En kioscos: Julio 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

El espejo ajeno. Por Sergio Alejandro Valderrama Valderrama

Hay discusiones que parecen tratar sobre una cosa, cuando en realidad hablan de otra. La migración se ha convertido en uno de los temas más persistentes del debate público chileno. Gobiernos de distintos signos políticos han intentado responder a una preocupación creciente por el control de las fronteras, la regularización de extranjeros, la seguridad pública o la capacidad de integración de las instituciones. Mientras tanto, la opinión pública oscila entre quienes ven en la migración una amenaza y quienes la defienden como una expresión legítima de la movilidad humana contemporánea. Sin embargo, después de años observando este debate, resulta difícil evitar una sospecha: quizás la discusión sobre migración nunca ha sido solamente una discusión sobre migración.

Cuando las personas hablan de migrantes, muchas veces hablan también de otras cosas. Hablan de inseguridad, de incertidumbre económica, de pérdida de referentes culturales, de cambios acelerados en la vida cotidiana o de una sensación más difusa de que el país dejó de parecerse a la imagen que alguna vez tuvo de sí mismo. La figura del extranjero aparece entonces como una superficie donde se proyectan ansiedades que exceden ampliamente el fenómeno migratorio.

No se trata de una dinámica nueva. A lo largo de la historia, las sociedades han utilizado al extranjero como una especie de espejo invertido. En él depositan temores, expectativas, frustraciones y conflictos que encuentran difícil reconocer en sí mismas. El extranjero no es solamente alguien que viene de otro lugar; también es una figura simbólica que permite explicar transformaciones complejas mediante un rostro visible. La pregunta incómoda es si algo semejante está ocurriendo hoy en Chile.

Durante las últimas dos décadas, el país experimentó transformaciones profundas. La crisis de confianza en las instituciones, el estallido social, la pandemia, el deterioro de las expectativas de movilidad social y la creciente percepción de inseguridad alteraron de manera significativa la forma en que los chilenos comprenden su presente. La sensación de estabilidad que caracterizó parte importante del período posterior a la transición comenzó a erosionarse. En ese contexto, la migración adquirió una centralidad inédita.

Sería absurdo negar que la migración genera desafíos reales. Toda sociedad que recibe población extranjera enfrenta tensiones asociadas a vivienda, empleo, educación, salud, seguridad, convivencia comunitaria y capacidad institucional. Negar esos desafíos constituye una forma de voluntarismo tan improductiva como atribuir a la migración todos los problemas existentes. Lo interesante es observar que la intensidad del debate suele superar largamente la capacidad explicativa del fenómeno.

La migración parece haberse convertido en un lenguaje a través del cual la sociedad chilena discute sus propias transformaciones. La preocupación por el migrante muchas veces es también preocupación por la pérdida de control. La discusión sobre identidad cultural suele expresar incertidumbres respecto de cambios sociales más amplios. Incluso ciertos discursos sobre seguridad terminan condensando temores que no nacieron con la migración y que probablemente continuarían existiendo aun si esta desapareciera mañana.

En ese sentido, el extranjero se transforma en una figura particularmente útil. Tiene nombre, rostro y presencia visible. Permite otorgar una explicación concreta a procesos que son mucho más complejos y difíciles de comprender. Allí reside parte de su eficacia política: el migrante puede convertirse en el rostro inmediato de problemas que tienen raíces más profundas. La crisis habitacional, la precariedad laboral, la segregación urbana, la debilidad de las instituciones locales o la insuficiencia de las políticas de seguridad encuentran en la figura del extranjero una explicación disponible, rápida y emocionalmente eficaz.

Aquí emerge una paradoja central: mientras más se intenta convertir al migrante en la causa unívoca de nuestros males, menos comprendemos lo que esos problemas revelan sobre nuestras propias estructuras. La precariedad laboral, la segregación urbana, las desigualdades territoriales, la fragilidad institucional y las fracturas de la cohesión social no comenzaron con la ola migratoria reciente. Sin embargo, la llegada de nuevos habitantes funciona como un reactivo que vuelve crónicas y visibles tensiones que el país prefirió normalizar durante décadas.

