En el guión del universo, la rapidez es protagonista. Si el asteroide que impactó la Tierra hace 65 millones de años hubiera venido al 70 % de la velocidad que traía, probablemente no habría extinguido a los dinosaurios y hoy serían los mamíferos los que vivirían a su sombra. En la cultura popular de los dibujos animados, si el Correcaminos no fuera tan veloz, las maquinaciones del Coyote no tendrían sentido alguno. Cuando un médico atiende un infarto, los segundos son la diferencia entre la vida y la muerte. Un contragolpe puede ser el triunfo para un equipo y la derrota para el otro en un partido de fútbol, tal como en la Segunda Guerra Mundial lo fue la Blitzkrieg o “guerra relámpago”.
¿Por qué entonces toleramos que el Estado chileno siga funcionando como un obeso paquidermo? Exigimos representatividad, probidad y otras conductas que den cuenta del rendimiento de los servidores públicos. Pedir todo eso está muy bien, pero solemos dejar de lado la variable que permite que el aparato estatal opere al ritmo que corresponde: la celeridad. Sí, porque un Estado que responde tarde es en la práctica un Estado que no responde.
Pareciera que Chile se está acostumbrando a que los bonos lleguen cuando la urgencia ya terminó y a que las viviendas de emergencia se levanten cuando el invierno ya pasó. La frase “lista de espera” en el sistema de salud se ha convertido en un símbolo de identidad nacional. Pero la lentitud no es inocua: es cruel, porque convierte los derechos en promesas incumplidas.
Las ciencias de la administración ya lo han demostrado: si la burocracia responde con rapidez, se fortalece la confianza ciudadana. En cambio, si los procesos se dilatan por el llamado “red tape”, las instituciones pierden legitimidad, tal como lo describieron los investigadores W. Kaufmann, G. Taggart y B. Bozeman en un estudio publicado en 2018 en Public Performance & Management Review. Más aún, el profesor Y. Liao, en un artículo publicado en 2016 en el International Journal of Public Administration, subraya que la responsiveness —aquella capacidad de un aparato público para responder de manera ágil a las demandas de los ciudadanos— es un criterio indispensable para evaluar la calidad de la gestión pública.
La revolución digital ya le ofrece herramientas al Estado para que se apure. El académico C. A. Sopamena lo expuso en 2024 en su artículo del Journal of Governance: la incorporación de tecnologías digitales permite reducir tiempos, optimizar procesos y aumentar la capacidad de respuesta del sector público. El Estado chileno puede ser rápido si decide serlo, pero requiere de la convicción cultural de que la velocidad es un derecho ciudadano y no un lujo para unos pocos.
En efecto, los organismos estatales pueden ser tan ágiles como sus autoridades se lo propongan. Así lo han demostrado cuando sobrepasan la velocidad de la luz para conservar sus regalías. Pisan el acelerador a fondo si se trata de institucionalizar beneficios para ellos, pero tiran del freno de mano cuando la ciudadanía les pide que se desprendan de sus desproporcionados privilegios. Y ese es el acto provocador: un Estado premeditadamente lento para su pueblo es un ente irrespetuoso. Nos trata como si nuestro tiempo valiera menos, como si la espera eterna fuera un rito necesario para recibir lo que ya nos corresponde. La lentitud estatal degrada al ciudadano, lo convierte en mendigo de servicios que son su derecho.
Chile no puede seguir atrapado en esta tardanza orgánica. Queremos un Estado que no solo sea probo, sino rápido. Rápido para entregar educación de excelencia antes de que la gente caiga en la pobreza. Rápido para tramitar un sumario administrativo antes de que la falta prescriba. Rápido para dictar sentencia antes de que los malhechores anden libres haciendo de las suyas.
Un Estado selectivamente veloz no persigue el bien común: administra la frustración. Y Chile ya no soporta más frustraciones. Mientras los poderosos que controlan el país juegan con el reloj a su conveniencia, calculando y especulando con los tiempos; millones de chilenos siguen esperando. Y un pueblo que espera demasiado termina dejando de esperar.
Lucio Cañete Arratia
Facultad Tecnológica
Universidad de Santiago de Chile
