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Dos relatos en conflicto: cómo la derecha instaló sentido común mientras la izquierda perdía claridad. Por German Ze Bernazar B.

Entre octubre de 2019 y diciembre de 2025, ¿qué cambió realmente en Chile?

La respuesta es incómoda: no cambió la realidad material dramáticamente. Sigue habiendo educación deficiente, salud precaria, pensiones miserables. Lo que se transformó de forma irreversible fue el relato. Fue qué cosa pensaban los chilenos que era el problema real. Fue a qué le tenían miedo.

En 2019 la gente temía la desigualdad, la precariedad cotidiana, ese miedo que se siente cuando no sabes si en fin de mes pagarás arriendo. Era miedo que movía, que gritaba en las calles. En 2025, el miedo cambió. Ahora era miedo al caos, a la inseguridad, a perder el poco orden que existe. Es un miedo diferente. Más visceral. Más inmediato. Es miedo que paraliza, que busca protección y autoridad que controle. Ese cambio de miedo es instalación de relato. Y uno de los dos relatos ganó completamente mientras el otro se perdía en vaguedades y promesas técnicas que nadie comprendía.

El relato que se instaló: orden vs caos

Kast no inventó un relato nuevo. Capturó algo que estaba flotando en la gente: después del estallido de 2019, la pandemia, dos procesos constitucionales fallidos, un gobierno que prometía transformación, pero no lograba resolver lo básico, Chile parecía caos. No caos literal. Pero caos donde nadie tiene autoridad real, nadie controla nada, todo se debate, nada se resuelve. La delincuencia sube cada mes. La inseguridad crece. Y los políticos hablan de "transformación estructural" como si eso alimentara a alguien.

Kast llegó con una propuesta peligrosa: No prometía transformación. Prometía recuperar lo que se perdió: Control. Orden. Autoridad. Dijo algo simple: "Yo arreglo esto. Con orden. Con autoridad. Con mano dura. Sin debate. Acción."

¿Es falso? Sí. ¿Es peligroso? Completamente. ¿Es claro? Totalmente. Y aquí está lo crucial: En tiempo de caos percibido, la claridad gana. No importa si es falsa. No importa si la solución es peligrosa. Lo que importa es que alguien dice "aquí hay problema, yo lo arreglo, así." Esa simplicidad brutal, seductora y peligrosa, es como un imán en tiempo de incertidumbre.

Porque después de años de ambigüedad, vaguedad, debate sin resolución, promesas incumplidas justificadas con explicaciones técnicas incomprensibles, la gente necesita que alguien diga cosas claras. Aunque anuncien represión. Aunque prometan control a través del miedo.

El relato de Kast se instaló porque respondía a algo real canalizándolo hacia lo peor. Se replicó masivamente en conversaciones de supermercado, juntas de vecinos, WhatsApp de amigos. Se convirtió en "verdad compartida": "Hay caos. Necesitamos mano dura. Este tipo promete orden." Y aquí está lo aterrador: cuando algo se convierte en sentido común, es casi imposible competir con argumentos racionales. Solo puedes competir con otro relato igualmente claro y resonante. La izquierda no ofreció eso. Ofreció exactamente lo opuesto.

El relato que se perdió: promesas en tecnicismos

La izquierda llegó al gobierno en 2022 con relato de transformación. "Vamos a cambiar el modelo, transformar estructuras, hacer una nueva Constitución que refunde el país." En 2021, cuando Boric ganó, ese relato tenía fuerza, épica, esperanza. Pero entre 2022 y 2025 nunca se concretó en realidad observable que la gente pudiera tocar y vivir.

Boric prometió: "Terminar con el CAE. Condonar la deuda. Fin del endeudamiento para estudiar." Era promesa clara, emocional. Para trabajadores cuyos hijos estaban agarrados de créditos durante 20 años, resonaba profundamente.

En octubre de 2024 llegó FES. No era fin del CAE. Era "cambio de modelo de financiamiento." El sistema tenía copago del 8%, criterios de unidades tributarias, reglas complicadas. Era indescifrable para un trabajador promedio. Lo que llamaron "fin del CAE" era "CAE con otro nombre." La gente seguía endeudada, pagando, solo con reglas complicadas que nadie entendía. Con esperanza de alivio que no llegaba de forma clara.

