En kioscos: Marzo 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

El espejo roto de Bad Bunny. Por Francisco Ramírez Varela

La puesta en escena de Bad Bunny en el Super Bowl del pasado domingo marcó un hito simbólico que trasciende el evento deportivo y el contexto desde el cual se construye. El espectáculo presentado ha sido como un espejo en que no se usa reflejado como latinoamericanos.

El Super Bowl se ha convertido, en las últimas décadas, no solo en un símbolo deportivo de Estados Unidos, sino también en un emblema cultural de esa sociedad y en un evento masivo que mueve millones de dólares gracias a millones de televidentes que atrapados. Es un referente deportivo, mediático y cultural.

La existencia de un espectáculo musical masivo durante el entretiempo no es casual. Tampoco lo es la selección de artistas que se encuentran en el apogeo de su éxito y que atraen públicos diversos, más allá de los aficionados al deporte. Por eso, gran parte del debate mediático gira en torno a los puntos contraculturales y sociales construidos en el espectáculo, incluso por encima de lo estrictamente musical. Más allá del gusto por la música de Bad Bunny, fueron los mensajes presentes en su presentación los que captaron la atención, superando incluso las estrategias del fútbol americano. La historia del Super Bowl muestra que estos espectáculos suelen incluir escenas simbólicas que generan controversia: desde el episodio de Janet Jackson hasta los mensajes de raperos que han cuestionado sistemas culturales hegemónicos.

Esta vez fue la oportunidad del músico puertorriqueño, quien montando un espectáculo hipermediático, marcó hitos simbólicos cargados de mensajes en español dirigidos al público latino. No es menor que se levanten voces latinas en un contexto de políticas migratorias restrictivas y represivas en Estados Unidos, con especial énfasis en la población latinoamericana.

El llamado “Conejo Malo” exhibe una cultura contrahegemónica en un momento en que se intenta imponer una noción de cultura dominante y una supuesta “batalla cultural”. La irrupción de Benito no solo constituye un hito dentro de la cultura latina, sino que funcionó como un espejo donde muchos latinoamericanos pudieron verse reflejados, más allá de la apreciación musical. Nos vimos en el idioma, en la vestimenta, en las banderas. Un espejo que reflejó identidad, pero también emociones.

Ese espejo mostró discursos y consignas desde Latinoamérica, recordando que América es más que un solo país, es un solo continente diverso, de múltiples lenguas, colores y ritmos. Una cultura latina que, aunque históricamente subalterna, no ha hecho más que crecer dentro de una sociedad distinta.

Sin embargo, aunque se trate de un hito cultural, no es el primer artista latino en presentarse en ese escenario mediático y deportivo. Por eso, conviene estar atentos: el espejo que nos refleja también puede trizarse con brillos confusos. Refleja una cultura que sentimos propia, pero que al mismo tiempo incorpora elementos ajenos. Es el brillo de la hibridación cultural: una integración de elementos diversos que no responden a culturas puras, sino a mezclas, cruces y nuevas construcciones culturales.

Estos gestos contrahegemónicos se producen dentro de un espectáculo mediático pensado desde lógicas culturales estadounidenses. La hibridación no es solo mezcla, sino creación de nuevos espacios culturales y nuevas generaciones que se expresan desde manifestaciones diversas y heterogéneas.

Como en los mitos que advierten desconfiar de las imágenes del espejo, este también presenta fracturas. Distorsiona, pero al mismo tiempo nos permite ver el espejo mismo: el contexto desde el cual nos observamos. Muchas veces, al concentrarnos en el reflejo, olvidamos que el espejo condiciona lo que vemos.

El show de Bad Bunny en el escenario del fútbol americano no es una elección azarosa. Aunque es un espacio desde el cual los artistas pueden emitir mensajes, también es un mensaje dosificado por los medios. Lo que se nos entrega forma parte de una cultura simbólica que históricamente ha estereotipado lo latino: el campesino, la fiesta, la rebeldía domesticada dentro del sueño “americano”.

Así el show funciona como un espejo roto: refleja rasgos reales de la identidad latina, pero fragmentados, reordenados y filtrados por la lógica del espectáculo mediático. No muestra una totalidad cultural, sino una versión parcial, brillante y estéticamente amplificada de lo latino, mientras atenúa o invisibiliza otras dimensiones. El problema no es la fragmentación en sí, sino olvidar que estamos frente a un reflejo condicionado. La grieta del espejo, sin embargo, también es reveladora: nos recuerda que toda identidad representada es una construcción y que lo que vemos no es la cultura en estado puro, sino cultura enmarcada por relaciones de poder.

Al vernos allí, celebramos el reconocimiento, pero corremos el riesgo de aceptar una versión digerida de nosotros mismos, moldeada para ser consumible. Y, sobre todo, olvidamos preguntarnos por el espejo mismo: un dispositivo cultural situado en Estados Unidos, sostenido por su industria mediática y sus marcos simbólicos de poder. Así, mientras creemos mirarnos, también estamos siendo mirados y encuadrados desde otro lugar. El espejo nos muestra, sí, pero también nos define los límites de lo que puede ser visto.

Francisco Ramírez Varela

Trabajador Social

Académico Investigador

Compartir este artículo