Por eso el migrante funciona como un espejo. No porque refleje exactamente lo que somos, sino porque obliga a observar aspectos de nuestra sociedad que preferiríamos no mirar. Allí donde creemos encontrar únicamente la imagen de un otro, terminamos encontrando fragmentos de nosotros mismos: nuestras jerarquías de clase, nuestros miedos al desorden, nuestra dificultad para construir comunidad entre personas distintas, nuestra desconfianza hacia las instituciones y nuestra tendencia a buscar explicaciones simples para problemas estructurales.

La nostalgia cumple aquí un papel decisivo. Una parte del debate migratorio parece apoyarse en la idea de que antes existía un Chile más ordenado, más cohesionado y más seguro, que habría sido alterado por la llegada del extranjero. Esa memoria resulta políticamente eficaz, pero históricamente débil. Chile no era una comunidad armónica antes de la migración reciente. Era una sociedad profundamente desigual, territorialmente segregada, institucionalmente tensionada y socialmente desconfiada. La migración no destruyó esa comunidad imaginada; ayudó a mostrar que nunca había sido tan sólida como queríamos creer.

La promesa de volver al Chile de antes suele ocultar una operación ideológica: transformar problemas internos en amenazas externas. Si el deterioro del barrio, la precarización del trabajo o el debilitamiento del espacio público pueden ser atribuidos principalmente al extranjero, entonces la sociedad evita preguntarse por las decisiones políticas, económicas e institucionales que produjeron esas condiciones mucho antes de la llegada masiva de migrantes. El otro se vuelve responsable de un malestar que ya estaba instalado.

Esto no significa negar los conflictos reales que acompañan todo proceso migratorio. Significa situarlos correctamente. Una sociedad democrática necesita reglas claras, instituciones capaces, control efectivo de sus fronteras, mecanismos de regularización, políticas locales de convivencia y respuestas serias frente al delito. Pero nada de eso exige convertir al migrante en explicación total del malestar nacional. Al contrario: cuando la política reduce la complejidad social a la presencia de un culpable visible, deja de gobernar los problemas y comienza a administrarlos simbólicamente.

El punto decisivo no es elegir entre ingenuidad y cierre. Esa es una falsa alternativa. El verdadero desafío consiste en construir una política capaz de reconocer simultáneamente la realidad de los conflictos y la profundidad de las causas que los atraviesan. La migración exige gestión pública, sin duda. Pero también exige algo más incómodo: una reflexión sobre el tipo de sociedad que recibe, clasifica, teme, reconoce o excluye a quienes llegan.

Tal vez por eso la migración genera reacciones tan intensas. No solamente porque introduce diversidad o desafíos institucionales, sino porque confronta a la sociedad chilena con preguntas que había postergado: quiénes forman parte del nosotros, qué condiciones hacen posible la convivencia, cuánto confiamos realmente en nuestras instituciones y qué tan dispuestos estamos a reconocer que buena parte de nuestras fracturas no vino desde fuera.

La discusión migratoria chilena podría estar revelando algo más profundo que una controversia sobre fronteras o permisos de residencia. Podría estar expresando una dificultad colectiva para aceptar que el país cambió y que parte de ese cambio no proviene de quienes llegaron, sino de quienes ya estábamos aquí. El extranjero no inventó nuestras grietas. Solo volvió más difícil seguir fingiendo que no existían.

La pregunta decisiva, entonces, no es solo qué haremos con la migración. Es qué haremos con aquello que la migración nos muestra. Porque un país puede cerrar los ojos frente al espejo, puede culpar al reflejo o puede decidir, con más dificultad y más honestidad, mirar por fin la realidad que aparece frente a él.

Sergio Alejandro Valderrama Valderrama
Trabajador Social, Magister En Gobierno y Sociedad, ExJefe Departamento de Inclusión Servicio Nacional de Migraciones.

Compartir este artículo