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El Arrebol. Por Miguel Ángel Rojas

Corría el año 2026 y esa había sido una de las tardes más felices de mi vida.Junto a mi amigo Pablo acabábamos de defender nuestra tesis de Psicología. Nos había ido mejor de lo que esperábamos. Después de seis años de estudio, trabajos, viajes, sacrificios y momentos en que pensamos abandonar, por fin veíamos la meta al alcance de la mano.Éramos los primeros profesionales de nuestras familias. Cuando salimos de la universidad nos abrazamos como dos niños. Había alegría, alivio y también algo de incredulidad del futuro incierto. Durante años habíamos soñado con ese momento y ahora estaba ocurriendo de verdad. Quise invitar a Pablo una cerveza para celebrar. Lo admiraba profundamente. Había luchado mucho para llegar hasta allí y además sabía cuánto le dolía que su padre, fallecido años antes, no pudiera verlo convertirse en profesional. Sin embargo, al buscar mi billetera descubrí que la había olvidado en casa. No tenía un peso.Pablo se rió.

No te preocupes —me dijo—. Me quedan cuatro mil pesos. Con eso compramos una cerveza Dorada y caminamos hasta la playa. Era una tarde hermosa en Valparaíso. El cielo estaba cubierto por un arrebol tan intenso que parecía que alguien hubiera pintado el horizonte como un lienzo magnifico.

Nos sentamos frente al mar y comenzamos a conversar de la vida. Pablo me habló de su padre. De las tardes en que lo acompañaba al mercado a cargar sacos.De las veces que llegaban agotados a casa. De cómo su viejo siempre le repetía que estudiara para tener una vida mejor. Mientras hablaba, sus ojos se llenaban de nostalgia. —Le habría gustado verme titularme —me dijo. No supe qué responder. A veces el dolor de los amigos sólo puede acompañarse en silencio. Nos quedamos mirando el mar. Hablamos de nuestros sueños. Han pasado más de veinte años desde aquella tarde.Hoy sirvo como bombero voluntario en mi ciudad. He acompañado a cientos de familias que lo han perdido todo en incendios y he intentado devolverles algo de esperanza cuando el fuego les arrebató lo que más amaban.

Como psicólogo, atiendo gratuitamente a voluntarios y víctimas que necesitan reconstruirse por dentro después de la tragedia.Trabajo además en un liceo acompañando a niños y jóvenes en sus propios procesos devida. Estoy más canoso. Más pelado. Tal vez más lento.

Pero sigo conservando las mismas ganas de vivir. Hace algunos años me casé. Tuvimos dos hijos maravillosos. Y hace poco, gracias a un subsidio y muchos años de esfuerzo, cumplimos el anhelado sueño de la casa propia.Sueño que ni mis padres lograron concretar. Todavía recuerdo la emoción de sostener las llaves entre mis manos. Pero más que la casa, me emocionaba otra cosa. Mi padre, después de toda una vida trabajando, por fin a sus 71 años podía ayudarlo. Por fin podía decirle que descansara. Que ya no era necesario seguir levantándose de madrugada para ganarse el sustento. Aquella noche lo abracé. Y mientras mis hijos corrían por el patio, pensé que todos los sacrificios habían valido la pena. Entonces miré nuevamente el mar. El arrebol seguía allí. Rojo intenso. Hermoso. Suspendido sobre Valparaíso. Y en ese instante comprendí que debía volver. Volver a la realidad .Porque nada de eso ocurrió jamás. Ni la casa. Ni mis hijos. Ni Bomberos. Ni el Liceo. Ni los pacientes. Ni el descanso de mi padre. Ni siquiera el título profesional. Todo aquello seguida sucediendo únicamente dentro de mi cabeza como un bello sueño. Era el futuro que imaginaba mientras compartía una cerveza Dorada con Pablo frente al mar aquella tarde de 2026. Un futuro posible.

Miguel Ángel Rojas Pizarro. Psicólogo Educacional, Profesor de Historia y Geografía, Psicopedagogo y escritor.

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