Con pensiones pasó algo similar. Boric prometió "terminar con las AFP." Era una promesa que movía a gente de 70 años, trabajadores cotizando 30 años en sistema que los roba. En agosto de 2025 se creó Seguro Social Previsional. Suena bien en teoría: 7% adicional de aporte del empleador. Pero las AFP se mantienen. Capitalización individual obligatoria. Pensión base baja, mejora gradual. Un jubilado piensa: "¿Dónde está el cambio? Sigo cotizando AFP. Sigo igual. ¿Qué cambió realmente?"

El gobierno llegó con promesas claras, emocionales. Pero cuando las implementó, las tecnificó. Las convirtió en política pública compleja que solo un grupo de personas educadas entiende. Pero la gente de a pie juzga si algo cambió o no cambió. Y en esto, no cambió.

El relato se volvió ambiguo, vago, perdido en detalles técnicos. "Estamos en proceso." "Hay resistencia." "Estos cambios requieren tiempo." Pero la gente no escucha esperanza, escucha evasivas. Y piensa: "Ellos no tienen control."

Si no tienen control sobre su propio programa, ¿quién puede tenerlo? La respuesta fue simple: Alguien que diga "yo arreglo." Alguien claro. Alguien que diga "aquí hay caos, yo lo ordeno, punto." Ese fue Kast. Y por eso ganó.

La dicotomía que se cristalizó

Se instalaron dos relatos irreconciliables:

El relato de Kast propuso orden. Control. Autoridad. Seguridad, aunque sea falsa, represiva. No se complica. Responde a inseguridad con "Seguridad." A falta de autoridad con "Yo controlo." A caos con "Eso se acabó." Es brutalmente simple. Es mentira, pero es claro. Cuando la gente tiene miedo, elige claridad aunque sea mentira. Porque la claridad falsa es menos aterradora que la ambigüedad. La gente prefiere ser gobernada por alguien que parece saber qué hace, aunque sea malo, que por alguien que improvisa.

El relato de la izquierda, por otro lado, ofreció transformación. Cambio estructural. Esperanza que falla. Requería funcionar, mejorar visiblemente rápido. Como no lo hizo, se volvió vago. "Estamos en proceso." "Hay resistencia." "La democracia es lenta." Lo opuesto a lo que la gente necesitaba.

La reflexión esperanzadora

Los próximos años traerán represión, erosión de derechos. Pero cuando la gente sienta que pierde derechos reales—educación, salud, trabajo—cuando descubra que "orden" y "represión" son lo mismo, el relato cambiará.

Entonces la izquierda tendrá oportunidad. Pero solo si aprende algo fundamental: La política no se gana con razón, sino con resonancia. La esperanza debe ser observable, no promesa teórica. Debe haber cambio visible, rápido, concreto. Claridad, no jerga.

La izquierda descubrirá que su adversario no es externo: es la tendencia a la complejidad teórica, la debilidad de preferir tener razón sobre tener resonancia, la enfermedad de hablar en jerga cuando debería hablar en claridad.

Cuando vea trabajadores perdiendo derechos, cuando entienda que sus explicaciones técnicas no convencieron a nadie, entonces, tal vez, sea capaz de cambiar.

Los relatos cambian cuando la realidad los desmienta. Cuando la represión haga que la gente recuerde lo que perdió. Cuando extrañen "transformación en proceso," la izquierda tendrá oportunidad de volver. Pero debe volver diferente. Siendo capaz de decir cosas simples. De prometer cambios concretos. De tener un relato claro que resuene.

Porque si no aprende, habrá otra vuelta de la derecha. Y otra. Hasta que pierda todo.

Pero hay esperanza. Mientras queden trabajadores que recuerden lo que se perdió, habrá tiempo para cambiar el rumbo. Solo necesita que la izquierda entienda: la claridad no es enemiga, sino herramienta. El relato es el campo de batalla. Y aún hay tiempo.

German Ze Bernazar B. Abogado

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