El carmenere es la cepa insignia de Chile. Su redescubrimiento en 1994 por Jean-Michel Boursiquot invitado al Congreso de Viticultura de Santiago, surgió de una coincidencia. Este enólogo francés fue protagonista del descubrimiento en el momento en que junto a Philippo Pszczólkowski y Laurence Leal se dirigía a la bodega de la Viña Carmen a probar el “merlot chileno” o lo que se creía que era esta cepa hasta esa fecha.
El redescubrimiento de Jean-Michel Boursiquot significó identificar una cepa que se creía extinta hace más de cien años producto de la plaga de la filoxera en Francia, que afectó particularmente a la región de Bordeaux.
Y es que asociar el carmenere a Chile tiene una relación directa con la crisis que afectó a esta cepa en el siglo XIX. Las denominaciones de origen según el historiador Pablo Lacoste surgen en Europa con la mencionada plaga que destruyó cuatro millones de hectáreas de viñedos y para evitar las falsificaciones y abusos se crean las denominaciones de origen como una forma de asociar un territorio a determinado producto. Como en América Latina esta plaga no fue relevante, sólo hasta la primera mitad del siglo XX Chile comenzó a aplicar las denominaciones de origen, en particular la del pisco en 1931, siendo de las primeras en su tipo.
De esta forma, el resurgimiento del Carmenere ha logrado posicionar a Chile como una potencia vitivinícola, figurando dentro de los diez mayores productores de vino del mundo según datos de la Organización Internacional del Vino (OIV).
Sin embargo, pareciera que esta cepa tiene un símil en las antípodas del mundo. A 20,000 kilómetros de distancia apareció en China el “Cabernet Gernischt”, un hermano genético del Carmenere. Ambos se han convertido en cepas insignia de sus respectivos países y han encantado a los paladares más exigentes con su cautivador sabor.
La coincidencia más curiosa es que el Cabernet Gernischt fue enviado de Europa a China en 1892 y cultivado en “Changyu Vineyard”, una de las viñas más famosas y prominentes de China ubicada en la provincia de Shandong.
En Chile, por su lado se envió Carmenere desde el viejo continente entre las décadas de 1840 y 1890 pero pronto se mezcló con el merlot. Tras décadas pasando inadvertidas, ambas cepas fueron redescubiertas en los últimos 30 años, siendo prácticamente gemelas con diferente nombre.
En los 90 el Carmenere fue redescubierto, mientras que en los 2000 la publicación “Wine Grapes” de José Vouillamoz, Jancis Robinson y Julia Harding también identifican a este huérfano de Burdeos en China. La coincidencia de fechas y cepas nos invita a encaminarnos en una fase de interacción con el vino como protagonista.
El cabernet Gernischt
El nombre “Gernischt” viene de un comerciante judío en Shanghai que al utilizar un juego de palabras en yiddish nombra este vino con la alusión a la palabra “gornischt”, que significaría algo como “no es un cabernet del todo” o la palabra “gemischt” que en alemán significa mezclado. Esta confusión se debe a que, al principio, se creía que era una mezcla de Cabernet u otra uva, pero resultó ser Carmenere. Para algunos, es simplemente un Carmenere en China, para otros una cepa diferente. Su denominación es un debate abierto entre una cruza genética con Cabernet Franc o bien una variedad nueva que le otorga un sabor diferenciado producto de sus condiciones climáticas.
Ahora bien, este redescubrimiento y hermanamiento es relevante para ambos países. El año 2024 fue bastante duro para la industria vitivinícola chilena y china y pensar en un nuevo impulso para el vino de China y Chile se presenta como una valiosa revitalización comercial y diplomática. China es el cuarto mayor consumidor de vino chileno en volumen de importación y cada año se abren nuevas oportunidades para la vid chilena en China.
Pero ¿ambos vinos compiten? Según James Suckling, el Gernischt es afectado por el leafroll virus, particularmente en Ningxia lo que les confiere a los vinos un toque único de pimienta y hierbas secas, con un color y cuerpo más claros, así como una menor graduación alcohólica, algo que suele ser la preferida por los consumidores hoy en día. En cambio, el Carmenere chileno destaca por su sabor fresco y equilibrado con notas a frutas rojas y suave al paladar.
