¿Por qué Cuba? Qué simple parece esa pregunta y qué complejas, confusas y distorsionadas son las respuestas. Al pensar en ese pequeño nombre propio, no deja de llamar la atención la odiosidad, los mitos y la ignorancia que puede suscitar; acusaciones y juicios considerablemente mayores que el terror que debieran provocar ideologías escalofriantes como la Ilustración Oscura, financiada por Silicon Valley, o la mafia política y económica, capaz de asesinar con bombas y misiles a más de 21 mil niños y niñas gazatíes por una supuesta “tierra prometida por Dios”, quien seguramente llora, desplomado y de rodillas, al ver invocado su nombre en medio de un genocidio.
¿Por qué quien se sube a un autobús a las seis de la mañana para regresar a su casa a las veinte horas, tomar un té, dar apenas un beso en la frente a un hijo o hija y luego dormir con el ruido incesante de la televisión, cree conocer Cuba y la juzga, a flor de piel y con vehemencia, en nombre de la libertad, los derechos humanos, la razón, la ciencia y la religión, la moral y con calificativos aun desconocidos o por inventar?
Sin duda, cuando nos preguntamos por la falta de información y la construcción de la ignorancia colectiva, las comparaciones suelen resultar incómodas, pues pueden activar los mismos mecanismos del pensamiento dominante y llevar a que se me acuse, simplemente por formular preguntas, de ser partidaria de Cuba: la «comunista»; o de antisemita por condenar el genocidio en Gaza. Lo cierto es que, en las ciencias sociales, la comparación permite exponer hechos, procesos y cifras que, al menos, deberían conducirnos a preguntarnos por el origen de las diferencias y por qué se opina con tanta vehemencia sobre ciertos acontecimientos mientras otros apenas suscitan atención o indignación.
Hace unos días, unas personas inteligentes, formadas académicamente y con “oportunidades”, aseguraron con férrea firmeza que Fidel Castro era propietario de grandes riquezas y cuentas bancarias. Fue tanta la convicción, casi profética, en sus palabras, que comencé a revisar toda la información disponible en las páginas web del Pentágono, la CIA, agencias de comunicación e inteligencia artificial. Todo ello en búsqueda de al menos un solo peso en esas cuentas; los imaginaba como monedas inmensas, de oro y casi satánicas, por la descripción y afirmación ensañada recibida. ¡Me asusté y dije no estoy informada! Pero no encontré nada, ni un “puto peso”, como dijo el destacado “lingüista” Nelson Pizarro, máxima autoridad ejecutiva de la empresa estatal chilena Codelco en 2016. Solo encontré notas que señalaban: “Sobre las supuestas cuentas bancarias de Fidel Castro, hay que distinguir entre hechos comprobados, estimaciones periodísticas y acusaciones nunca demostradas”. Forbes tuvo que retractarse de la supuesta fortuna de 900 millones de dólares. No se encontró evidencia de cuentas personales en Suiza u otros centros financieros y, según investigaciones independientes, Castro gozaba de acceso privilegiado a infraestructura pública y viviendas en Cuba.
Cabe comparar, no empatar, que en Chile los presidentes de la República vivían a menudo en sus casas, situadas históricamente en la élite santiaguina, para luego ser financiadas con impuestos nacionales. Asimismo, los expresidentes reciben actualmente una remuneración vitalicia, constitucional y mensual de 7,3 millones de pesos brutos, más cerca de 10 millones de pesos por concepto de asignaciones para traslados, oficinas y personal de apoyo, alcanzando un monto total cercano a los 18 millones de pesos mensuales cuando el 50 por ciento de los chilenos y chilenas ocupados/as, gana apenas un poco más de 600 mil pesos mensuales en un país donde existe una tasa actual de desocupación de 9,1 por ciento y una informalidad laboral de 26,8 por ciento. Entonces, ¿por qué Cuba?
La agnotología es el estudio de la producción social, política y cultural de la ignorancia colectiva. No estudia simplemente la ausencia de conocimiento; analiza cómo actores con poder pueden producir deliberadamente duda y confusión. Durante mucho tiempo, la atención se centró en la epistemología —el estudio de cómo conocemos—, mientras que las preguntas sobre cómo y por qué ciertas cosas permanecen desconocidas, ocultas o falsas han sido considerablemente menos investigadas.
Nuestra inteligencia nos ha llevado a la luna, pero en la tierra aún no pensamos cómo sacar efectivamente a “alrededor de 850 millones de personas que viven en la pobreza extrema, y a más de 3 millones que viven en condiciones de pobreza según criterios más amplios” señala el Banco mundial en su Informe Global de pobreza 2026. ¿Por qué la luna y no los pobres de la tierra? ¿Porque el conocimiento se pone ahí, y no en la dignidad de los seres humanos?
La producción de relatos subjetivados opera de tal manera que las preguntas necesarias y urgentes dejan de formularse y, en su lugar, reina el desconocimiento, la duda y la ignorancia que a menudo se defiende con soberbia, como si cualquier disidencia a ella constituyera un ataque personal. Tan arraigada puede llegar a estar la implantación de una idea falsa que esta termina por asumirse como propia, y se responde a ella con vehemencia y a flor de piel.
Diversos casos han mostrado cómo determinadas industrias han financiado investigaciones paralelas orientadas a cuestionar o relativizar resultados científicos que podían afectar sus intereses económicos. Uno de los casos más conocidos fue el de la industria tabacalera, que promovió investigaciones alternativas para sembrar incertidumbre sobre los vínculos entre tabaco y cáncer. Su estrategia fue resumida en una frase célebre: “La duda es nuestro producto”. Las dudas, las fake news, como dice la cursilería colonial al referirse a las noticias falsas, se imponen como relato oficial, provocando incluso que seres humanos delaten a otros o que pidan intervenciones militares para detener el “mal encarnado” en los gobernantes no vasallos de los poderes hegemónicos.
El relato construido contra ese pequeño país llamado Cuba, situado a apenas 90 millas de Estados Unidos, provoca aquello que Samah Karaki plantea en su libro La empatía es política: podemos dejar de ser empáticos cuando despojamos al otro de sensibilidad mediante la imposición de figuras monstruosas —como la idea de que “los comunistas y solo ellos comen guaguas, asesinan, encarcelan, matan sin juicio, despojan y oprimen”— que sirven para justificar cualquier forma de deshumanización. Así, deja de dolernos solicitar invasiones o bloqueos económicos. Nos volvemos indiferentes ante el hecho de que las personas puedan morir de sed, de hambre, en un hospital, en la calle o en la oscuridad. Bajo esa lógica, el objetivo de derrocar un gobierno termina justificando cualquier crueldad ejercida contra una población inocente. Incluso podemos llegar a relativizar la soberanía de los pueblos para resolver sus propios problemas dentro de sus fronteras y para generar, por sí mismos, las revueltas o rebeliones contra aquello que los oprime, de ser así.
Personas altamente educadas o con elevados niveles de escolaridad, al no cuestionar las deshumanizaciones contenidas en las narrativas dominantes, terminan dando espacio al surgimiento de las llamadas psicologías de masas.
Diversas corrientes psicológicas y políticas comenzaron a mostrar que el ser humano no actúa únicamente desde la razón. Las emociones, los símbolos y las identidades influyen también de manera profunda en las conductas individuales y colectivas. Y por cierto los medios de comunicación son el conductor y herramienta suprema.
Algunos autores, como Gustave Le Bon, sostuvieron que determinadas formas de educación podían transformarse en mecanismos de homogeneización del pensamiento, orientados más a la reproducción de ciertos valores que al desarrollo de un pensamiento crítico autónomo. ¡Y atención!: mientras las democracias contemporáneas suelen presentarse como espacios de libertad y deliberación, diversas miradas críticas sostienen que también operan mediante sistemas de persuasión, producción simbólica y construcción de consensos que influyen en la manera en que las personas interpretan la realidad. Queremos lucir las mismas marcas, blanquear nuestras pieles, vivir en democracias que cada cuatro o seis años nos permiten votar sin saber mucho más de ellas; somos altamente temerosos de todo aquello que la ideología dominante nos presenta como una amenaza a nuestras creencias. ¿Por qué y cómo esta simbología se impregna en nosotros hasta el punto de que terminamos reproduciéndola de manera involuntaria?
Me pareció revelador reflexionar acerca de la construcción de consensos y la ignorancia colectiva al preguntar rápidamente a 10 personas si conocían o podían describir el sistema político cubano al que tajantemente apelaban dictadura. Nadie lo conocía. Pregunté si conocían el nombre del actual presidente de Cuba. Nadie lo sabía, solo nombraron a Fidel y Raúl Castro. Pero aseguraron que se trataba de una dictadura comunista de donde se escapaba en balsas.
En esta búsqueda de respuestas consulté al Embajador de Cuba en Chile, Oscar Cornelio Oliva, quien tiene como misión, claramente, defender a su país y a su gobierno, pero nosotros tenemos la opción de comparar y corroborar la información entregada.
