El concepto de necropolítica es desarrollado por Achille Mbembe en su libro Necropolítica, donde plantea la hipótesis de que la expresión última de la soberanía reside en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir; es decir, la necropolítica implica hacer morir o dejar vivir. Por su parte, Judith Butler, en Vidas precarias, señala que para que ciertas vidas puedan ser destruidas sin provocar escándalo, deben haber sido previamente producidas como no humanas.
En la actualidad vemos cómo ocurre este proceso. El debate público (y, por lo tanto, el presidencial) se esfuerza en situar a distintos grupos de personas como no humanos: para detener la migración hay que minar la frontera; a las personas privadas de libertad hay que mantenerlas en un barco; sólo existen hombres y mujeres; entre otros ejemplos. El debate público está cumpliendo así el rol de deshumanizar a ciertos grupos para validar la violencia contra ellos. Una vez producido este proceso, se vuelve posible decidir quién vive y quién muere.
Recientemente lo vimos en la masacre de Río de Janeiro: bajo el argumento de la persecución al narcotráfico, policías asesinaron a 132 personas. En relación con la violencia y el narcotráfico en las favelas, se ha construido una narrativa que deshumaniza a quienes habitan esos territorios, justificando la violencia ejercida contra ellas y ellos; luego, el Gobernador puede disponer de sus vidas sin enfrentar mayores consecuencias.
El riesgo más grave del debate público y del escenario presidencial radica en la instalación de la idea de que existen vidas no humanas, vidas que no merecen vivir, vidas consideradas problemáticas, que “merecen” la pena de muerte o morir por una bomba. Cuando candidatos presidenciales avalan estas posturas, van preparando el camino para ejercer violencia de forma concreta.
En este contexto, no estamos únicamente frente a disputas retóricas propias de un ciclo electoral, sino ante la configuración de un marco afectivo y subjetivo que habilita la violencia. Cuando el debate público acepta que ciertas vidas valen menos, el riesgo no se limita a declaraciones polémicas o discursos provocadores; el riesgo es la consolidación de un orden social en el que algunas existencias pueden ser eliminadas sin duelo, sin costo político y sin resistencia moral.
Frente a ello, la propuesta de la que me siento parte y de la que creo debemos construir: disputar la deshumanización allí donde emerge, afirmar la igual dignidad de todas las vidas y denunciar los dispositivos que producen poblaciones matables.
Diego Lagos Garrido.
Colectivo Disidencia Aquí y en la Quebrá del Ají.
