En el libro La construcción emocional de la extrema derecha en España (Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 2022), las politólogas Paloma Castro Martínez y Erika Jaráiz Gulias dedican un apartado —entre las páginas 78 y 79— al rol de los medios de comunicación en el éxito o fracaso de los partidos de extrema derecha. Señalan que se trata de un tema escasamente abordado en la investigación en ciencias sociales, a pesar de su relevancia. Esto se debe a que los partidos políticos compiten constantemente por difundir su mensaje, y son los periodistas y editores quienes operan como “porteros”: deciden qué se visibiliza, qué se amplifica y qué, en cambio, se silencia o reduce.
Según las autoras, la relación entre los medios y la extrema derecha es compleja y cambiante. Los medios pueden ser, al mismo tiempo, aliados y adversarios. Esta ambigüedad responde en parte a la diversidad ideológica de quienes conforman el ecosistema mediático, compuesto por individuos e instituciones con motivaciones y orientaciones disímiles. Por un lado, la mayoría de los medios no son de extrema derecha —consideran a esta corriente un peligro para la democracia—; sin embargo, por otro lado, la extrema derecha vende. Los editores saben que estas figuras atraen lectores, espectadores y oyentes, lo que se traduce en ingresos. En consecuencia, construyen un relato noticiable que, en ocasiones, sobredimensiona la importancia de las noticias vinculadas a estos actores.
Lo interesante de esta ambigüedad, afirman Castro Martínez y Jaráiz Gulias, es que puede explicarse desde dos dimensiones: una externa y otra interna. La explicación externa remite a la falta de un vínculo directo entre la agenda-setting de los medios y el éxito electoral de la extrema derecha. Esta ausencia se relaciona con el concepto de dominio temático. Cuando los medios se enfocan de forma casi exclusiva en asuntos como inmigración, delincuencia, terrorismo o corrupción —adoptando los marcos interpretativos de la derecha radical y dando voz a sus portavoces—, se produce una suerte de visibilización involuntaria que legitima sus discursos. Además, los presenta como más competentes, dado que esos temas figuran centralmente en sus programas. Cuando los partidos tradicionales fracasan en abordar dichas cuestiones, los votantes tienden a buscar más alternativas más “decididas”, como las que ofrece la extrema derecha.
La explicación interna, por su parte, se relaciona con la tesis de la mediatización. Aunque los medios suelen mostrar hostilidad hacia todo tipo de extremismo —tanto de izquierda como de derecha— y tienden a deslegitimarlos, el modo en que abordan ciertos temas puede terminar reforzando los discursos de la extrema derecha. Por ejemplo, la alusión reiterada a estereotipos raciales, o la representación más positiva de los nacionales en contraste con los migrantes, puede generar desconfianza u hostilidad. La cobertura sensacionalista también contribuye al aumento de actitudes excluyentes, y la atención excesiva a determinados actores —como los solicitantes de asilo— puede, paradójicamente, incentivar el rechazo en parte de la audiencia.
En ese sentido, más allá del análisis que proponen las autoras, resulta pertinente preguntarse por el caso chileno. Me parece que esta pregunta ha sido poco —o nada— formulada: ¿de qué manera la radio Bío Bío, bajo la dirección editorial de Tomás Mosciatti, ha contribuido a posicionar temas afines a la agenda de la derecha radical chilena representada por figuras como Evelyn Matthei o José Antonio Kast? La radio Bío Bío posee una amplísima cobertura nacional, y su sitio webs editorial —particularmente las columnas de Mosciatti los días sábado por la mañana— construyen un relato noticioso que merece ser examinado detenidamente.
¿Cómo inciden los temas que selecciona la radio, el tono con que los aborda, o el espacio otorgado a ciertos actores, en la construcción de climas de opinión favorables a la derecha radical? ¿Cómo los errores del gobierno actual, amplificados con frecuencia en la emisora, se entrelazan con una narrativa editorial marcada por una visible animadversión hacia el presidente Boric y las figuras del Frente Amplio? ¿Podría decirse que esa cobertura ha contribuido a consolidar el dominio temático de la derecha radical en materias como orden, inmigración, autoridad y corrupción?
Un ejemplo ilustrativo sería una entrevista de Mosciatti a en ese entonces candidata Carolina Tohá, transmitida en Bío Bío TV. ¡Allí, el periodista insiste en que la exministra debe explicar las posturas internacionales del Partido Comunista, a pesar de que ella no milita en dicho partido! Este tipo de desplazamientos discursivos —que desdibujan las fronteras entre interlocutores políticos distintos— también contribuye a reforzar el marco narrativo de la derecha más dura.
Por último, cabría preguntarse: si la derecha volviera al poder, ¿mantendría la radio Bío Bío y Mosciatti ese mismo tono crítico ante posibles escándalos o errores de gestión? ¿O comenzaría a adjudicar responsabilidades al gobierno anterior, diluyendo así las exigencias hacia los nuevos gobernantes?
Creo que estas son interrogantes necesarias para comprender cómo ciertos medios —aunque no necesariamente afines ideológicamente a la derecha radical— terminan, por acción u omisión, facilitando el avance de sus discursos.
Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte, Coquimbo