“A Estados Unidos no le agrada el tipo de gobierno que tenemos” —señaló—, “... y ha llevado el bloqueo económico a tal nivel que lo ha unido a una amenaza constante de agresión militar (...) y hoy dice abiertamente que, si no cambiamos el sistema político, nos van a invadir militarmente (...) y cada hora que pasa se hace más latente una agresión militar de Estados Unidos (...) y el mismo Estados Unidos nos dice que, si no se rompe el gobierno por el bloqueo, se hará militarmente (...)”
Parece, a lo menos, curioso que las personas de a pie, sin conocer el sistema político cubano y ante las feroces amenazas de una potencia contra un país de 10,9 millones de ciudadanos, no se hagan las preguntas básicas sobre por qué un país poderoso debe bloquear, invadir, cambiar gobiernos y matar extraterritorialmente. ¿Qué representaciones simbólicas tenemos tan arraigadas contra Cuba, algo o alguien, para que la muerte y la sangre resulten ser salidas incuestionables y legítimas?
La ignorancia colectiva no constituye simplemente una falta de información; puede convertirse en una construcción política.
En sociedades altamente mediatizadas y digitalizadas, donde los algoritmos seleccionan contenidos según preferencias individuales, las personas tienden a permanecer dentro de burbujas informativas que refuerzan sus creencias. Pero ¿se trata realmente de creencias propias? ¿O de creencias políticamente determinadas que terminan internalizándose como si fueran propias? ¿Son convicciones autónomas o el resultado de la influencia ejercida por bots y sofisticadas estrategias de manipulación desarrolladas por grandes actores de la comunicación digital? Casos como Cambridge Analytica, la Internet Research Agency, Team Jorge y otras estructuras dedicadas a influir en la opinión pública muestran cómo la desinformación puede utilizarse para sembrar dudas, manipular percepciones y orientar conductas políticas y sociales.
El embajador agrega que “Cuba no tiene en su territorio ni personal ni instalaciones militares, más que la base naval de Guantánamo, impuesta contra la voluntad del pueblo cubano (...) tampoco tenemos dinero ni interés en financiar grupos revolucionarios ni a Hamas (...) en un año, el bloqueo económico ejercido por EE.UU. contra Cuba ha significado una pérdida de 7 mil 556 millones de dólares, con los que hubiésemos continuado desarrollando proyectos para los más vulnerables (...) el 71 por ciento del presupuesto que nos deja el bloqueo lo usamos para la salud, la educación y la seguridad social, asegurando con ello el derecho humano a la vida y la dignidad de las personas, según el Derecho Internacional (...) no constituimos una amenaza, pues en Cuba no existe el crimen organizado ni el narcotráfico, y la D.E.A. conoce la labor que realiza Cuba contra los narcotraficantes. Existe un representante del Servicio de Guardia Costera en la embajada de EE.UU. en La Habana que colabora estrechamente con nuestras autoridades; se intercambia información y, cuando existe alguna lancha sospechosa, las autoridades cubanas actúan de inmediato y dan aviso a la Guardia Costera. Es decir, Cuba es una barrera para el narcotráfico hacia el sur de EE.UU. (...) tenemos tolerancia cero con la droga (...) somos un país seguro (...) si dicen que Cuba es una amenaza por la presencia China, cabe destacar que no tenemos más relaciones con ese país que las que tiene el resto de América Latina y el Caribe (...) no tenemos ni personal ni instalaciones chinas (...) hemos recibido un barco con petróleo de Rusia, lo que permitió continuar con el funcionamiento del país, lo que refleja que tampoco nos estamos cayendo a pedazos (...) en la pandemia más importante de los últimos 50 años, Cuba tuvo que desarrollar una vacuna contra el COVID, porque el bloqueo no permite la llegada de medicamentos (...) en las actuales condiciones, los círculos de ancianos, las casas de maternidad, los policlínicos y otros servicios esenciales que se prestan a la población están en funcionamiento (...) estamos instalando energía solar para asegurar el suministro a la población electrodependiente y a los hospitales (...) tenemos una posición geográfica que hemos ofrecido para la inversión; es falso que las empresas no puedan llegar a Cuba. Lo cierto es que EE.UU. sanciona a las empresas que pretendan trabajar con nosotros (...) Cuba siempre ha estado dispuesta a dialogar porque no queremos un baño de sangre para nuestro pueblo, que, como cualquier pueblo, resistirá ante una invasión de ser necesario (...) siempre hemos estado dispuestos a negociar; esa historia está documentada en documentos desclasificados, pueden buscar la información (...) tenemos un acuerdo migratorio firmado con la administración Obama que sigue funcionando con la administración Trump (...) de Cuba se puede salir y entrar regularmente, y los balseros lo hacen por mar porque es en EE.UU. donde no les dan visa y, por ello, migran de manera irregular, provocando la imagen de que los cubanos deben arrancar de Cuba de esa forma tan inhumana, huyendo del comunismo (...) a EE.UU. ha llegado un gran flujo migratorio a través de otros países, pero desde Cuba se puede salir legalmente hacia cualquier país del mundo (...) hemos realizado 18 vuelos de retorno de migrantes cubanos que EE.UU. no acepta, y aquí se les ayuda con la reinserción (...)los presos políticos que dicen tenemos, son personas que en las protestas, cansados/as por el bloqueo y la carencia, han cometido desmanes injustificados contra hospitales, instalaciones públicas de bien común; en Cuba la ley es severa y como en todo país, el Estado y el gobierno velan por la seguridad de la infraestructura y la vida de las personas (...)otros están encarcelados por sedición o por recibir financiamiento extranjero para desestabilizar el país (...) tenemos una ética revolucionaria y aunque las cáceles son rudas, se respeta la integridad de los presos siendo absolutamente prohibida y castigada la tortura o cualquier trato vejatorio contra un prisionero/a (...) el ejercito recibe beneficios y ciertamente se les puede vender más barato que al resto de la población, porque son hombres y mujeres que están 24 /7 en servicio. Eso ocurre con la mayor parte de los ejércitos del mundo (...) nuestras autoridades electas no reciben sueldo millonarios como en el resto de muchos países; nuestros representante reciben el sueldo de su trabajo original, no por ser representantes del pueblo (...) no se les debe pagar para que no se corrompan, tenemos un estándar ético y una ley que no permite la corrupción (...) a lo que muchos países llaman Estado de Bienestar Social, Buen Vivir, Estado Providencia y otras denominaciones, nosotros, los cubanos /as le llamamos: Revolución.”
“Somos una amenaza simbólica, porque tenemos un sistema distinto al sistema político y económico de EE.UU. No tienen cómo asegurar ni probar que Cuba es una amenaza ni para EE. UU ni para la humanidad. Nuestra amenaza, es ser un ejemplo de que otro mundo es posible”, señala el diplomático.
En el caso del desconocimiento sobre Cuba, resulta pertinente considerar que la lógica es simple: cuando una evidencia científica y los hechos no pueden negarse por completo, el conocimiento puede ser obstaculizado mediante mecanismos que, tal como hizo la industria tabacalera, dificultan la formación de consensos a través de la multiplicación de interpretaciones, hipótesis y debates secundarios. El resultado es que terminamos sumidos en el embrutecimiento (en el caso estudiado de las tabacaleras) de creer que el cáncer de pulmón no es provocado por el tabaco, sino por un sinnúmero de otros factores. Sacamos del cuestionamiento crítico a las tabacaleras y así la industria continúa acumulando capital mientras la Organización Mundial de la Salud, afirma que el tabaco provoca más de 7 millones de muertes al año en el mundo, incluyendo enfermedades cardiovasculares, respiratorias y distintos tipos de cáncer asociados al tabaquismo.
Algo similar ocurre con las interpretaciones establecidas por la ideología dominante sobre Cuba. Situamos la decadencia cubana como resultado de un régimen comunista —lo que ciertamente no la excluye de responsabilidades ni de críticas— y no como consecuencia de un bloqueo feroz e inhumano, lo que no nos permite saber cómo sería Cuba si hubiera contado en sus arcas fiscales con los más de 170 mil millones de dólares arrebatados por el bloqueo desde 1962 hasta la fecha. Si, aun bajo esas condiciones, fueron capaces de enviar médicos al mundo y desarrollar una vacuna para enfrentar el SARS-CoV-2, ¿qué podrían haber hecho con esos 170 mil millones de dólares?
¿Por qué la prensa reduce la pregunta sobre Cuba a si es o no comunista? Nuevamente: La ignorancia colectiva no constituye simplemente una falta de información; puede convertirse también en una construcción política. Ya no es necesario convencer completamente a una población; muchas veces basta con sembrar suficientes dudas y opiniones paralelas para impedir la construcción de certezas compartidas, como el que Cuba no es una amenaza ni para el pueblo estadounidense ni para la humanidad. Si se derramara una sola gota de sangre bajo este argumento, sin duda el mismo Dios desplomado y de rodillas que gime por los niños y niñas gazatíes, llorará, golpeado de muerte, por esta pequeña isla demonizada por el bloqueo de la razón colectiva.
Soledad Romero Donoso. Periodista/ Cientista Política.