Además, en distintas épocas se conmemoran estos vinos, el Día Mundial del Cabernet Gernischt se celebra el 25 de mayo para promoverla como la cepa insignia de China ante el mercado global. Por otro lado, el Día Mundial del Carmenere se da cita el 24 de noviembre, celebrando su redescubrimiento que ya tiene más de 30 años. Ambos hermanos en vez de competir florecen en primavera y pueden sumarse a estrategias de marketing que promuevan su disponibilidad en las mesas de ambos continentes, a pesar de las estaciones del año contrarias que tenemos en el hemisferio sur y norte, más bien gracias a ellas, poder ofrecerlo de forma continua.
Gastrodiplomacia
Se dice que con la comida no se juega, pero sí se puede negociar con ella.
La gastrodiplomacia es una forma de proyectar el soft power de los países a través de sus patrimonios gastronómicos, técnicas culinarias y todo aquello que asocie la comida a una identidad cultural de un país. Esta clasificación no refiere únicamente a un país, puede hacerlo también a una región. Si nos remitimos a las cuatro gastronomías reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (cocina mexicana, dieta mediterránea, cocina washoku japonesa y la gastronomía francesa) observamos un trabajo de largo aliento que posiciona ingredientes junto a una narrativa identitaria que logra crear un relato poderoso que asocia la comida a la imagen de un país.
Por mencionar algunos ejemplos, el 2002 el gobierno tailandés impulsó el global thai haciendo famoso el pad thai, Perú de la mano de Gastón Acurio hizo un trabajo para crear un menú con lo mejor de la costa, la sierra y la selva.
¿Y el vino? Ha logrado posicionarse como un elemento de gastrodiplomacia a través del reconocimiento a las regiones vitivinícolas a través del turismo a las viñas, destacando en Chile la viña VIK como la primera en el mundo según el ranking World’s 50 Best Vineyards por su arquitectura y experiencia enoturística, mientras que Viña Santa Rita fue mencionada como la mejor del mundo por Forbes por su relevancia histórica y práctica sostenibles en sus procesos de elaboración de vino.
La OIV y la UNESCO colaboran reconociendo y preservando la herencia cultural de las regiones vitivinícolas. Dentro de su Plan estratégico 2025-2029 se reconoce la relevancia del vino no sólo como un producto de consumo, sino como un elemento material representante de una herencia social, centrada en el humano, con su respectivo desarrollo civilizacional y que tiene relatos en los terroir, donde confluyen cultura, gastronomía y paisaje.
Este esfuerzo se ha enfatizado desde el CEP Committee (Culture, Education, Heritage) en la estructura de la OIV 2023 representando el potencial para revivir el vino dentro de una agenda cultural intergubernamental junto los criterios del UNESCO World Heritage Criteria en una industria que pasa por números negativos respecto al consumo con una baja del 3,3% en 2024, cifra más baja desde el año 1961 y enfrenta desafíos como los elevados costes de producción, las guerras arancelarias y la dificultad para penetrar en los hábitos de consumo de las nuevas generaciones.
Las regiones vitivinícolas asoman como un espacio de confluencia, cooperación y promoción del consumo de productos con herencia patrimonial entrelazada, como es el caso del Carmenere y el Cabernet Gernischt.
El año 2024 en que China fue oficialmente reconocido como un miembro de la OIV, las ciudades de Santiago de Chile y Yinchuan en la región de Ningxia, China, se sumaron a la red internacional de las ciudades de la Viña y el Vino. Estas ciudades producen respectivamente el Cabernet Gernischt o Cabernet Shelongzhu (Cabernet Perla de Serpiente).
Chile en el año 2025 dio un paso muy importante al inscribir el Chilean Pisco Vine and Wine Cultural Landscape dentro de la lista tentativa de la UNESCO sobre patrimonio mundial. Aquello es un reconocimiento al vínculo histórico, cultura vitivinícola y memoria viva que realza la importancia de las regiones de Atacama y Coquimbo para la centenaria cultura del pisco en nuestro país, pero que además es el reflejo de la labor de las cooperativas para seguir produciendo este brebaje.
