Susan Sontag, en su ensayo “Ante el dolor de los demás” (2003), explora cómo la censura repercute en la percepción del sufrimiento humano y en nuestra capacidad colectiva para reflexionar, aprender y actuar ante las injusticias. Argumenta que la censura impide acceder a la verdad completa. Cuando los relatos son eliminados por gobiernos o medios de comunicación, lo que el público recibe es una versión distorsionada de los acontecimientos.
Este proceso de edulcoramiento provoca una distancia emocional y cognitiva con respecto a la realidad brutal que enfrentan las personas.
La cultura es, en su esencia más pura, un vehículo para la memoria, la reflexión y la crítica social. Sin embargo, cuando la censura se interpone, ese vehículo puede volverse opaco y limitado. La cultura es el alma de una sociedad democrática; su riqueza se alimenta de la diversidad de voces y perspectivas que coexisten en un espacio de respeto y libre expresión. La censura, por su parte, amenaza la vitalidad de la creación artística, destruye la dignidad del arte, del pensamiento crítico y el ejercicio del periodismo.
El 1 agosto de 2026, estaba programado presentar el libro “Auschwitz, Colonia Dignidad y más: Historias de héroes y canallas” , de Gabriel Rodríguez, en el Museo O’Higginiano y de Bellas Artes de Talca, sin embargo el día antes informaron de la suspensión de la actividad. De acuerdo a los organizadores, la decisión fue de la Seremi de las Culturas, las Artes y el Patrimonio del Maule. El libro “Auschwitz, Colonia Dignidad y más: Historias de héroes y canallas” consta de 60 crónicas y columnas de opinión sobre episodios y personajes históricos, abordando desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Colonia Dignidad, el horror que desatan las ideologías racistas, supremacistas y antidemocráticas cuando llegan al poder.
¿Es esto un acto de censura? ¿Acaso es un acto de postergación de la cultura? ¿Es una forma de ejercer poder y control?
Foucault (1975) sostenía que el poder no es simplemente algo que se posee y se ejerce de forma autoritaria, sino que se manifiesta en una serie de relaciones y estrategias que están presentes en muchas instituciones sociales. La suspensión de la presentación del libro de Rodríguez y la intervención de la Seremi de las Culturas ilustra cómo el poder puede operar a través de instituciones públicas para controlar y limitar la discusión cultural, sugiriendo una práctica de censura que se inserta en un contexto más amplio de regulación social y cultural.
La censura, en cualquiera de sus formas, es un flagelo que asedia a toda la sociedad. No solo menoscaba la libertad de expresión, sino que también empobrece el discurso cultural y limita la capacidad de la sociedad para reflexionar y crecerPara Foucault, la censura no se limita a la prohibición de ideas o libros; también implica la producción de discursos que delimitan lo que es posible pensar y hacer. Con la suspensión de la presentación del libro de Rodríguez, no solo se silencia al autor, sino que se crea un marco de aceptación que define qué narrativas son válidas y cuáles son consideradas incómodas o inaceptables. Ese acto representa una práctica de censura que atenta contra la riqueza del pluralismo cultural.
No podemos olvidar que, en Chile, la historia de la censura ha sido particularmente inquietante. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, se acallaron las voces de innumerables artistas, escritores y periodistas; una época que dejó cicatrices en la conciencia colectiva del país que aún perduran. Con la promulgación de la Constitución Política de la República de Chile en 1980, aunque se garantizaron ciertos derechos políticos y civiles, la sombra de la censura ha continuado afectando el paisaje cultural, especialmente en espacios públicos. Asimismo, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, ratificado por Chile, respalda el derecho a la libertad de expresión, lo que implica que cualquier intento de censura es, en última instancia, una violación a esos derechos fundamentales.
La cultura no es un lujo. Es una necesidad social esencial para el desarrollo humano. La literatura y el arte son una forma de resistencia y en ese sentido los artistas y los periodistas son, en muchos sentidos, los guardianes de la verdad y los portadores de la memoria cultural.
La lucha por la expresión artística sigue siendo relevante. La valoración y el respeto hacia los artistas y escritores deben ser pilares fundamentales en la construcción de una sociedad democrática. La censura no solo mata el arte; también somete a la sociedad a una cultura de silencios y sombras. Las voces de los artistas son el reflejo de la diversidad de pensamiento y son esenciales para el avance y bienestar de la comunidad.
Se debe defender la pluralidad de voces, especialmente en espacios públicos, pues son estos espacios los que realmente pertenecen a todos los ciudadanos. La defensa contra la censura es, en sí misma, una afirmación de nuestra democracia y de nuestro compromiso con la verdad y la libertad cultural.
Estamos ante una batalla contra la censura.
Por ello, es fundamental destacar que Gabriel Rodríguez realiza un esfuerzo significativo con su libro para exponer una verdad y para ofrecer un espacio de reflexión sobre episodios importantes de la historia. La censura que golpea su obra es un ataque a su voz y a la riqueza cultural que engrandece un país.
En lugar de ser silenciado, Rodríguez debe ser aplaudido por su compromiso con la verdad y su contribución al tejido cultural de Chile, porque la literatura es un acto de resistencia indispensable en una sociedad democrática.
