La desfachatez ha alcanzado niveles difíciles de ignorar. Lo que vemos hoy en este sector político de José Kast ya no puede explicarse como mera improvisación, sino como una combinación alarmante de soberbia, incompetencia y caradurismo.
Cada día anuncian algo peor que lo anterior, como si gobernar fuera una obra de teatro mal montada, sin guion, sin preparación y sin el más mínimo respeto por la gente. Resulta todavía más irritante recordar que muchos de estos personajes pasaron años esperando su turno, cómodamente instalados en la banca, vendiéndose como la gran reserva moral y técnica del país. Al final, no eran más que humo.
Ahí aparece con claridad uno de los mejores ejemplos de este fraude político: un auténtico vendedor de humo, alguien que se coludió dos veces para estafar directamente a la ciudadanía y que, aun así, termina sentado en el Ministerio de Hacienda. Eso no solo constituye una señal de cinismo extremo, sino también una bofetada para cualquiera que todavía creyera que en este país quedaba alguna línea ética reconocible.
A su lado, una vocera incapaz de explicar con claridad, que transforma cada intervención en un espectáculo de confusión, torpeza y vacío. Y, por otra parte, un ministro de Vivienda con mentalidad de patrón de fundo, que mira en menos a los demás, ningunea, desprecia y actúa como si el cargo le otorgara el derecho de pasar por encima del resto. Además, paraliza una serie de acciones que eran esfuerzos mayúsculos de justicia territorial.
¿Y todavía hay quienes insisten en vender todo esto como algo distinto?
La supuesta superioridad moral con la que se llenaron la boca no fue más que una puesta en escena. Terminaron haciendo exactamente lo mismo que tanto criticaron, solo que, con más arrogancia, más desorden y mucho menos oficio. Esa es, quizás, la parte más grave: no solo han sido inconsecuentes, sino también profundamente inútiles en el ejercicio del poder que la ciudadanía les otorgó.
Todo esto nos hace pensar que la política de partidos, en este contexto, aparece podrida hasta la médula. Se ha convertido en una maquinaria de mediocres que se reparten cargos, discursos vacíos y cuotas de poder, mientras la ciudadanía contempla cómo se turnan la decadencia con total descaro. Y aunque a muchos les incomode admitirlo, al menos en el gobierno de Piñera existía un séquito de operadores que entendía el juego político y que, para bien o para mal, sabía hacer la pega. Aquí ni siquiera eso. Aquí lo que domina es el desorden, el amateurismo y una incapacidad preocupante para estar a la altura de las circunstancias.
Y lo de José Kast resulta sencillamente impresentable. Lo suyo no es liderazgo, ni convicción, ni proyecto de país. Es una vergüenza nacional. Representa la versión más burda de una política gritona, oportunista y vacía, que se alimenta del enojo, pero que es incapaz de construir algo serio. Hay mucha pose, mucha consigna y mucho discurso inflamado, pero al final solo queda el espectáculo, el fracaso y la desfachatez.
En ese sentido, está de más decir que en estos días se ha repetido como loro una frase miserable: “disfruten lo votado”. Una salida fácil, mezquina y bastante cobarde frente a la complejidad del momento que vivimos desde el 11 de marzo en nuestra vida cotidiana en Chile. Porque cuando todo se vuelve más incierto, más pesado y hostil, refugiarse en la burla no es una muestra de lucidez política, sino una forma de renuncia. Que al final es renuncia a pensar, a comprender y, sobre todo, a construir una salida colectiva.
En tiempos como estos no basta con reaccionar. Es necesario correr el cerco comunicacional, romper la comodidad de la frase hecha y volver a pensar la sociedad que habitamos desde los territorios, los lugares de trabajo, las poblaciones y las redes comunitarias. Hace falta hablar con empatía, recomponer vínculos y reconstruir los puentes que dejaron rotos la fragmentación, el repliegue y la derrota de Jara. Porque si algo ha ganado terreno en este periodo no es únicamente la derecha, sino también el cansancio, la desconfianza y la incapacidad de reconocernos entre quienes, aun desde diferencias reales, seguimos padeciendo las consecuencias del mismo orden.
Son tiempos difíciles, y no solo para quienes votaron por Kast. Son tiempos difíciles para todas y todos quienes cada mañana se levantan para trabajar, estudiar, cuidar, sostener la vida y regresar al final del día a una casa donde también habitan la duda, el miedo y la incertidumbre. La crisis no distingue con la claridad moral con que algunos reparten culpas en redes sociales. Golpea a la población trabajadora, a las familias endeudadas, a quienes viven con temor al despido, a quienes observan cómo se endurece el trato social, se normaliza el autoritarismo y se instala un sentido común cada vez más cruel.
Por eso, más que burlarnos, señalarnos con el dedo o celebrar el infortunio ajeno, lo que necesitamos es reunirnos, volver a conversar, volver a organizarnos y volver a reconocernos. Como ocurrió el 18 de octubre, lo urgente no es perfeccionar la ironía, sino reconstruir espacios de encuentro capaces de devolvernos una idea colectiva de dignidad y de felicidad. Esa sigue siendo nuestra mejor defensa frente a la política del miedo, frente al discurso de la amenaza permanente y frente al avance de un proyecto encabezado por José Kast, expresión nítida de una derecha recalcitrante, subordinada a imaginarios autoritarios y servil a figuras como Trump.
Porque José Kast de patriota no tiene nada. Lo suyo no es amor por el pueblo, sino obediencia al privilegio, culto al orden y desprecio por la vida popular. Lo que hoy se intenta instalar no es solamente un cambio de gobierno o de signo político. Es una verdadera pedagogía del castigo. Es decir, una forma de disciplinamiento social sostenida en el miedo, el resentimiento, la humillación del otro y la destrucción de cualquier horizonte colectivo. Se busca que aceptemos la crueldad como normalidad, que confundamos autoridad con abuso, que asumamos el encierro social como destino y que volvamos a una obediencia triste, sin comunidad y sin esperanza.
Frente a eso, la tarea no puede reducirse al pequeño placer del “te lo advertí”, ni a la superioridad moral del meme, ni a la satisfacción miserable de ver al otro equivocarse. Esa política es estéril: no convence a nadie, no organiza a nadie y no salva a nadie. La tarea real es mucho más difícil, pero también mucho más urgente: recomponer confianzas, fortalecer comunidad y volver a levantar una política desde abajo, con humanidad, memoria y coraje. Porque si la derecha avanza, no es solo por su fuerza, sino también por nuestras fracturas. Y si queremos enfrentar este tiempo oscuro, será menos desde la burla y mucho más desde la capacidad de volver a encontrarnos.
El autor es Profesor de Historia y Ciencias Sociales, Magíster en Geografía de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Doctor(c) del Programa de Doctorado en Geografía del Instituto de Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile, Chile. Financiamiento: ANID DOCTORADO NACIONAL 2022-661370.
Correo: fslizana@uc.cl