Si bien esta inscripción se hizo para promover el pisco chileno, desde el valle central se busca hacer lo mismo para promover el vino chileno, destacado en prestigiosos rankings internacionales como el Wine Spectator 2024, donde logró posicionar uno de sus vinos más prestigiosos nacido en la comuna de Puente Alto como el mejor vino del mundo, el Don Melchor 2021 de su viña homónima, hace honor al fundador de la viña Concha y Toro, Don Melchor Concha y Toro. Desde esta zona geográfica se conservan aún cepas con gran historia, arraigo cultural y resistencia, principalmente del Maule e Itata, que datan de la época de la conquista española.
Desde China con amor
Mariano Larraín, dueño de la Cava de Laoma se dedica a la importación de vinos, en especial vino chileno en China. Posee dos tiendas en Shanghái desde las cuales no solo busca vender vino, sino también crear comunidad y ofrecer vinos que van más allá de la típica agenda comercial, pues en su tienda se encuentran vinos con una historia glocal, es decir, arraigo local pero con un gran potencial de proyección global. Por ello, ha incursionado en ofrecer vinos que no solo responden a los flujos del mercado como los de marcas chilenas ya instaladas en el mercado internacional, sino también proponer cepas al consumidor chino que van asociadas a la identidad chilena, donde, por cierto, el Carmenere, nuestro vino insignia nacional se encuentra presente.
En este ejercicio gastrodiplomático, se organizó en la Cava de Laoma la “Conversación sobre el comercio internacional entre China y América Latina” a cargo del embajador Claudio Rojas, quien fuera Cónsul General de Chile en Shanghái, director de la División Asia Pacífico en la Cancillería chilena y actualmente se encuentra dictando clases en la Zhejiang International Studies University.
El conversatorio partió haciendo referencia al vínculo de varios siglos de China con América Latina a través de los intercambios comerciales del Galeón de Manila o Nao de China. Esta ruta comercial transpacífica, la más importante entre los siglos XVI y XIX, conectó Asia a través de los puertos de Filipinas con América Latina a través del puerto Acapulco y este conversatorio permitió reflexionar de estos vínculos históricos, el potencial diplomático que actualmente concentra esta relación y también permitió reunir a la comunidad de chilenos en Shanghái y catar vinos de la cepa País, una de las cepas patrimoniales chilenas que tiene al menos 400 años de historia junto a las cepas Cinsault, Carignan, Semillón, y Moscatel de Alejandría, esta última, referente del pisco chileno.
Al integrarse estas cepas en una discusión diplomática extendida se habló de la historia chilena y su potencial gastrodiplomático, capaz de promover el turismo sostenible y enfocado en lo patrimonial, pero también se dio una narración poderosa a un producto que contiene más que solo un nombre en una canasta de exportación.
De igual forma, en cuanto al hermanamiento que tienen el Carmenere con el Cabernet Gernischt, el vino se presenta así como un vehículo colectivo de transmisión cultural y ¿por qué no, diplomática?, con una historia tan similar y cepas prácticamente mellizas. Esta historia se puede inscribir fácilmente en el “discurso de los primeros” que en discursos oficiales siempre se encuentra presente, ahora bien, enfocado en el potencial gastrodiplomatico de ambas regiones.
Aquello nos lleva a pensar en un nuevo hito en el hermanamiento entre Chile y China, así como fueron el consulado en Guangzhou del siglo XIX, las olas migratorias de esta misma región a principios del siglo XX, la amistad entre Ai Weiwei y Pablo Neruda, los intercambios entre escritores, poetas, intelectuales y políticos en los 50’ o los reconocimientos diplomáticos que parten en 1970 con el establecimiento de relaciones diplomáticas, el apoyo de Chile al ingreso de China a la APEC, su reconocimiento como economía de mercado que facilitó su ingreso a la OMC y la firma del TLC Chile-China en 2004.
Un futuro para el vino chino y chileno
Hoy los vínculos comerciales se asocian a un contexto de incertidumbre económica donde la presión geopolítica es cada vez más fuerte. La hermandad entre el Carmenere y el Cabernet Gernischt se presenta como una oportunidad para diversificar la canasta exportadora, la cual ya considera el vino en su ecuación, pero centrándose en la identidad de los productos, algo que podemos también utilizar en otros países, tal y como ya se hace con las cerezas chilenas para Año Nuevo Chino. El potencial gastrodiplomático de Chile aún se puede explorar y tenemos grandes productos capaces de impulsar esta característica de nuestras relaciones económicas internacionales.
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Joaquín Sáez Lagos es antropólogo
