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El espanto. Comunismo securitario. Post-Octubrismo. Por Mauro Salazar J.

La naturalización de nuestro «constitucionalismo neoliberal» no ofrece bondades para rememorar un pasado parlamentario. No hay rojo amanecer. El «obrerismo iluminado» es parte del horizonte moderno (1938-1970) y de alguna prosa modernista. Pese al tiempo discurrido, la emocionalidad de los significantes, anticomunismo primario, inclusive de izquierdas, nos transportan a la travesía generacional desplegada tenazmente contra la Dictadura de Pinochet y su facticidad omnisciente. El espanto organizado fue un intenso exterminio inscrito en los dispositivos securitarios del enemigo interno. El «Partido» se defendió con fiereza del terrorismo de Estado -todas las formas de lucha- hasta fines de los años 80’, abonando rebeldías, memorias del trauma, disidencias insalvables y supremacías morales con la teoría de la gobernabilidad (1990). Es un lugar común sostener que el vector republicano ha sido credencial democrática del PC en una democracia de partidos e instituciones (1938-1970) dónde la producción de gobernabilidad se jugaba en las culturas aliancistas.

En otra época, el PC obraba como un marcador ético-político de la acumulación primitiva de capital. Durante la transición, el “testimonio” no fue una tarjeta inútil -pese a su relevancia gestual o de rictus- cuando impugnaba el tenaz gatopardismo denunciado por Tomás Moulian en tiempos de post-dictadura (1997). No es casual entonces que la coalición fundada por Recabarren durante mucho tiempo gozará -cual partera de la verdad- de las estéticas populares e hiciera suya la categoría pueblo -y no así la de ciudadanía o gente- como un sinónimo de la cultura comunista. Sin perjuicio de abusos litúrgicos, el Partido se encuentra desprovisto de sus históricos recursos patrimoniales, persiste en combinar pragmatismo, consensos y seguridad -Estado de derecho- en aras de honrar una gobernabilidad neoliberal (real politik) que por décadas despreciaron.

Con todo, sí algún mérito existe gracias al «arte de la táctica y la espera», fue el año 2011. En medio de los sucesos, la identidad comunista sufrió alteraciones intersticiales (Richard, 2013) en el seno de las federaciones juveniles. Tal experiencia del movimiento universitario, permitió gestionar una política de intersecciones generacionales contra la democracia neoliberal, que fue adquiriendo cada vez más relevancia, en desmedro de lo sindical y lo poblacional. Todo se consolidó el año 2011, sin estar asistidos por paradigmas intelectuales y librados a un ruina argumental (vacío de teoricidad) se mantuvieron como una ‘partera de la verdad’.

Las movilizaciones del «fin al lucro» y la «educación gratuita», imputaron el consenso del orden neoliberal, al reconocerse la educación como un derecho público. Allí fue por donde penetró la demografía Jota y un determinado elenco de dirigentes universitarios obraron como «guerrilla de retaguardia» manifestando una voluntad por disputar el presente. Esto fue fundamental, pues el PC -aunque ha tenido globalmente votaciones secundarias o periféricas en materia electoral- supo acaudalar las multitudes del 2011 retorizando el proceso como un respaldo masivo de la ciudadanía que abrazaba una agenda de transformaciones que ponía en cuestión dos décadas de neoliberalismo y aislamiento doctrinario.

Sin mediar un tiempo de renovación eurocéntrica, el partido de la hoz y el martillo, hizo su «ofrenda patrimonial» (2014) ofertando una herencia de 100 años de vida que implicaba la liquidación de exequias que aggiornan –aunque cada vez menos– el desgaste representacional de la política institucional. Sin embargo, la entrada del «Partido» a la actual coalición comprometía la donación de una comunidad de símbolos, imaginarios populares, testimonios, ritualizaciones del dolor, iconos barriales, panfletos y consignas, federaciones, gremios, osadías, colegio de profesores, leninismo sindical y tradiciones obreras. Todo un sacrificio ante una demografía de relevo (Pío Nono) centrada en políticas focales, realismos, progresismos barrocos y el consenso como razón gubernamental. Cabe recordar que bajo el «aislacionismo transicional» implementado por la Concertación, el PC fue capaz de gestionar una parte de las demandas insatisfechas, pero con porcentajes electorales discretos. Todo a nombre de la gobernabilidad heredada de la dictadura. Más que post-pinochetismo (Garretón), la tesis del transformismo (Moulian) fue el núcleo identitario de la crítica del PC contra el orden fáctico.

Los sucesos nos dibujan una «coalición de estetas» que han obsequiado a la demografía del Frente Amplio (consensos, realismo, gestión y seguridad) toda una semiótica popular, exequias, símbolos, metáforas, retóricas estridentes, intangibles y rituales desgastados al interior del institucionalismo securitario impuesto por un laissez faire oligarquizante. Cuando el Presidente Boric Font -entre Hamlet y Raskólnikov- inició el giro Aylwinista, la Diputada Pizarro sentenció con espanto, “Este discurso está cargado de negacionismo: ofende y revictimiza a todos a quienes les fueron violados sus DDHH. Incomprensible”. Por su parte Carmen Hertz cuestionó la afirmación exiliatoria de Boric Font sobre Sebastián Piñera “en tanto demócrata”, denunciando el hito como “una forma de negacionismo”. El dispositivo culpógeno del Presidente Boric porta el riesgo de diluir el espanto en el mercado de las audiencias volátiles. Y así, las fronteras respecto de aquellos nudos que deben ser satanizados para alcanzar un nuevo presente democrático, responderán a las credenciales de una derecha sin despinochetización. Por fin, la complacencia gestional se expresa en el manido recurso, tan masivo como audible, del «perdón espectacularizante» como un ecualizador absorbente y exótico.

Al «vacío epistémico e ideológico» se suma el menguado capital cultural. La ausencia de una seducción discursiva ha girado a una filiación centrada en prácticas de seguridad y consenso, donde se impone un “orden con pistolas” propio de nuestras oligarquías liberalizantes. Sí el nuevo progresismo postula que el campo de lo gestional/administrativo, es un espacio del realismo, olvida que la gestión nunca ha sido un lugar transversal, sino absorbido por una oligarquía ancestral.

La instauración de la «agenda securitaria», explica como la recién elegida Presidenta de la Cámara de Diputados, sumó otra objeción verbal al «perro matapacos», enfatizando cándidamente su condición de “quiltro”, impedido de metaforicidad. Un texto post-popular (Body Positive) que imputa la falta de alcurnia, raza, iglesia y templo. Un rictus PC o una mueca que en este caso sería la risa como “espasmos del diafragma” que son -vaya teología- “espasmos del alma”. La distancia Versallesca del progresismo implicó la declaración sobria y distante de la ministra Vallejo, la Diputada Cariola, el hedonismo estetizante de las mercancías y los consensos ilimitados. Todo ha consistido en despojar -higienizar- el «octubre insurrecto» (delirante) en nombre del principio de realidad. La solución ha sido un arte de las mesuras ante el poderío factual de la derecha chilena. Matapacos es el último significante pecaminoso -disrupción odorífica- que devela los clasismos cognitivos de la sociología de palacio -«lozanía verbal»- en su mirada forense y civilizatoria.

De paso, irrumpe un frenesí por un consenso visual donde la rostridadad de las autoridades progresistas, devela la «estética maquinal» de sus semblantes que erotizan desde una refracción a los caninos que no devienen mascotas, a saber, las significaciones dominantes del ensayismo oligárquico. La «solución final» es un concierto de gestos, de semblantes, cuerpos y rictus del rechazo. Matacapacos sólo puede ser mascota sublimada desde las imágenes de la modernización, pero no puede ser el canino suelto de los descalces. Y sólo en tanto canino es mascota. El progresismo destila una erótica del abandono adherida al cuerpo y pretende levantar un relato desde un horizonte libidinal invertido. De paso Cristián Warnken, mediante un oportunismo policial, sostuvo en alusión a la dirigente comunista ¡Si hasta una diputada comunista te dio la espalda [matapacos]! ¡Ni hasta en los comunistas uno puede confiar ahora! En los últimos años, Warnken no ha cesado en moralizar el orden y ha devenido en un capataz semiótico de nuestras oligarquías. El dilema es, “Civilización o Barbarie”. El poeta de turno práctica un Golpe a la lengua desde un vocabulario policial, cuyo afán es re-funcionalizar el pasado-presente.

El problema de fondo es el paradigma modernizante de Carlos Peña González. El Rector podría admitir la simbolicidad de un ícono en su dimensión real-pueril como expresión de malestares (Stressores), sino que lo lleva a la razón y la mofa. Peña advierte que un punto es “lo negro” que implica la negritud del excluido, y la ausencia de raza es un problema intercultural contra los pueblos originarios. Pero el quid es otro, el estatus de rutura de matapacos inviste un significante que obstruye la modernización acelerada -exportable- y el tropel de índices que se vieron aplomados por la revuelta (2019), amén de su ingestionables desbordes e infinito lirismo insurreccional. Peña advierte con lucidez que el canino no es un mesías canónico- eclesiástico, y que no goza de ningún Sanedrín, pero rechaza el sentido popular-suspensivo, a saber, la mitología de un «artefacto redentor» -los sin voz, lo nos contable en Rancière están en el límite de la representación- inmunizando los mitos del progreso. Desde su paradigma rectorial, las atribuciones de sentido se jugarían en un ámbito racional-deliberativo. El malaise es un índice contable en una democracia farmacológica para evitar el mal-comportamiento de las multitudes.
Un paradigma pastoral, según el cual la “deliberación ciudadana”, efectuada bajo condiciones racionales, no puede sino conducir a decisiones correctas y, en última instancia, al consenso de la común humanidad. Tal sería la eficiente máquina mitológica en su apodíctica capacidad de escrutar toda diferencia. Pese a toda la sobriedad emocional de El Rector y sus distancias con los brotes emocionales de las multitudes, las élites aún no han dictado sentencia. Amén de obrar como la bula cognitiva del mainstrean, no sabemos si “tendrá una habitación en Versalles".

La solución final consiste en alcanzar la anhelada «gobernabilidad securitaria» y no hay reticencias hacia el «Estado intermedio» que busca disponer de las Fuerzas Armadas para resguardar las rutas de la “macrozona sur”. Con todo más que un Estado social de derecho, como fue el caso de la Constitución de 1925, el PC queda ceñido a una subsidiariedad activa que ha sido la receta de los think tanks de derechas pudorosas y los tanques del progresismo.

El significante seguridad comprende una mudanza del repertorio verbal. A toda esta secuencia de acciones y omisiones, la podemos caracterizar como el periodo del «aggiornamento comunista». Aludimos al cosmético generacional y la gramática para impostar y fingir, a modo de simulacro, causas populares, imaginarios obreros, discursos igualitarios, mundos alternativos y, por qué no decirlo, promesas marchitadas. Acaso en su afán de una política de contención -Neoliberalismo con rostro humano- es realista modificar la disciplina presupuestaria de Mario Marcel. Cuál fue la voz “progre” del PC en materias del gasto público (imaginal) respecto del quinto retiro en contextos de pandemia.

En el caso de la demografía del Frente Amplio las cosas son algo más tumultuosas y merecen una explicación adicional. Ello amérita considerar -y no subestimar- las sociabilidades perceptivas on line del capitalismo informacional. La intensidad generacional dejó atrás la disposición moderna de públicos -analógicos- que se relacionaban con determinados territorios, y contextos históricos. En cambio, existen gravámenes demográficos que participan de audiencias volátiles con un nuevo registro del tiempo, el espacio y la experiencia. De allí la inexistencia de izquierdas en su estricto sentido político, salvo expresiones culturales, ensayísticas, visuales y declarativas.

En su libro, Los espantos. Estética y postdictadura, Silvia Schwarzböck, nos habla del Niño Mierda, a saber, de aquél sujeto cuyo mal es desconocer radicalmente la vida de izquierda. En suma, si los años setenta quedan más allá de lo inconcebible y este inconcebible no es -según se aclara- el dispositivo de secuestro, tortura y desaparición sistemática, los extravíos de memorias no tienen ninguna articulación. Esto, según Schwarzböck, está a la vista: los vídeos de Guantánamo pueden verse por YouTube, sino la posibilidad de otra vida, una vida de izquierda. Entonces, la figura del Niño Mierda, obedece a otra sociabilidad perceptiva de tiempo y espacio. Tal tesis se presenta como una de las propuestas más audaces a la hora de pensar el «sujeto mudo» de la postdictadura. El Niño Mierda creció capturado por una estética explícita (cuando los poderes clandestinos ya no precisan ocultarse) que adquiere, en los años noventa, la forma política del menemismo. El Niño Mierda sólo conoce al Pueblo representado-transparentado-suturado, como quienes en 1995 votaron en la reelección por Carlos Menem. Por eso no hay espacio imaginal -como sí era el caso de los militantes revolucionarios- que pueda ser «irrepresentable, sublime, portador de otra vida». Entonces, los enjambres generacionales participan de las dádivas estatales conformando una capa media profesional -santificando vidas de derechas- que distan de todo imaginario burgués, emancipador o laico transformador. Entonces, las militancias no poseen ningún horizonte libidinal y el término no convoca ninguna agrupación. Y así, se limita a un universal abstracto capturado en el «léxico del Nunca Más» y la representación naturalizada del espanto. Y así quedó sellada la perpetacion del espanto.

Los aparatos dramatúrgicos de los años 2011 y 2019 fueron el punto de partida de una «mutación identitaria» que contribuyó a instrumentalizar al militante de base y aggiornar a la élite política con sollozos de marginalidad. En suma, el PC dispensó las «estéticas del simulacro» para un gobierno transformador; el malestar como adorno mesiánico, el oropel como mala consciencia, el aderezo necesario para una escenificación farisea de que aún es posible ampliar los partidos y ficcionar que los discursos ciudadanos y la protesta social tiene cabida en una discursividad institucionalista. Cabría agregar que los gobiernos de la Concertación desde una gubernamentalidad visual, ofertaban el «capitalismo alegre» del -arcoíris- por la vía de matinales, y la producción de gobernabilidad (mitos del realismo) con ese fenotipo chileno de Francia 98’. El mundo alwynista fue capaz de administrar el órgano institucional del pinochetismo y abrazó, sin miramiento de pasiones la gobernabilidad y una democracia de matinales. En cambio, la actual coalición ofertó transformaciones y osadías. No faltaron quienes se declararon herederos del Allendismo, y hoy imponen una democracia securitaria.

Doctorado en Comunicación
Universidad de la Frontera.

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