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El espejismo técnico: cuando la economía política se disfraza de política económica. Por Mario Toro

En el gran teatro del debate público, solemos escuchar a los expertos hablar de "política económica" con la misma solemnidad con la que un cirujano habla de un bisturí. Se nos vende como una ciencia exacta, higiénica y neutral. Sin embargo, basta con asomarse a la ventana —o leer los titulares del día— para darse cuenta de que la verdadera fuerza de gravedad no es otra que la "economía política": esa vieja y cruda disciplina que no pregunta cómo se crea la riqueza, sino quién se queda con ella y a quién se le cobra la factura.

Bajo este lente, la distinción es clara. La "política económica" es el manual de instrucciones; la "economía política" es el dueño del tablero que cambia las reglas a mitad de la partida. Y en el contexto actual, el tablero está más inclinado que nunca. La Ilusión Global y el Orgullo Extractivista

Se sigue invocando el mantra de la "globalización" como si estuviéramos en la década de los 90. Pero hablemos en serio: esa globalización de libre mercado es hoy un fantasma. Lo que existe es un proteccionismo feroz donde las potencias cierran filas y las periferias compiten por ver quién exporta su materia prima más rápido y más barato.

En este escenario de deglobalización selectiva, el modelo extractivista brilla con luz propia. Consiste, básicamente, en hacer agujeros en la tierra, sacar piedras y enviarlas en barcos, para luego recomprar la tecnología ya ensamblada. Y, por supuesto, tenemos a una burguesía nacional que ha convertido este modelo en su feudo.

Gratos son los discursos de los gremios empresariales como la CPC. Su presidencia, en un acto que no debería sorprender a nadie, aboga con devoción exclusiva por los intereses y el lucro de sus representados. Es su trabajo, después de todo. El pequeño detalle es que ese grupo de representados cabe cómodamente en un salón de eventos, mientras que el "daño colateral" de sus políticas —la desigualdad estructural y una pobreza que no se soluciona con discursos de "goteo económico"— se reparte entre millones de personas. Pedirles conmiseración es como pedirle a un tiburón que se vuelva vegano; su naturaleza es el rendimiento, no la filantropía. La Bandera en Atacama: La Diplomacia del Garrote

Y mientras discutimos el reparto interno, los dueños del circo global nos recuerdan quién manda. La intervención de la administración de Donald Trump, operando a través de su Departamento de Estado, es un recordatorio de que la Guerra Fría 2.0 se juega en nuestro patio trasero.

La sutil "diplomacia" estadounidense ha consistido en encajar, de forma figurada pero contundente, la bandera de barras y estrellas en pleno desierto de Atacama. Restringir visas a funcionarios chilenos bajo el pretexto de sus nexos portuarios y comerciales entre Valparaíso y Hong Kong no es una medida de seguridad administrativa; es un mensaje mafioso de geopolítica pura. Washington nos dice, sin anestesia, que el cobre y el litio chileno están en su esfera de influencia, y que coquetear con el capital asiático en infraestructura estratégica tiene un precio. El Cártel que No Fue y la Visita a Washington

Ante esta asimetría brutal, la lógica más elemental de supervivencia sugeriría una respuesta de bloque. Si Chile, Argentina, Perú y Bolivia concentran las reservas mundiales de litio y cobre que el Norte Global necesita desesperadamente para su transición energética, lo sensato sería unirse. Crear un lazo diplomático y comercial, una especie de "OPEP de los minerales críticos", que les permita sentarse a negociar con Trump no como vasallos, sino como dueños de la pelota.

Pero la historia nos enseña que la vocación de nuestras élites rara vez es la integración regional.

En lugar de liderar este bloque sudamericano, la coreografía política apunta a otro lado. El presidente electo prepara sus maletas para viajar a Estados Unidos en un encuentro con Trump que la diplomacia oficial llamará "histórico y fructífero". Sin embargo, bajo la lupa de la economía política, sabemos cómo termina la faena: el viaje se perfila menos como una cumbre de iguales y más como una visita al ruedo, donde el mandatario chileno parece dispuesto a entregarle el rabo y las orejas al inquilino de la Casa Blanca a cambio de una palmadita en la espalda y un par de fotos oficiales.

Conclusión

¿Tiene validez entonces la "política económica" aislada de su contexto? Ninguna. Es un espejismo técnico. La realidad es la economía política: un modelo que concentra riquezas en una cúpula nacional sorda, mientras cede la soberanía estratégica ante el primer gruñido del norte. Hasta que no se entienda que los recursos minerales son herramientas de poder político y no solo cajas registradoras, seguiremos siendo espectadores en el remate de nuestro propio territorio.

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