Este próximo domingo 16 de noviembre el país elegirá a un nuevo presidente o presidenta de la República, aunque es probable que ninguno de los candidatos alcance la mayoría necesaria, lo que conduciría a una segunda vuelta el 14 de diciembre. Sin embargo, más allá de esas circunstancias coyunturales, lo que me interesa reflexionar en esta columna —especialmente para los lectores de Le Monde Diplomatique— es algo más profundo que la mera disputa electoral o los distintos grados de radicalización entre los candidatos.
Lo que verdaderamente deseo subrayar es que el sustrato común de todas estas elecciones —ese cemento que sostiene el edificio político contemporáneo— es un régimen de poder: el neoliberalismo. Chile fue, desde mediados de la década de 1970, uno de los principales laboratorios de este proyecto refundacional, impulsado por los llamados Chicago Boys. Desde entonces, y durante casi cincuenta años, el país ha mantenido su estructura económica esencialmente intacta. En efecto, más allá de quién gobierne, el cemento neoliberal permanece inalterado.
No se trata de una idea novedosa, pero el neoliberalismo se ha transformado en una categoría difusa que suele invocarse para explicar casi todos los males contemporáneos. En particular, en el campo intelectual crítico de la izquierda, el término se ha vuelto una especie de comodín explicativo, muchas veces desprovisto de densidad analítica. No obstante, dada la situación actual del país, es evidente que el modelo neoliberal sigue firme, y que las derechas —en plural— buscan preservarlo o incluso radicalizarlo, en beneficio de determinados grupos empresariales.
Esta fase del capitalismo, en su versión neoliberal, no solo es desigual, sino también profundamente jerárquica y autoritaria, un rasgo que conviene recordar. Porque, más allá de quién resulte electo presidente, todo indica que el modelo económico permanecerá intacto. Y ello ocurre, entre otras razones, porque las izquierdas carecen hoy de un horizonte alternativo capaz de reemplazar de manera convincente a la economía capitalista.
Basta observar que uno de los grandes referentes de la izquierda mundial —al menos nominalmente—, el modelo chino, es en realidad profundamente capitalista, aunque administrado por un partido de cuadros disciplinados: el Partido Comunista Chino.
En el caso chileno, me interesa destacar ese componente autoritario del neoliberalismo, un elemento que suele pasar inadvertido, pero que resulta esencial para comprender la persistencia del modelo. Es sobre ello que me propongo profundizar en las líneas que siguen, con la esperanza de que esta reflexión sirva de recordatorio crítico para los lectores de Le Monde Diplomatique.
Dicho lo anterior, quisiera señalar que el neoliberalismo chileno se presenta, según sus más fervientes defensores, como una doctrina de libertad y competencia, aunque en la práctica ha configurado un sistema jerárquico y profundamente autoritario. En lugar del supuesto libre mercado abierto y plural que se proclama, lo que realmente existe es una economía altamente concentrada en manos de unos pocos grupos empresariales, que controlan los principales sectores estratégicos del país.
Este neoliberalismo constituye una estructura heredada de la dictadura civil-militar, posteriormente administrada por los sucesivos gobiernos de centroizquierda y centroderecha, los cuales han actuado más como gestores de un modelo predefinido que como agentes de transformación social.
Además, este modelo ha contado con un conjunto de intelectuales que denomino “corporativos”: pensadores que, lejos de representar un espíritu crítico o emancipador, defienden los intereses de los grupos económicos y políticos que los sostienen. Estos intelectuales —con presencia constante en los principales medios de comunicación, la prensa escrita, la televisión y, más recientemente, las redes sociales— han desempeñado un papel central en la reproducción ideológica del orden neoliberal.
Esta idea la desarrollé en mi tesis doctoral en sociología, titulada La hibridación ideológica y discursiva de la derecha chicago-gremialista (1973-2020), donde analizo precisamente el surgimiento de esta figura del intelectual corporativo a partir de 1975, en el contexto de la dictadura civil-militar. Desde un punto de vista sociológico, este orden neoliberal puede entenderse como un régimen de poder que organiza la vida social a partir de la desigualdad. Las relaciones económicas no se fundan en la competencia entre iguales, sino en la subordinación de las mayorías al capital concentrado. En este esquema, el Estado desempeña un papel subsidiario: se despoja de su función redistributiva y asume la tarea de garantizar la estabilidad de las ganancias empresariales. Lo hace controlando los conflictos sociales, despolitizando la ciudadanía y promoviendo la idea de que cada individuo es responsable de su destino.
Este orden jerárquico es sostenido por una narrativa meritocrática que disfraza la exclusión bajo la promesa del esfuerzo personal. Se enseña que cualquiera puede progresar si trabaja lo suficiente, aunque las condiciones estructurales lo impidan. En la práctica, los ascensos sociales dependen más de las redes informales, los contactos y los “pitutos” que del mérito o la innovación. Así, la cultura neoliberal chilena no premia la competencia justa, sino la capacidad de adaptarse a las reglas impuestas por los grupos dominantes.
En este contexto emergen figuras presidenciales como José Antonio Kast y Johannes Kaiser, representantes de una derecha radical que busca consolidar el carácter autoritario del modelo. Ambos exaltan el orden, la autoridad y la defensa de la propiedad privada como valores sagrados, mientras acusan a la política democrática de ser un obstáculo para el progreso. Su discurso, en apariencia antisistémico, pretende liberar al país de las “ataduras ideológicas” de la izquierda, pero en realidad apunta a profundizar un neoliberalismo aún más excluyente. La promesa de “recuperar el orden” es una estrategia para legitimar el control político total por parte de las élites empresariales que los respaldan.
La contradicción es que amplios sectores sociales continúan creyendo en la ficción del libre mercado. Piensan que la competencia los empodera, cuando lo que en verdad los mantiene dentro del sistema es la dependencia económica y cultural de ese orden. El ciudadano neoliberal no se reconoce como parte de una estructura desigual, sino como un empresario de sí mismo que busca sobrevivir entre deudas, precariedad y frustración. La libertad prometida se convierte en ansiedad, y el mérito en un instrumento de disciplinamiento.
El neoliberalismo chileno ha logrado algo que ni la represión dictatorial consiguió plenamente: transformar la desigualdad en sentido común. Ha convencido a las personas de que la concentración de la riqueza es el precio de la estabilidad y que cualquier intento por redistribuirla amenaza la prosperidad colectiva. Por eso el discurso autoritario encuentra terreno fértil, porque ofrece seguridad frente a la incertidumbre que el propio modelo produce.
Digamos, por último, que Chile no vive bajo una economía libre, sino bajo un capitalismo jerárquico que monopoliza las oportunidades y somete la política al interés corporativo. La aparente diversidad de opciones políticas no altera el fondo de la cuestión: el poder económico sigue gobernando desde las sombras, administrando la esperanza de una libertad que nunca llega. En este país, el mercado no emancipa, ordena. Y su orden se parece demasiado a una forma contemporánea de dominación.
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Fabián Bustamante Olguín. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo
