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El costo de alimentar un sueño: estudiantes migrantes y la crisis del completo italiano. Por René Fernández Montt

Hace poco, mientras ordenaba unos papeles viejos, me encontré con un cuaderno de mi época universitaria. Entre anotaciones de microeconomía, una solitaria hoja registraba mis gastos de la semana. Ahí estaba, en letra temblorosa: "Completo Italiano - $220". Ese hot dog, cubierto de palta, tomate y mayonesa, era más que una comida rápida; era un lujo accesible, un pequeño respiro en una agenda cargada de estudios. Hoy, ese mismo completo ronda los $1.800, un aumento de más del 700% en algo más de dos décadas. Esta anécdota no es solo un ejercicio de nostalgia, sino un punto de partida tangible para analizar una realidad económica y social que afecta a miles de jóvenes: el costo de la vida para los estudiantes.

Hace un par de días, dos estudiantes de mi alma mater me escribieron para abordar algunas consultas sobre la tesis que están realizando, abordarán los inconvenientes que enfrentan los estudiantes que llegan desde regiones a Santiago en busca de educación superior. Mis saludos para Valeria Gutiérrez y Christianne Arenas.

En los últimos cinco años, y particularmente desde la pandemia, los costos de alimentación no solo han aumentado, sino que lo han hecho a un ritmo superior a la inflación general. El Índice de Precios al Consumidor (IPC) del rubro Alimentos y Bebidas No Alcohólicas ha sido persistentemente alto. Factores como la sequía estructural, la depreciación del peso chileno (que encarece las importaciones) y los aumentos en los costos de los fertilizantes y combustibles han presionado los precios desde la oferta. El "completo italiano" es un símbolo de esta dinámica: sus ingredientes (pan, vienesa, palta, tomate) han sido golpeados individualmente por estos shocks, haciendo que ese lujo accesible de antaño sea hoy un gasto considerable para un presupuesto estudiantil.

Para un estudiante de regiones, el cambio de ciudad implica un doble impacto. Primero, enfrenta un nivel general de precios significativamente más alto, especialmente en arriendo y transporte. Segundo, y crucial para la alimentación, suele perder el acceso a las redes informales de abastecimiento: la feria local con precios más bajos, la huerta familiar o el trueque con vecinos. En Santiago, la logística y el tiempo limitado lo empujan hacia el retail formal (supermercados) y la comida rápida, opciones casi siempre más caras y menos saludables. Su presupuesto alimenticio, que en su ciudad de origen podía ser flexible, en Santiago se ve inmediatamente estrangulado por costos fijos ineludibles.

El impacto del costo de vida en Santiago sobre la calidad alimenticia de los estudiantes es profundo y se observa en patrones claros de racionalización económica forzada. Frente a la rigidez de los gastos en arriendo y transporte, el ítem "alimentación" se convierte en la variable de ajuste. Esto no significa necesariamente comer menos, sino comer peor. Se priorizan calorías baratas y saciantes (pan, fideos, arroz) sobre proteínas, frutas y verduras frescas. Es un "trilema" donde solo se pueden elegir dos de estas tres opciones: una dieta nutritiva, un techo digno o movilizarse a la universidad. Lamentablemente, la nutrición es la primera en sacrificarse.

La desigualdad determina geográficamente el acceso a una alimentación saludable. Un estudiante con recursos suficientes para arrendar en comunas como Providencia o Ñuñoa tiene acceso a ferias libres, almacenes de especialidad y supermercados con mayor variedad. En cambio, un estudiante con menos recursos, se ve obligado a vivir en zonas periféricas o en pensiones del centro de Santiago, donde se enfrenta a "desiertos alimentarios": zonas donde escasean las ferias y predominan los almacenes de barrio con precios más altos y una oferta limitada de productos frescos. La desigualdad, por tanto, no es solo de ingresos, sino también de acceso físico a la comida saludable.

La falta de acceso a alimentos frescos tiene un impacto económico de corto y largo plazo. En el corto plazo, una dieta deficiente afecta el capital humano: menor concentración, mayor propensión a enfermedades y, en consecuencia, un rendimiento académico potencialmente más bajo. Esto se traduce en riesgo de deserción o prolongación de los estudios, con un alto costo económico individual y social. En el largo plazo, estamos incubando profesionales con mayores riesgos de salud crónicos (obesidad, diabetes, hipertensión), lo que futuremente significará una carga mayor para el sistema público de salud y una fuerza laboral menos productiva.

Las ayudas existentes, como la JUNAEB, son un paliativo necesario pero insuficiente. Se requieren políticas más estructurales y multidimensionales:

· Becas de Alimentación Reales: Que el monto de las becas de alimentación refleje el costo real de una canasta saludable en Santiago, indexándola a un índice de precios de alimentos específico.

· Espacios de Cocina y Comedores Universitarios Subsidados: Promover y subsidiar comedores universitarios que ofrezcan menús equilibrados a precios muy por debajo del mercado. Además, facilitar el acceso a cocinas compartidas en residencias estudiantiles.

· Ferias Libres en Campus Universitarios: Gestionar convenios para que ferias libres se instalen regularmente en los campus, acortando la brecha de acceso y ofreciendo precios justos.

· Educación Financiera y Nutricional: Programas obligatorios que enseñen a los estudiantes a gestionar un presupuesto y a preparar comidas nutritivas y económicas.

Como economista, sostengo que es absolutamente crucial dar mayor importancia al apoyo alimentario de los estudiantes universitarios. No se trata de un gasto asistencialista, sino de una inversión estratégica en capital humano. Chile ha avanzado en masificar el acceso a la educación superior, pero ese esfuerzo se diluye si los estudiantes no tienen las condiciones básicas para desarrollar su potencial. Un estudiante bien alimentado es un estudiante con mayor capacidad cognitiva, mejor salud mental y más probabilidades de titularse a tiempo. En un país que clama por desarrollo, asegurar que nuestra futura generación de profesionales esté sana y bien nutrida es, quizás, una de las políticas económicas más inteligentes y rentables que podemos implementar. El verdadero costo no es el del "completo italiano" de hoy, sino el de no alimentar adecuadamente los sueños y el talento de quienes construirán el Chile del mañana.

René Fernández Montt, Economista, académico, perito judicial y consultor.

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