados en los laberintos que nos damos. Tener el don para ver al otro en sus ojos nos indica un modo de profundizar en eso problemático que nos hace sufrir día a día. Y es muy importante señalar que el que tiene el don no es que sepa la solución de nuestros problemas que nos llevan al laberinto y nos sumergen en el dolor, el cual es reflejo de la propia patencia de nuestra finitud sin sentido alguno que nos constituye. El que tiene el don, repito, formalmente no sabe, no tiene idea de cómo resolver tal o cual problema real material de cada uno que nos taladra día a día, pero sí sabe darnos artilugios, pistas, vías, juegos, para que NosOtros podamos construir una respuesta y, a la vez, una salida posible a tal problema.

Tener el don es algo que no se pide ni exige a nadie, ni a ningún dios, solamente acontece en el que lo tiene y, a veces, no sabe ni que lo tiene, solamente sabe que tal o cual persona en su angustia lo busca para contarle sus problemas y él, el del don, mirándolo a los ojos, más allá de tal narrativa concreta empieza a ver y a ver distintos artilugios y cada uno da posibilidades para enfrentar esos problemas, disolverlos, resignificarlos, conjurarlos, eliminarlos, mandarlos a la mierda, lo que sea. El que tiene el don solamente dice lo que ve y el otro es el que tiene que ver a su vez, qué es lo que necesita para dejar de estar en dicho laberinto que lo angustia y despotencia.

Cuando he tenido la posibilidad de conocer a los que tienen el don de vernos he flipado porque, por lo general, ni ellos saben lo que hacen, pero lo hacen y, a una, son tan finos en sus artilugios que nos regalan que si nos percatamos de ello, los del don saben y viven lo que es el amor, un cierto vínculo transferencial en que el Otro que nos constituye se nos vuelven realmente en un Otro singular. El problema del que ve es que se va cargando con todo el problema de un singular y de otro singular y otro singular; y, su vez, un tal singular quiere que de nuevo el del don le abra los ojos, y el otro también lo busca para eso y así el del don se va volviendo en el animal más cargado del mundo, en un animal pesado, totalmente responsable de su don y de lo que dicen de él los otros que los buscan una y otra vez (sin cansancio) y así el del don termina siendo un esclavo de cada uno de NosOtros, de las singularidades que no acechan. Y el del don se vuelve en un esclavo en el fondo de su propio don y, por tanto, nunca termina viéndose a si mismo, sino solo al otro que lo reclama una y otra vez para que lo ayude; y la Maldición de su ver lo lleva por el abismo de la melancolía, esto es, de su narcisismo y soledad más radical; y así acontece la obsesión de no poder nunca estar tranquilo consigo mismo, porque el don siempre se le actualiza en cada momento, en cada espacio y en cada momento el humano doloroso en el que nos hemos convertido.

Y esto lleva al del don, al visionario, a querer quitarse los ojos para poder vivir más tranquilo y así dejar de ver y que nadie lo busque, pero su maldición continua y sigue viendo aunque no tenga ojos. Muchos de nosotros rozamos cierta felicidad gracias al que tiene el don de vernos y de mostrarnos esos artilugios, pero en cambio el otro que ve vive en el infierno atrapado en el propio laberinto de su don, pues haga lo que haga éste lo persigue como un tábano que lo aguijonea de forma constante. Entonces ¿qué puede hacer el otro, el del don, que no deja de sufrir ni arrancándose los ojos?

Por lo que he leído nada de lo que haga funciona, pero absolutamente nada, está condenado a una cierta soledad, como un viejo Edipo, pero sin Antígona, a vivir, errante, de un lado para otro, porque cuando se asienta en algún lugar creyendo que puede estar a gusto y feliz, aparecemos NosOtros con nuestros problemas y los acechamos y les pedimos respuestas, se las exigimos, y el del don, como buen esclavo de sí mismo, inicia a hablar y a regalarnos sus artilugios y, a la vez, el del don ya sabe que es tiempo de irse de ahí, porque lo han pillado y saben que es alguien especial. Y así el del don se va, como Shane, Bruce Banner, como un simple don nadie, se aleja para dejar de ver los ojos del Otro por algún tiempo y así poder vivir de alguna manera posible, aunque sea miserable. La triste historia del humano con don es como un ángel literalmente caído entre los humanos, como un personaje de Wim Wenders, que camina haciendo camino al andar y al volver la vista atrás ve solo estelas en la mar. Este miserable humano que se vive en forma caminante y en espectral lejos de todos, pero cuando aparece brilla como los antiguos dioses paganos y es un faro en medio de tanta estupidez laberíntica de nuestros tiempos de capitalismo y nihilismo inexorable.

El miserable caminante errante ilumina a un pueblo determinado y luego se marcha, como los antiguos cínicos griegos, que llegaban a mediodía, a plena luz, con una linterna en sus manos y allí mismo en medio de todos, al verlos, les daban modos distintos de vivir y de generar vidas concretas afirmativas; y luego de esta performance se marchaban rompiendo la linterna en el suelo y dejándolos a todos sumergidos en la oscuridad… la verdadera, la dolorosa, la de la intimidad, para que de esa pudieran construir algunos una luz más venidera y real que perdure en el diario vivir de cada uno.

Barcelona, 2 de agosto de 2023

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