En un artículo reciente, el sociólogo y académico de la Universidad de Santiago, Alberto Mayol, plantea en “Todos los asesores de campaña están ayudando a Kast... y ni se enteran” una tesis sugerente: el resultado de la próxima elección presidencial en Chile dependerá menos de la calidad individual de los candidatos o de sus campañas, y más del escenario simbólico dominante.
Según Mayol, el contexto actual está configurado por el fracaso del proceso constituyente, lo que produce un clima inherentemente restaurador. En ese marco, José Antonio Kast posee una ventaja estructural: es el único que se expresa de manera coherente con el lenguaje de este ciclo político.
• Mayol, en efecto, distingue dos momentos recientes. El primero, entre 2011 y 2021, fue un ciclo de transformación, caracterizado por demandas de cambio estructural y que culminó con el cierre fallido de la Convención Constitucional. El segundo, en curso, es un ciclo de restauración, cuyos valores dominantes son el orden, la seguridad y la certeza. En este escenario, la narrativa de Kast promete devolver un orden perdido, apelando al miedo al caos y a la nostalgia por la estabilidad.
No obstante, este relato no ofrece un proyecto, al contrario, una regresión hacia un pasado idealizado. Esta estructura recuerda —en clave de ultraderecha— las ideas de decadencia y apogeo presentes desde Alberto Edwards en adelante, donde se asocia la crisis a un período de descomposición y se enaltece un momento histórico anterior como modelo. En esa tradición, el profesor Luis Corvalán Marquéz identifica la noción de personalidad salvífica: una figura providencial que resolvería la decadencia (Nacionalismo y Autoritarismo durante el siglo XX en Chile. Los orígenes, 1903-1931, Editorial UCSH, 2009). Personalmente, dudo que Kast encarne ese rol, tanto por su bajo rendimiento como parlamentario antaño como por sus limitadas capacidades para proyectar un liderazgo de esa envergadura.
Ahora bien, la narrativa que describe Mayol tiene raíces históricas profundas, lo que explica la dificultad de otros candidatos para competir. En este contexto, Jeannette Jara —candidata proveniente del gobierno del presidente Boric— enfrenta un problema estratégico: cómo superar un techo electoral de entre 30-35% (según encuestas como la Cadem, cuyos vínculos con la derecha económica y política no son un secreto) sin fracturar la coalición de nueve partidos que la respalda. Como advierte Simón del Valle (Jeannette Jara y el laberinto electoral: cómo romper el techo sin romper la coalición en El Clarín de Chile), la construcción de un relato capaz de ampliar su base progresista es su principal desafío.
El escenario simbólico dominante, marcado por el miedo al crimen organizado, la sensación de decadencia y la demanda de restauración, favorece a Kast. Empero, también lo expone a contradicciones. Por ejemplo, mientras su discurso es hostil a la inmigración irregular, parte de la comunidad migrante —en particular la venezolana— podría inclinarse a votarlo. Esto obligaría a Kast a modular su retórica para no alienar un segmento electoral que podría beneficiarlo.
Por su parte, Kara no ha logrado articular un relato alternativo sólido. Desde mi perspectiva, debería introducir un giro estratégico: salir de la centralidad santiaguina y recorrer el norte de Chile —Arica, Iquique, Antofagasta, Calama, Chañaral, Copiapó, La Serena y Coquimbo—, visitando campamentos y barios populares. Allí podría observar de primera mano los efectos combinados de narcotráfico, crimen organizado, pobreza, desigualdad y migración irregular, y construir un discurso que responda a esas ansiedades de la ciudadanía, respetando los derechos humanos y diferenciando claramente entre migración y delincuencia organizada.
Quisiera decir una cuestión importante. Un elemento que Mayol no enfatiza —pero que considero decisivo— es el impacto de la inmigración decisiva en corto tiempo, especialmente de origen venezolano, sin una política de integración efectiva. En ausencia de mecanismos estatales, la integración —desde 2019 en adelante— se dio casi exclusivamente a través del mercado, es decir, en relaciones mediadas por transacciones comerciales. Esto, sumado a la llegada de redes criminales como el Tren de Aragua, asoció en la percepción pública la inmigración con delitos graves (extorsiones, secuestros, homicidios con descuartizamiento, casas de tortura). En un país con memoria traumática respecto a la tortura, este fenómeno (las casas de tortura) generó un profundo temor, fácilmente instrumentalizable por discursos de orden y mano (Kast y en menor medida Kaiser).
La paradoja es evidente: fue la propia derecha —en el gobierno de Sebastián Piñera— la que promovió la apertura migratoria sin integración (el éxodo venezolano desde la degradación autoritaria del régimen de Nicolás Maduro), y es ahora la que promete resolver el problema.
Para Jara, el reto está en elaborar una propuesta que garantice seguridad ciudadana, exija al Estado un rol activo y establezca sanciones efectivas para delitos graves, evitando casos como el del sicario venezolano liberado por negligencia judicial.
Para finalizar esta columna, el escenario simbólico de restauración —en la línea que, como vimos anteriormente, plantea Mayol y que favorece a Kast— no es inmutable. Empero, para desafiarlo, Jeannette Jara necesita construir una narrativa que no solo amplíe las nociones de bienestar y justicia social; más bien ofrezca certezas frente a la inseguridad vive en las poblaciones de todo Chile. Esto debe lograrse sin renunciar a los principios democráticos ni a un enfoque de derechos.
Jara debe salir de Santiago, recorrer regiones y visitar zonas conflictivas. Incluso podría —y sería una jugada audaz— rescatar cierta idea de patria en clave de izquierda, como ocurrió en su momento durante el gobierno de la Unidad Popular. Ese concepto, bien trabajado, podría servir como elemento de cohesión, capaz de articular voluntades en un país marcado por la fragmentación.
A mi juicio, la noción de patria tiene potencial para unir a sectores diversos. Por ejemplo, en el norte del país —donde vivo y ejerzo como académico actualmente— es evidente la desconexión entre las ciudades; algo similar podría observarse en el sur. Enfatizar la coordinación y la integración territorial permitiría a Jara presentarse como una candidata que piensa el país en su conjunto, no sólo desde la óptica de la Región Metropolitana.
Asimismo, sería estratégico abrirse a la colaboración con grupos culturales, artísticos e intelectuales (ojalá no con superioridad moral y arrogancia) que puedan acompañar su campaña, enriquecer su propuesta y aportar ideas para un país que necesita, con urgencia, un horizonte de unidad y renovación.
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Fabián Bustamante Olguín. Académico del Departamento de Teología/Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo
