“Quien desea y no actúa engendra pestes.” — William Blake
Hay momentos históricos en que una frase deja de ser literatura y se convierte en diagnóstico.
La advertencia de William Blake parece escrita para el Chile de hoy. Porque lo que estamos viviendo no es solo una crisis política: es la consecuencia de una brecha creciente entre lo que anhelamos como país y lo que estamos dispuestos a hacer para construirlo.
Deseamos seguridad sin abusos, justicia sin privilegios, crecimiento con equidad, acuerdos que superen la lógica del empate eterno. Pero el deseo, cuando no se traduce en acción sostenida y coherente, no queda suspendido en el aire: se descompone. Y esa descomposición adopta formas reconocibles —desconfianza, cinismo, polarización, hastío— que terminan contaminando todo el espacio público.
El deseo que se vuelve coartada
En los últimos años hemos atravesado procesos intensos: crisis social, debates constitucionales fallidos, una discusión pública crispada. Hemos marchado, votado, opinado, discutido hasta el cansancio. Y, sin embargo, el país parece girar en círculos.
Muchos sentimos que el sistema político vive atrapado en la pelea permanente. Que el adversario dejó de ser interlocutor para convertirse en enemigo. Que cada intento de acuerdo es leído como traición. Pero sería cómodo quedarnos solo en esa crítica.
Porque también nosotros, como sociedad, hemos caído en la lógica del aplauso fácil a los propios y la descalificación automática del otro. Hemos tolerado la mediocridad cuando viene del sector que nos representa. Hemos sido indulgentes con los nuestros y severos con los demás. El deseo de cambio se ha transformado, demasiadas veces, en una coartada moral que nos exonera de actuar con coherencia.
La generación que luchó y hoy duda
Quienes vivimos otras luchas —como la resistencia a la dictadura de Augusto Pinochet— cargamos una memoria distinta. Sabemos lo que significa movilizarse cuando todo parecía cerrado. Sabemos lo que es arriesgar, organizarse, sostener esperanza en medio del miedo. Y, sin embargo, hoy muchos experimentamos un desánimo difícil de explicar. No es falta de convicciones. Es la sensación de que aquello por lo que se luchó —una democracia con justicia social, con ética pública sólida, con diálogo como herramienta— se ha diluido en una disputa pequeña, fragmentada, a veces mezquina.
Pero aquí también cabe la autocrítica. ¿Nos acomodamos en la transición? ¿Confiamos demasiado en que las instituciones, por sí solas, consolidarían la cultura democrática?
¿Descuidamos la formación cívica, el debate profundo, la renovación ética? Y más aún: ¿abandonamos los espacios de base que antes daban vida a la política —las juntas de vecinos, los centros de padres, los sindicatos, los cabildos, las organizaciones territoriales— pensando que la democracia ya estaba asegurada? ¿Reemplazamos la organización por la opinión, la asamblea por el comentario digital? No basta con invocar el pasado para justificar el desencanto presente. La democracia no se sostiene solo en el Congreso ni en La Moneda; se sostiene en la calle organizada, en la conversación comunitaria, en la capacidad de encontrarnos más allá de las redes sociales.
A ratos emerge esa vieja pulsión: las ganas de hacer algo grande que vuelva a movilizar, que reencante, que convoque más allá de las trincheras. Pero el riesgo es confundir épica con estridencia, movilización con maximalismo. La historia reciente nos mostró que la energía sin conducción ni acuerdos puede terminar en más frustración.
La peste de la indiferencia —y de la rabia
El deseo, cuando no encuentra cauce, se transforma en frustración; y la frustración, en indiferencia o rabia. Ambas son pestes democráticas. La peste no es solo la corrupción o la ineficiencia. Es la normalización de ambas. Es aceptar que “todos son iguales” y, al mismo tiempo, votar por los mismos. Es indignarse en redes y desentenderse en la práctica. Es exigir estándares éticos altísimos al adversario y mínimos al aliado.
Para quienes alguna vez creímos que la participación era un deber moral, este desapego duele. Pero más que lamentarlo, debemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para revertirlo?
Más espíritu crítico, más acción concreta
Actuar hoy no significa repetir fórmulas del pasado ni buscar una nueva épica basada en la confrontación total. Significa asumir costos. Exigir probidad transversal, incluso cuando incomoda a los propios. Defender las instituciones cuando funcionan y reformarlas cuando fallan. Castigar electoralmente la irresponsabilidad, venga de donde venga.
Significa involucrarse más allá del voto: en organizaciones sociales, en debates informados, en control ciudadano efectivo. Significa rechazar la política del espectáculo y premiar la seriedad, aunque no genere titulares.
Tal vez la acción que hoy necesitamos no comience en un gran gesto épico, sino en volver a ocupar los espacios que dejamos vacíos: organizar, deliberar, exigir, proponer. No para repetir el pasado, sino para actualizarlo. No para añorar la épica, sino para reconstruir comunidad. Si el deseo se queda en lamento, el desencanto será permanente. Pero si se transforma en acción concreta —incómoda, persistente, transversal— aún podemos evitar que las pestes del cinismo y la indiferencia terminen por erosionar lo que tanto costó construir.
Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile
