“Magda Lemonnier recorta palabras de los diarios, palabras de todos los tamaños, y las guarda en cajas. [...] En caja transparente guarda las palabras que tienen magia.”
Eduardo Galeano, Ventana sobre la palabra (IV), en Las palabras andantes.
Hay palabras que parecen técnicas, neutras, inevitables. “Ajuste” es una de ellas. Se pronuncia en conferencias económicas, informes financieros y cadenas nacionales con una serenidad casi quirúrgica, como si nombrara apenas una corrección administrativa, un movimiento contable, una necesidad transitoria. Pero pocas palabras han logrado esconder tan eficazmente el dolor que producen.
Porque detrás de cada “ajuste” casi nunca aparecen planillas vacías ni números abstractos. Aparecen jubilaciones insuficientes, listas de espera interminables, infraestructura pública deteriorada, salarios que pierden valor y familias obligadas a reorganizar su vida alrededor de la incertidumbre. Lo que en los discursos se presenta como racionalidad económica, en la experiencia cotidiana suele sentirse como intemperie.
Quizás por eso la palabra “ajuste” merece ser observada con más atención. Si Magda Lemonnier —ese personaje de Galeano que guarda palabras en cajas de colores— tuviera hoy que recortarla de los diarios, probablemente dudaría antes de decidir dónde colocarla. No parece una palabra furiosa, aunque muchas veces provoque rabia. Tampoco una palabra triste, aunque deje tristeza a su paso. Mucho menos una palabra mágica, aunque algunos gobiernos prometan milagros futuros cada vez que la pronuncian.
Tal vez “ajuste” pertenezca a esa categoría de palabras ambiguas que cambian de color según quién las diga y quién deba soportarlas. En boca de los mercados suele presentarse como una palabra verde, asociada a la esperanza de estabilidad, inversión o crecimiento. En los discursos oficiales intenta vestirse de transparencia técnica, como si fuera una medida inevitable dictada por la realidad y no una decisión política. Pero cuando baja desde las planillas hacia la vida concreta de las personas, adquiere otros tonos: amarillo de tristeza para quienes pierden seguridad; rojo de furia para quienes sienten que siempre pagan los mismos; azul grisáceo de resignación para quienes empiezan a creer que no hay alternativa posible.
Las palabras no solo describen el mundo: también lo ordenan moralmente. Determinan qué dolores se vuelven visibles y cuáles quedan escondidos detrás de expresiones impersonales. No es lo mismo hablar de “recortar derechos” que de “reducir el gasto”. No es lo mismo nombrar despidos que “readecuaciones”. El lenguaje económico contemporáneo ha perfeccionado una forma elegante de alejar el sufrimiento de las palabras. Allí donde antes había conflicto social, ahora aparecen conceptos técnicos; donde había desigualdad, aparecen estadísticas; donde había ciudadanos, aparecen consumidores.
Y sin embargo, las palabras nunca terminan de obedecer del todo a quienes las administran. Tarde o temprano revelan lo que contienen. Por eso hay términos que producen rechazo incluso antes de ser explicados. La memoria social también habita el lenguaje. En América Latina, la palabra “ajuste” no llega sola: arrastra recuerdos de crisis, endeudamiento, precarización, privatizaciones, miedo al futuro y democracias debilitadas por la desigualdad.
El problema no es solamente económico. Es profundamente político y cultural. Porque cuando el lenguaje empieza a borrar a las personas, también comienza a erosionar la idea de ciudadanía. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos y pasa a convertirse en usuario, cliente o beneficiario temporal de ayudas focalizadas. Ya no se habla de igualdad ni de dignidad compartida, sino de eficiencia, rentabilidad y sacrificios inevitables.
Y quizá ahí aparece la dimensión más inquietante de ciertas palabras: su capacidad para normalizar lo excepcional. Repetidas una y otra vez, terminan convirtiendo la precariedad en paisaje cotidiano. Se naturaliza esperar meses por atención médica, endeudarse para estudiar, trabajar sin estabilidad o vivir con temor permanente a caer en la pobreza. Como si la fragilidad social fuera una condición inevitable y no el resultado de decisiones concretas.
Las sociedades, sin embargo, no se sostienen únicamente con balances ordenados. También necesitan confianza, pertenencia y horizontes comunes. Necesitan ciudadanos que sientan que los derechos básicos no dependen exclusivamente de su capacidad individual para sobrevivir en el mercado.
Entre ajuste y ajuste, muchas veces lo que verdaderamente se reduce no aparece en las estadísticas: se reduce la certeza de que existe un nosotros. Se debilita la convicción de que la democracia puede proteger algo más que la estabilidad financiera. Y lentamente, casi sin ruido, la ciudadanía comienza a perder espesor. Quizás por eso Galeano desconfiaba tanto de las palabras domesticadas por el poder. Sabía que algunas sirven para ocultar y otras para revelar. Y sabía también que hay palabras que, aun pronunciadas con calma y tono técnico, dejan heridas profundas en la vida colectiva. “Ajuste” es una de ellas.
Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile
