"Para describir su uso
o para describir lo que ustedes
entienden por gusto cultivado
tienen que describir una cultura"
(L. Wittgenstein)
Al considerar ciertas opiniones estéticas de Platón, lo bello es una manifestación divina en la naturaleza ante la cual no nos queda más que contemplar y sobrecogernos. Unos siglos después el Pseudo Longino en sus reflexiones sobre lo sublime plantea una nueva concepción orientada por la convicción de que lo bello puede ser producido por la actividad humana, siendo esta capaz de entregar objetos que nos conmueven constituyendo la experiencia de lo sublime. Desde aquí podemos decir que tanto en la naturaleza como en las obras del ser humano encontramos la expresión de la belleza, cuestión que apelará a nuestro gusto por medio de los sentidos. Larga es la discusión sobre si esta experiencia será subjetiva u objetiva, e incluso si es intersubjetiva, debatiendo la posibilidad sobre la función comunicativa de la expresión.
El vino es un producto humano que es parte de la historia de los quehaceres con una presencia cultural notable por varios siglos en diferentes lugares del mundo, con palabras para nombrarlo en, podríamos decir, casi todas las lenguas, cuestión que lo hace un producto universal. En Chile tenemos una importante actividad vitivinícola que reune varias concepciones distintas en relación a la pretensión y la forma de hacer los vinos. Todas apuntan al gusto, algunas con patrones de homogenización propios de épocas en que se valoró sin mayores reparon el progreso industrial, entregando algunos criterios que operaron como dogmas de "calidad" entregando vinos pesados, amaderados y alcoholizados, determinando este gusto adquirido.
Este paradigma sufrió un quiebre que nos hizo volver la mirada a formas más tradicionales que permanecían en nuestra cultura campesina, con métodos muy distintos en la manera de cultivar la vid, los métodos de elaboración, las cepas, las convicciones y creencias, incluso de los gustos. Vino con esto todo un movimiento que reinterpretó la forma de hacer los mostos y expandió las posibilidades explorando los límites del gusto que se había establecido, abriendo nuevas experiencias para el gusto.
Este quiebre dio importancia a lo que podríamos considerar el sustento de los llamados vinos de autor. Generando todo un movimiento alternativo que se plantea como crítico al viejo paradigma industrial, volviendo a recuperar la centralidad del gusto en el consumo de los vinos. En esto Chile es especial, son muchas las variedades cultivadas, con suelos y climas bien diferentes unos de otros, aportando un gran abánico de sabores que pueden afectar e impresionar nuestro gusto.
Varios productores y enólogos hoy buscan en sus vinos expresiones propias más genuinas, fortaleciendo el contenido cultural de este producto superando la visión más homegenizada que se impuso hace décadas pasadas. Esta pretensión busca una clara interpelación al gusto, de ahí que podamos establecer alguna relación entre las formas de hacer vino y la experiencia estética, es decir experienciar lo bello y lo sublime. Este tipo de vinos son los que esperamos que acompañen momentos importantes de nuestra vida, por ejemplo, rememorar a nuestros muertos, celebrar logros personales o de los próximos, exaltar hechos del ciclo de la vida, brindis amorosos de amistad o de erotismo, en los cuales la presencia del vino se hace parte de los ritos que espiritualizan la vida.
En estos casos el vino es una expresión relevante que se convierte en contenido de un lenguaje, un juego estético que espera satisfaga nuestra necesidad por lo sublime. En este juego ritualizado culturalmente la mano del autor del vino se hace protagónica y tiene mejores resultados cuando quién hace el vino ha tomado conciencia creando desde sus propias convicciones esos productos esenciales para el deleite y goce, entregando esas explosiones de aromas y sabores.
Sobre esto nuestra gastronomía actual ha tomado una posición con varios cocineros que han sido capaces de prestar más atención al vino chileno, puedo mencionar algunos que más conozco como Javier Avilés, Manuel Baquedano, Mario Salazar, Ricardo Cornejo, Kurt Schmidt, Francisco Hraste, Felipe Macera, entre otros. Todos ellos en sus espacios gastronómicos incluyen posibilidades notables para entregarse al gusto de los vinos.
Productores y enólogos que pueden ser considerados dentro del movimiento de vinos de autor hay muchísimos, ferias como las que organizan Juan Carlos Torres o las de Alan Grudsky junto a su esposa Camila Mosca, las distintas actividaded de Rocío Alvarado, son espacios notables para degustar vinos que se lucen con el sello propio de sus autores. Por otra parte, varias de estas botellas de vinos han ido incorporando un valor al objeto que guarda el vino, destacándose algunos por entregar en la etiqueta una expresión artística a manos de artistas visuales, entre algunos Tinta Tinto, Villalobos, Cancha Alegre, Ricardo Lowick, Pino Román, etc.
La relación entre el vino y la estética es algo que se puede apreciar en la medida que vamos profundizando en el conocimiento de nuestros vinos, entrando en una comprensión cultural sobre este producto que aporta rasgos identitarios sobre nosotros mismos. La cuestión del vino en Chile tiene un profundo espesor cultural, que no hemos sido capaces de apreciar y tampoco de mostrar, cuestiones que requieren de una comprensión que permita otro estado de conciencia. Los contenidos que aportan las formas del pensamiento no son triviales en este terreno, de ahí que sea lamentable la carencia existente basada en estereotipos simples. La inclusión de lo estético en la reflexión aporta al enriquecimiento de este juego de lenguaje, un problema puede ser una estética no original y el abuso en los clichés que empobrecen lo que se elogia.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra
